recomendado

"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

    Título: BETONIYÖ Directora: Pirjo Honkasalo Guión:  Pirkko Helena Saisio;   Pirjo Honkasalo País: Finlandia Año: 2013 Actor ...

viernes, 1 de febrero de 2013

IMbUNCHE




(La melancolía; A. Dûrer)

“Junto a los menjurjes, al instrumental que necesita el arte, está el Imbunche, ser humano que se sostiene en un pie y el otro lo lleva pegado a la espalda; por esta causa, anda a saltitos. Es el portero de la Cueva, o sea del hogar de los brujos. Es un hombre transformado, de la manera siguiente: a un niño recién nacido se le lleva a la Cueva. Se le disloca una pierna, a fin de que no le sirva para caminar. Por esta causa el individuo anda después en tres pies (con la pierna sana y las manos). En el período de lactancia el niño es alimentado con leche de gata negra (mujer india). Después se alimenta con carne de cabrito (párvulo) y desde la juventud y durante todo el resto de su vida, se le suministra carne de chivo (carne de adulto). El alimento debe ser servido por los brujos, porque él no debe salir de la Cueva, ya que está obligado a servir de portero. Pero sucede que cuando los brujos se olvidan de llevarle carne humana, sale. Entonces suele ocasionar sustos escalofriantes a la gente que no es bruja, porque como el hombre-bestia no ha aprendido a hablar, lanza balidos como chivato viejo.”

Oreste Plath
(Geografía del Mito y la Leyenda en Chile)


  



...lo apremiante es reanudar lo humano
hasta excederlo.

(H. Díaz-Casanueva)





La luz no es otra cosa que vergüenza nuestra.

(J. Dowland)



Pórtico



Noches de sol frío o luna de mercurio, éxodo de lobos o piedras al vacío
desde eras sin umbral; entrañas del bosque donde sobreviven náufragos
a cambio de no responder cuando los llaman.

Plazas de invierno sitiado, hospitales de pan, casas decrépitas
donde aún aguardan novias con una orquídea muda entre los muslos
 y pinceladas de ceniza en la vidriera; esquina de perros, orilla de rieles,
calles con nombres de hijosdalgos
que envejecieron escribiendo cartas a parientes muertos.

Templos que resistieron cuatro terremotos, cementerios que se extienden
desde un punto que no se recuerda, donde se puede respirar
la polilla húmeda de la melancolía
sin merma de otros olores.

Allí, en esos trazos
transfigurados por mapas que describen ideas fijas
está la marca de orines del obseso,
se emplaza una sombra cruzada por ángeles que retornan del vicio
y de los dulces abismos prolongados en la fiebre.
Esa sombra que espera el silencio y la destilación
de las copas tumbadas en la mesa
sólo comparables al rocío lento que baja por helechos o mejillas de insomnes,
esa sombra semeja un árbol en penitencia, una estatua dispersa,
una mala palabra estirada en el suelo
pero no es cosa que pueda expresarse en una pregunta:
si el zureo calla abrupto y no hay testigos
y una sombra –ésa- se desplaza, pestañea, cruje,

es el endriago, su acezar,
es el engendro tras un motivo perdido.




Leche negra



1




Si soy algo
soy el Imbunche,
las manos desfiguradas por el frío,
                                               el cristal trizado
del argot: flor solitaria
atravesada en los dientes.
Un pie vuelto adelante y otro atrás
para retroceder de frente,
para avanzar hacia el pasado;
la zarpa retráctil para atrapar el miedo
-esa presa no destinada al alimento
                                               sino a ser conocida.
Yo soy el Imbunche. Al menos soy algo
entre tanta criatura infesta que huye de sí misma:
                                                           no saben ser viejas,
                                                           no saber ser pobres,
                                                           no saben diferenciarse
y se aferran a un manojo
                                               entregadas al cauce turbio de lo bello.




2

 

Se enseña a los niños a rezar
para que no se me parezcan.
Se inventó la ciencia para refutarme.
Soy un punto de referencia
para oponer los corazones al asco
y al despojo huero que persiste
después de las pasiones.
Me buscan para sentirse limpios,
para sentirse buenos, me ven
en las formas trepidantes
del crecimiento de la mala hierba.

Toda su normalidad me cabe en un puño.




