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"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

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domingo, 30 de marzo de 2014

ROSA ALQUÍMICA DE W. B. YEATS - TEXTOS MARCADOS



Entre 1998 y 2001 releí varias veces Rosa Alquímica de Yeats. Por ese tiempo creía ciegamente en la validez lírica y psíquica de la alquimia y hasta creo haberme convencido de que Jesucristo era un símbolo del arte espagírico. El proceso comenzó mientras estudiaba periodismo en la Universidad ARCIS, al intentar compensar la crisis de conciencia que me producía el decadente ambiente intelectual neo-marxista, en una institución donde cada paso que uno logra dar se contamina de sociología. Por supuesto, al igual que le ocurrió a los románticos tardíos intentando escapar del fárrago racionalista post-ilustrado, caí de cabeza en las sociedades secretas y en las filosofías herméticas. Es decir, compensé la decadencia con más decadentismo. No lo lamento. El caudal de poesía que pude absorber en ese período es una gimnasia del espíritu cuya musculatura se conserva siempre y las convicciones que adopté tampoco me abandonan, pues me temo que después de comprender el sistema interpretativo del inconsciente que propone Jung, no hay vuelta atrás. Si dejé la especulación activa en estas materias es sólo porque no encuentro una relación entre la metafísica y la vida cotidiana. Mi valoración de lo sexual ha ido en aumento y mi búsqueda del andrógino primordial ya no indaga exclusivamente en los símbolos aunque no recuerdo una edad sin que la imaginación o la mística no terminara conduciéndome siempre a una exaltación del erotismo. De eso, entre otras cosas, creo que da cuenta el poema que anoté en MURMULLO FRENTE A SILLAS VACÍAS, libro que publiqué en autoedición el año 2001 y que incluí íntegra y felizmente en PIEDRA NEGRA el año 2009 (Mosquito Ediciones). Admito que siempre preferí ver que el poder de dominación que ejerce Michel Robartes sobre el narrador de Rosa Alquímica es similar al que ejerce Max Demian en Emil Sinclair en la obra de Hesse. Una seducción mística, psíquica, lírica, simbólica, metafísica, alquímica y por supuesto erótica. No dudo que también hay una dimensión política en las materias propias del panteísmo y el pensamiento arcaico, en la medida en que la devolución del simbolismo y del mito conduce a la resistencia cultural en la misma medida en que lo hace el instinto sexual o incluso en el camino del anarco-individualismo, tanto en la premisa del salvajismo místico que Claudel veía en Rimbaud, como en las lindes teogónicas del poder y la voluntad en el eterno retorno de Nietzsche.

De la lectura de Rosa Alquímica de Yeats recuerdo el barroco, la perplejidad de las conexiones insólitas que iba encontrando, no ya en el lenguaje sino en la vida. Tender al aislamiento tiene un precio en la conducta. Pero hasta donde me era posible evadía ese costo y mantenía sutiles puentes con la realidad a partir de una especie de estado de exaltación permanente, con episodios de percepción alterada que yo atribuía a ejercicios de respiración y de meditación tanto como al esfuerzo físico (en esa época practiqué montañismo). El libro de Yeats fue quedando atrás como la música litúrgica de una misa herética de la que fui mi propio inquisidor. No recuerdo todos los sonidos pero comprendo perfectamente cada eco.


***

MURMULLO FRENTE A SILLAS VACÍAS
Tercer marco. Poema 9


 


Sólo tarjando una palabra puedo justificar un día inútil
repito a diario tarjando una palabra.
De mayor a grave, por pudor,
por piedad con el espía en tránsito,
por falta de fe en los puntos fijos,
por falta de asidero en la impropiedad de anchuras,
tarjo a reventar el nudo ciego.

El amanuense llora, cabecea, se duerme boqueando
hasta escuchar el latigazo en el aire,
el chasquido de cadenas que no podrá desoír
ni en la súplica del entretejido, que aun
en la afrenta del desnudo deberá atender
como Michael Robartes si es posible, al extremo
de escribir como Jesucristo -que no escribió nunca.

La música tendría más sentido, el ábaco, el dibujo,
pero a pesar de la desdicha
el copista no deja de resistir:
nos ata una pulsión a la complicidad perversa.




***


Yeats, retrato de John S. Sargeant

PÁRRAFOS MARCADOS

De mi ejemplar de edición Mondadori con traducción de Manuel Vilas, copio de la primera parte algunos de los pasajes que fui llenando de papelitos amarillos.














ROSA ALQUÍMICA
W. B. Yeats


(...)

Había congregado en torno de mí todos los dioses porque en ninguno creía, y experimentaba todos los placeres pues a ninguno me entregaba, sino que me mantenía distante, individual, indisoluble, como un espejo de acero bruñido. Bajo el triunfo de la imaginación contemplaba las aves de Hera, refulgentes a la luz de la chimenea como un mosaico bizantino; y ante mi mente, para la que el simbolismo era una necesidad, aparecían como los cancerberos de mi universo, excluyendo todo lo que no tuviera una belleza tan generosa como la suya; y por un momento pensé, como lo había pensado en tantas ocasiones, que sería posible despojar a la vida de toda amargura, con excepción de la amargura de la muerte; y entonces una idea que había seguido a la anterior, una y otra vez, me llenó de apasionada tristeza. Todas estas formas, aquella Madonna con su pureza pensativa, aquellos rostros fantasmalmente extasiados bajo la luz matinal, aquellas divinidades de bronce con su dignidad desapasionada, aquellas formas frenéticas precipitándose de desesperación en desesperación, pertenecían a un mundo divino en el que no tenía participación alguna; y cada experiencia por profunda que fuera, cada percepción, por exquisita que fuera, me aportaría el amarguísimo ensueño de una energía ilimitada que yo nunca podría conocer, pues incluso en el momento de mayor perfección estaría dividido en dos mitades, y una miraría con malos ojos los momentos de gozo de la otra.

(...)


El vacío y el silencio de un mundo al que de todo excepto de los sueños había despojado me sobrecogió de pronto, y sentí un escalofrío al descorrer el cerrojo. Hallé frente a mí a Michael Robartes, a quien hacía años que no veía, y a quien el alborotado cabello rojo, los ojos fieros, los labios sensibles y trémulos y el ropaje basto hacían parecer, al igual que quince años antes, algo a medio camino entre un libertino, un santo y un campesino. Había llegado recientemente a Irlanda, dijo, y deseaba verme por motivos importantes: de hecho, el único motivo de importancia para él y para mí. Su voz trajo ante mí los años de estudiantes en París, y, al recordar el poder magnético que años atrás había poseído sobre mí, un pequeño temor se mezcló con un gran enojo ante esta intromisión irrelevante, mientras le guiaba por la amplia escalera, la misma por la que Swift había pasado bromeando y Curran narrando historias y citando a los griegos, allá en tiempos más simples, antes de que el pensamiento humano, sutilizado y retorcido por el movimiento romántico acaecido en el arte y en la literatura, empezara a temblar al borde de alguna revelación inimaginable. Sentía mi mano trémula, y vi que la luz de la vela oscilaba más de lo normal sobre los dioses y las ninfas colocadas en la pared por algún yesero del siglo XVIII, pareciendo los primeros seres, lentamente perfilándose en la informe y vacía oscuridad.

(...)

De una bolsita de seda vertió unos polvitos en el incensario, y lo depositó en el suelo y encendió aquellos polvos, los cuales desprendieron un riachuelo azul de humo que se esparció por el techo y volvió a bajar hasta parecer la higuera de Milton. Me sumergió, como de costumbre, en una ligera somnolencia, por lo que me sobresalté cuando él dijo: "He venido para preguntarte lo que ya te pregunté en París, y por lo que partiste, en lugar de responder".

Había vuelto sus ojos hacia mí y los vi brillar a la luz del fuego, a través de la nube de incienso, mientras contestaba: "¿Te refieres a si me iniciaré en tu Orden de la Rosa Alquímica? Nunca habría accedido en París, cuando me encontraba lleno de deseos insatisfechos, y ahora que por fin he moldeado mi vida de acuerdo a mis anhelos, ¿piensas que estoy dispuesto a consentir?".

"Has cambiado enormemente desde entonces", respondió. "He leído tus libros y ahora te puedo vislumbrar entre todas esas imágenes y te comprendo mejor de lo que tú te puedas comprender, pues me he encontrado con muchos, muchos soñadores en las mismas encrucijadas. Te has encerrado fuera del mundo y acumulado dioses a tu alrededor, y si no te arrojas a sus pies, vivirás siempre lleno de lasitud y de vacilantes propósitos, pues el hombre debe olvidar que es una miseria en el bullicio de la multitud en este mundo y en el tiempo; o bien perseguir una unión mística con las multitudes que gobiernan este mundo y tiempo". Y entonces murmuró algo que no pude oír, como si hubiera hablado con alguien que yo no podía ver.

(...)

Repentinamente me sentí furioso y agarrando el alambique situado sobre la mesa estaba ya a punto de alzarlo y golpearle con él, cuando los pavos reales de la puerta que tras él estaba parecieron crecer enormemente; entonces el alambique se deslizó de mis dedos y yo me sumergí en un mar de plumas verdes y azules y de bronce, y mientras forcejeaba desesperadamente, oí una voz que decía: "Nuestro maestro Avicena ha escrito que toda la vida procede de la corrupción".

(...)

Me vi alzado fuera del océano de llamas, y sentí que mis recuerdos, mis esperanzas, mis pensamientos, mi voluntad, todas las cosas que conformaban mi ser, se desvanecían; entonces tuve la sensación de ascender a través de innumerables legiones de seres que de algún modo eran, según me apercibí, más reales que el pensamiento, cada uno envuelto en un momento eterno, en el perfecto levantamiento de un brazo, en un pequeño círculo de palabras rítmicas, en un soñar con ojos turbios y párpados entornados. Y pasé entonces más allá de estas formas, que eran tan hermosas que casi habían dejado de existir, y habiendo soportado extraños estados de ánimo, melancolías, como así parecía, con el peso de muchos mundos, me adentré en la Muerte, que es en sí misma Belleza, y en esa Soledad que todas las multitudes desean sin cesar.

(...)

Vi el alambique oscilando de un lado a otro en el lejano rincón a donde había llegado rodando, y a Michael Robartes observándome y esperando. "Iré donde tú quieras", dije "y haré lo que tú me ordenes, pues he estado con las cosas eternas". "Ya sabía" contestó, "que necesariamente responderías como has hecho desde que oí el comienzo de la tormenta".






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