3


 
El laúd me reconoce si me acerco,
rezonga aves oscuras,
tartamudea biblias olvidadas
                                   anteriores a Símaco.
Como un cachorro vibra,
me lee el pulso y da señales, se inquieta
                                   cuando vienen extraños.
Por las tardes desgrano habaneras
con el brazo entumecido
en sus órdenes consonantes
y parece decir pasos de salones claroscuros,
achacosas pavanas para adormecer huérfanos,
conversaciones en pasillos de mármol
donde un vitral conecta mundos contrarios.
El tañido del laúd es la promesa incumplida
de enmudecer, de abandonarse
al ritmo de objetos y metales caídos en desgracia.
Pero siempre hay
un aroma de jardines en rezago
o un gemido que obliga
                                   a desconfiar de los secretos.




4


Oí decir: que no lo note quien me vea*
y eso me va. Suelo arrastrar
un pie torcido en la bruma, mi ab origen.
Agazaparme suelo,
                        formas adopto,
                                   manchas simulo.
Merodeo sitios que la gente evita,
                                               evitándose:
manicomios, cementerios, cárceles;
la vergüenza requiere poco espacio:
                        salas / nichos  / celdas.
Circulo por parques de estupro
o plazas de limosna
donde se juega a no ver nada.
Muchos querrían castrar
                        mi aspecto, que es mi pensamiento.
Querrían lincharme por mis testículos crinados,
mi verga callosa, mis patas sin gozne,
                                                           mi giba apellinada.
Si oigo venir la turba con arengas,
garrotes y guadañas venir veo,
aplico mi simbiosis en charcos y sombras,
cuando pasa el peligro me retiro cojeando
en el silbido por milonga de Flow my tears, ese toque.

Mis tareas de chapucero: desnucar sabuesos al despiste,
desflorar cuerpos nocherniegos,
declamar a Séneca
                        en las gradas escupidas del Consistorio,
bailar con estatuas,
                                   cooptar los instintos,
invadir las ideas inconfesadas de los solitarios
con carcajadas compulsivas
                                               que no todos escuchan.


 *Epístola Moral a Fabio, Anónimo sevillano

5




La lengua de mi clan
desciende del psalterio,
del pre-socrático, del sibilino,
del lémur de las praderas,
                                   del isleño antiguo,
del greco-romance averiado y mutante
con que se arrullaba a los cachorros
que eran hermanos de su padre, hijos,
nietos y sobrinos en un solo acto. Mi lengua
                                   deriva de las malas palabras
                                   en el lecho de la endogamia.
No sirve para hablar de amor
                                   ni de amistad
ni nada que no sea clave de mando.
Mi lengua es una mordaza.
Murmuraciones y ronquidos
para un interrogatorio,
                                   para un manteo
                                                           encima de alacranes.
Su sintaxis es una partitura
sin figuras fijas,
                        sin
duración
exacta.
Su verbo es un metrónomo
                                               arbitrario,
conforme a plazos digestivos.
Sus sustantivos
son piezas de una suite demodé,
sus adjetivos
                        son indicaciones en una tablatura.
Con harapos de idioma
y (sub) retazos de mundo
                                   trasmito mi encargo:
tiras viejas para rellenar un talego.
De cuando en vez chivateo,
más bien por el estupor que aligera las visiones
y poner a raya a los limpios.

Es la forma más exacta
en que puedo traducir mi pensamiento.



6

 
Busco el pabilo
de los salones de té danzante,
los arcos, las ondas de la theorba
que hacen titilar a las bujías:
estrellas varadas en los muros
atrapadas por siluetas que suspiran.
Frecuento el menuet de paso doble
que es mi modo natural de caminata.
Los tiempos binarios son mi bio-ritmo,
los melindres de pavana me acercan a todo
                                   por dentro.
Como Jean Santeuil acicalo mi mostacho
mientras se oye La Folía,
o corren las recercadas tal que arroyuelos sinuosos
y en los ojos apretados destellan
luciérnagas reventadas
                                   contra vidrios claroscuros.
La gavota despierta al abanico:
suben y dispérsanse los talcos, las esencias de rubor,
insinuaciones nimias de pétalo furtivo,
el diálogo de hilos trazados por gestos,
la fragancia de las grandes posaderas
parecidas a la caja de un laúd
                                   sumamente protegido.

El arte del fisgón es melomanía pura,
el bombacho de auditorio es el origen del cuadrivio;
pero no soy Marcel que le saque provecho a la poltrona,
yo sólo soy el Chivato escapado de su cueva;
no deduzco ni hablo a nadie:
para no ser reconocido
dispenso la lesera de entendimiento
y me aparto rengueando al final de la función
con una flor de vapor o de peluca,
suficiente para hacer un maleficio
o deshojarla mientras oigo Flow my tears (ese toque):
el único sonido que tolero.


7


No me dejo ver, rara vez salgo
de la cueva de confinamiento
donde el olor vinagre a esporas de mi empeine
impregna los rincones
igual que la pátina en el velo del baño-María
cuando se está preparando el ungüento
para reanimar crispados de amorío
o devolver la cordura a los pasmados.
Me remito al claustro pestilente
a) por su acústica: toda caverna
es un diapasón de tierra,
vibra en la frecuencia de una profecía

b) por su temperatura: la cueva es un matraz
en el punto de ebullición propicio
a la quinta redención de las esencias

c) por su iluminación: umbrío y platinado;
los sueños oscuros
se refractan a la superficie
por el prisma traslúcido de un deseo cruento
o viceversa

d) por su medida: se avanza
en un cálculo de tiempo que siempre se reduce,
se construye descontando, se habita con hilos
entre objetos y nombres,
se gana espacio moviéndose hacia adentro
envuelto en silencio propio, textura
que todo lo extiende, aroma
que todo lo conecta.
Las cavernas son poros de un cuerpo único,
líneas de una sola mano.
Así elegí mi prisión
para burlar al astuto,
                        para alejar al profano,
                                               para espantar al curioso.
La custodia del reducto
es orden de un Concilio
sostenido por memorias eriazas
donde el bien y el mal son malezas promiscuas.
No me dejo ver lejos del antro
salvo cuando un paso suena hueco
y salgo a delinear los rastros de su punto de fuga
                                               para restablecer el equilibrio.




8

 
Soy el arcano IX de un tarot viviente,
un vestiglo fétido a catacumba,
arrugado igual que una cuartilla
donde se esboza un fractual para el delirio;
torcido según la orientación del bestiario celeste
                                   semoviente en sus emociones
que los palurdos traducen por mecánica.
Soy el rengo que balbucea un testamento sin palabras:
mi Lachrimae Antiquae.
Ex botánico, ex músico, ex alquimista:
toda virtud siempre está a punto de perderse.
Ex poeta, la única condición que puede aproximar
a la poesía. Careciendo vamos.
Soy el adefesio que limpia la escoria de las alcantarillas,
túneles en el subconsciente de la ciudad
donde se esconden las sobras
                                               de la buena convivencia.




9


Como todos he clamado a Dios
y he tenido mi Viernes de ceniza; como todos
quise alguna vez ser Raskolnikov
viéndome, viendo o visto.
Como todos he robado libros, talvez, he huido
y en la Catedral de Notre Dame
de Santa Isabel esquina San Diego he pedido santuario,
como todos. He tenido hambre
para probar mi credibilidad
creyendo en las necesidades de todos,
he tenido masturbaciones compartidas
y cópulas solitarias, como todos.
He tenido padre y madre
hasta dejarlos libres, dejándome;
he tenido miedo y he saltado
desde un puente, he colgado
de una viga, he bajado mi cuerpo
de una cruz, he llorado por él
frente a una tumba vacía, como todos,
he resucitado de buena o mala gana;
he escrito una canción para otros
y no la cantó nadie, como todos.
Así, como cualquiera, he malherido
menos de lo que merecían
y más de lo que yo merecía,
he tardado demasiado en no saberlo todo,
he sido encubridor o cómplice
de delitos que sus víctimas disfrutan
y autor de crímenes que no están tipificados
en ningún código, como cualquiera.
He tenido, como todos, el aprendizaje
de las calles y los patios
donde se dobla la voz dividiendo a la persona;
como todos, he tenido la lección
de los cuerpos atados por una sed compartida
y una boca que se hunde en una piel
igual que hiena cebada en la carroña,
como cualquiera. He vivido por años
con desconocidos, he caminado por rieles,
he dormido bajo un árbol, es decir,
he sido el primer hombre
y el último después de una masacre,
como todos. Como cualquiera he sido Judas
para que hubiera vaticinio; como todos
he bebido mis orines para enjuagarme
de este tiempo que maldigo. Como todos
he querido recordar vidas pasadas,
he usado mi sexo como arma de exterminio,
como todos, he cantado himnos,
he quemado barcas, he jurado lemas
y he sido condenado al ostracismo,
he bebido cicuta y he corrompido
al niño que había en mí, como todos.
Intenté ser despreciado
y tuve éxito, como cualquiera.
He vivido en la casa que construyó mi abuelo,
y he tenido un hermano muerto, como cualquiera;
he estado solo en un cine lleno
y he perdido la salida; he escupido al cielo
y he rayado en los muros
un signo prohibido –el único-, como todos.

Pero hice algo que no ha hecho nadie más:
me dejé coser todos los orificios
para que nada se me escape de adentro.



10


Descifro el Cuadrado de Júpiter,
la mano en el mentón, el entrecejo del ángel,
el codo en la mesa, las alas cubiertas de ceniza
y sólo oigo un consort recreando siete veces
la caída de una lágrima de lagarto ermitaño
puesto a custodiar el umbral del laborum-oratorium.
Pero Robert Burton sabe cuándo dejar de oír
esas pestañas frotadas y pulsadas; lo que ignora es el tacto
que recoge la gota casi sin tocarla
y la deposita sobre el pétalo macerado de un deseo.
Milton conoce ese detalle. Y sin embargo sólo a John Dowland
le fue dado el rocío de luna, el aliento de la lámpara de éter
que condensa la nube en su punto justo
para la lluvia que renueva los cristales.
El ajuar dispuesto como indica
el grabado de Athanasius: un laúd, una fragua,
un armonio, una damajuana de vinagre
y un huevo lloylloy*. En lo demás no hay arte:
es normal que el niño llore
cuando no quiere retirarse, es normal
que llore el viejo si llega antes de tiempo;
el hombre carece de presente,
debe soportar siempre los extremos
que pesan como una pierna
                                               doblada sobre la espalda.

 
*Mitología chilota: del huevo lloylloy nace el basilisco



11


 
Un niño me pregunta
¿por qué va melancólico y solemne?
Le digo, niño, ¿es que no huyes
de mi hedor, de mi semblante
sólo con escarnios descriptible?
Si el niño fuese más bello
sería una ilusión producida por la luz
que se filtra por los bordes de un postigo.
-Yo pensé que usted era yo mismo
escondido tras bastidores
después de orinar sobre la alfombra -me dice.

Muy bien, soy el Imbunche:
mis remordimientos adoptan la belleza
de un niño desnudo
                                   orinando sobre sus alas.



12

 
Palabras purulentas, enhebradas entre sí,
atadas a un único sentido
como cuentas de un rosario monocorde
salmodiado por abuelas,
ennegrecidas a la orilla del tizón
mientras bajo el entablado
incuba el huevo de pichón-culebra.
Hilachas de palabras
cuelgan de los labios cosidos
como las plumas de la clueca estéril
que busca un rincón a salvo de corrientes
para empollar un huevo huero;
así, tal cual: las frases del espirituado
sin migajón, sin cuajo,
sin oportunidad de perpetuarse,
eclosionan
                        engendros.


 
13



El taciturno de Albrecht Dürer,
il penseroso de Milton,
el desdichado de Nerval,
es un mismo modelo:
fue retratado
después de orinar sus alas
a la vuelta de una sesión de solfeo
saboteada por desafinaciones
o después de robar un libro
-que era suyo-
y ser repudiado del santuario.




14

 
Para obtener un Imbunche
hay que sellar los orificios de un recién nacido,
hay que dejarlo solo en los adobes
donde la sombra de un candelabro
dibujará una gata negra que le dará lactancia;
hay que llevarlo a la tumba de todo su ascendiente
para que no busque consuelo;
alimentarlo con carne de cabrito
para que sepa el sabor de sí mismo,
más tarde con carne de chivo viejo
para que se sienta como en casa siempre al ocaso.
Hay que abrirle agujeros
cuando aprenda a gritar y eyacular hacia adentro
y sus heces sean parte de su sangre,
cuando no tema su hálito de musgo.
Hay que dejar los instrumentos a su alcance.
Si es hábil, aprenderá el ajedrez de las calles,
la retorta del buen o mal amor, bodas químicas
para saber de qué están hechos los limpios
y no ser sorprendido con argucias;
aprenderá el lapidario de los temperamentos
para no ser embaucado en sus ocios,
el arpa y el clavel aprenderá, para el tañido doliente
que lo mantendrá semper dolens semper seducido.
Si es talentoso será feliz a su manera,
sabrá que el único idioma competente
es el que nace del vértice
                                   de la vivisección de la lengua.
Deben hacérsele las marcas
con la maestría de un lutiers:
lo importante es que queden en el alma.

El Imbunche a menudo pensará
que hay otros como él en el mundo

pero debe vivir como si no lo supiera.


 ****************

Libro completo en este enlace:





(Firma de autor ilegible. Tomada del blog "Aglomoco")



No hay comentarios: