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martes, 30 de agosto de 2016

PARA UNA POSIBLE "ANTOLOGÍA DEL ONANISMO ESCOLAR"


Bastidores de un joven: Will McBride

Previo: 

En realidad estas notas debieran llamarse más bien Antología del exhibicionismo en el salón de clases pero aun así requerirían de un detalle: estos contactos rituales o escenas de intimidad escolar ocurren sólo entre muchachos.

El primer texto es un poema breve y espontáneo sobre un juego de masturbación compartida entre dos compañeros de banco. La idea de eyacular en el cuaderno y guardarlo para recordar me parece de un idealismo romántico singularísimo. 

El segundo caso es un texto de onanismo solitario durante la clase de literatura. Se trata de un poema del olvidado Jacques d'Adelswar-Fersen, un maestro en las formas breves y el aprovechamiento de las metonimias en función de un micro-relato. Un poema de gran musicalidad.

El tercero es un pasaje ya más extenso de "El Libro Blanco" de Cocteau donde refiere las experiencias de exhibicionismo y vouyerismo homoerótico entre compañeros de clase. 

El cuarto es un ejemplo mucho más largo sobre el mismo tópico anterior llevado al extremo del fetichismo por el maestro cubano Lezama Lima.

Es curioso notar que estos textos -escritos en fechas y lugares tan distintos-, presentan coincidencias en el tópico del parecido entre el falo y el rostro (textos 1 y 4) y en cuanto al tópico del bolsillo agujereado (textos 2 y 3). Todas piezas brillantes de autores experimentados -aunque de suerte desigual- tienen en común pertenecer al vago mundo de la literatura queer sin habérselo propuesto. Son textos que bien podrían estar alimentados por la fantasía del autor más allá de la realidad biográfica que reclama una sexualización de la pubertad en un afán de reafirmación de la identidad sexual adulta. Todos los episodios por cierto consienten el morbo de lo clandestino más allá de lo creíble.

Asunto aparte sería pesquisar este tópico dentro de la literatura universal sin una referencia de identidad sexual determinada o abierta a las experiencias hetero-normativas. Sin embargo hasta ahora no hemos encontrado referencias de este tipo que cumplan con la condición restrictiva que nos hemos propuesto: que ocurran dentro del salón de clase y durante el horario de colegio.

Estamos en el terreno amoral por excelencia, en el fuero privado de la pubertad y el narcicismo inocente de los escolares en plena tensión entre su naturaleza instintiva y el discurso preceptivo de la educación formal. Todos tienen en común, además, el ocurrir en colegios de varones (no mixtos) y en todos se refleja el escepticismo a la formación pedagógica tradicional.

Estos apuntes y muestrarios son sólo un atisbo de antología especializada, a muy largo plazo. Si alguien tiene sugerencias, se pueden recibir como comentario interno. (Este blog no publica comentarios).



de Will McBride


1
Raúl Gómez Jattin, Colombia, 1945-1997
















RECORDÁNDONOS SIEMPRE



Edwin y yo nos masturbábamos de ocho a nueve
en clase de aritmética, y de cuatro a cinco
en la de Historia Patria. El de él
era idéntico a su cara: pícaro y sonriente,
con el glande torcido, como su peinado.
Él semiacostado en la última banca del salón
y yo en la contigua. Con vaselina o crema dental.
Cuando ocurría lo mejor
guardábamos el semen en un libro. Con fecha.
"Para cuando pasen los años
y nos queramos acordar Gómez Jattin"
como él decía.




2

Jacques d' Adelswärd-Fersen, nacido en París, Francia, en 1880, fallecido en Capri, Italia, en 1923






















TRECE AÑOS (L'Hymnaire d'Adonis, 1902)



Trece años, mechón rubio
sobre los ojos precoces que declaran
alerta y deseo; un vago gesto
en los labios de chiquillo rebelde, vicioso.

En la sala, aislado en una esquina
está leyendo poemas descarados
de Musset (2), mientras los otros ejercitan
reclinados sobre sus escritorios.

El preceptor pasa, él disimula
fingiendo trabajar ardientemente,
inmaculado, en orden y concentrado
en algún deber nebuloso.

Pasa el peligro y reanuda azorado,
al instante su absorbente lectura,
acomodando su postura con sigilo
para perderse en la sombra más profundo.

Sin que nadie adivine, cuela su mano
en un bolsillo agujereado, acaricia
lentamente su juguete, cierra los ojos.
¡Soñando como un voluptuoso gato!

(1) Un poema diferente con idéntico título fue incluido por Fersen en Chansons Légères. Poèmes de l'enfance, publicado en 1901.

(2) Alfred de Musset: escritor (poeta, narrador, dramaturgo) francés nacido en 1810 y muerto en 1857.


3


Jean Cocteau; Francia; 1893-1963




















Fragmento de "EL LIBRO BLANCO", 1930


Entré al liceo Condorcet en tercero de secundaria. Ahí, los sentidos se despertaban sin control y crecían como mala hierba. No había otra cosa que bolsillos agujereados y pañuelos sucios. Lo que más envalentonaba a los alumnos era la clase de dibujo, ocultos por las murallas de cartón. A veces, en la clase general, algún profesor irónico interrogaba de pronto a un alumno al borde del espasmo. El alumno se levantaba, con las mejillas encendidas, y, farfullando cualquier cosa, trataba de transformar un diccionario en hoja de parra. Nuestras risas aumentaban su  perturbación.

La clase olía a gas, a tiza, a esperma. Esa mezcla me daba asco. Debo decir que lo que era un vicio a los ojos de todos los alumnos, y que al no serlo para mí o, para ser más exacto, al parodiar sin gusto una forma de amor que mi instinto respetaba, yo era el único que parecía reprobar aquellas cosas. El resultado de esto eran eternos sarcasmos y atentados en contra de lo que mis compañeros tomaban por pudor.

Pero Condorcet era un liceo de externos. Estas prácticas no llegaban a ser amoríos; no iban mucho más allá de los límites de un juego clandestino.

Uno de los alumnos, llamado Dargelos, gozaba de gran prestigio debido a una virilidad muy por encima de su edad. Se exhibía con cinismo y comerciaba con un espectáculo que daba incluso a los alumnos de otras clases a cambio de estampillas raras o tabaco. Los lugares que rodeaban su pupitre eran lugares privilegiados. Vuelvo a ver su piel morena. Por sus pantalones muy cortos y por sus calcetines que caían hasta los tobillos, se adivinaba el orgullo que sentía por sus piernas. Todos llevábamos pantalones cortos, pero a causa de sus piernas de hombre, Dargelos era el único que tenía las piernas desnudas. Su camisa abierta liberaba un cuello ancho. Un poderoso rizo se le torcía en la frente. Su cara de labios un poco gruesos, de ojos un poco rasgados, de nariz un poco chata presentaba las menores características del tipo que debía llegar a serme nefasto. Astucia de la fatalidad que se disfraza, que nos produce la ilusión de ser libres y que, al fin de cuentas, siempre nos hace caer en la misma trampa.

La presencia de Dargelos me ponía enfermo. Lo rehuía. Lo espiaba. Soñaba con un milagro que lo hiciera fijarse en mí, lo despojara de su altivez, le revelara el sentido de mi actitud, que él debía de tomar por una gazmoñería ridícula y que no era sino un deseo loco de agradarle.

Mi sentimiento era vago. No lograba precisarlo. Sólo sentía incomodidad o delicia. De lo único que estaba seguro era de que no se parecía en forma alguna al sentimiento de mis compañeros. Un día, sin poder soportar más, me abrí con un alumno cuya familia conocía a mi padre y al que yo frecuentaba fuera del liceo. "Cómo eres tonto —me dijo— es muy fácil. Invita un domingo a Dargelos, llévalo atrás de los macizos y asunto arreglado."

¿Qué asunto? No había ningún asunto. Farfullé que no se trataba de un placer fácil de tomar en clases y traté inútilmente de usar palabras para darle forma a mi sueño. Mi compañero se encogió de hombros. "¿Para qué —dijo— le buscas tres pies al gato? Dargelos es más fuerte que nosotros (eran otros sus términos). En cuanto lo halagas, dice que sí. Si te gusta, no tienes más que echártelo."

La crudeza de este apostrofe me trastornó . Me di cuenta de que era imposible hacerme entender. Admitiendo, pensaba, que Dargelos aceptase una cita conmigo, ¿qué le diría, qué haría? Mi gusto no sería divertirme cinco minutos, sino vivir siempre con él. En pocas palabras, lo adoraba, y me resigné a sufrir en silencio, pues, sin darle a mi mal el nombre de amor, sentía yo muy bien que era lo contrario de los ejercicios en clase y que no encontraría respuesta alguna.


 4

José Lezama Lima; Cuba; 1910-1976




















Primeras páginas del Capítulo VIII de "PARADISO"; 1996



En su interior el colegio se abría en dos patios que comunicaban por una puerta pequeña, semejante a la que en los seminarios da entrada al refectorio. Un patio correspondía a la primera enseñanza, niños de nueve a trece años. Los servicios estaban paralelizados con las tres aulas. Las salidas al servicio estaban regladas a una hora determinada, pero como es en extremo difícil que la cronometría impere sobre el corpúsculo de Malpighi o las contracciones finales de la asimilación, bastaba hacer un signo al profesor para que este lo dejase ir a su disfrute. El sadismo profesoral, en esa dimensión inapelable, se mostraba a veces de una crueldad otomana. Se recordaba el caso, comentado en secreto, de un estudiante que habiendo pedido permiso para volcar su ciamida de amonio y su azufre orgánico, negado dicho permiso se fue a unos retortijones que se descifraron en peritonitis, haciendo fosa (1). Ahora, cada alumno, cuando pedía permiso para "ir afuera", trataba de coaccionar sutilmente al profesor, situándose en la posibilidad de ser un adolescente asesinado por los dioses y al profesor en la de ser un sátrapa convulsionado.

Cuidaba el patio un alumno de la clase preparatoria, que entonces era el final de la primera enseñanza, un tal Farraluque, cruzado de vasco semititánico y de habanera lánguida, que generalmente engendra un leptosomátic0 adolescentario (2), con una cara tristona y ojerosa, pero dotado de una enorme verga. Era el encargado de vigilar el desfile de los menores por el servicio, en cuyo tiempo de duración un demonio priápico se posesionaba de él furiosamente, pues mientras duraba tal ceremonia desfilante, bailaba, alzaba los brazos como para pulsar aéreas castañuelas, manteniendo siempre toda la verga fuera de la bragueta. Se la enroscaba por los dedos, por el antebrazo, hacia como si le pegase, la regañaba, o la mimaba como a un niño tragón. La parte comprendida entre el balano y el glande era en extremo dimenticable, diríamos cometiendo un disculpable italianismo. Esa improvisada falaroscopía o ceremonia fálica era contemplada, desde las persianas del piso alto, por la doméstica ociosa, que mitad por melindre y mitad por vindicativos deseos, le llevó la desmesura de un chisme priápico a la oreja climatérica de la esposa del hijo de aquel Cuevarolliot, que tanto luchó con Alberto Olaya. Farraluque fue degradado de su puesto de Inspector de servicios escolares y durante varios domingos sucesivos tuvo que refugiarse en el salón de estudios, con rostro de fingida gravedad ante los demás compañeros, pues su sola contemplación se había convertido en una punzada hilarante. El cinismo de su sexualidad lo llevaba a cubrirse con una máscara ceremoniosa, inclinando la cabeza 0 estrechando la mano con circunspección propia de una despedida académica.

Después que Farraluque fue confinado a un destierro momentáneo de su burlesco poderío, Jose Cemi tuvo oportunidad de contemplar otro ritual fálico. El órgano sexual de Farraluque reproducía en pequeño su leptosomía corporal. Su glande incluso se parecía a su rostro. La extensión del frenillo se asemejaba a su nariz, la prolongación abultada de la cúpula de la membranilla a su frente abombada. En las clases de bachillerato, la potencia fálica del guajiro Leregas, reinaba como la vara de Aarón. Su gladio demostrativo era la clase de geografía. Se escondía a la izquierda del profesor, en unos bancos amarillentos donde cabían como doce estudiantes. Mientras la clase cabeceaba, oyendo la explicación sobre el Gulf Stream, Leregas extraía su verga -con la misma indiferencia majestuosa del cuadro velazqueño donde se entrega la llave sobre un cojín-, breve como un dedal al principio, pero después como impulsada por un viento titánico, cobraba la longura de un antebrazo de trabajador manual. El órgano sexual de Leregas no reproducía como el de Farraluque su rostro sino su cuerpo entero. En sus aventuras sexuales su falo no parecía penetrar sino abrazar el otro cuerpo. Erotismo por compresión, como un osezno que aprieta un castaño, así comenzaban sus primeros mugidos.


Chris Rodríguez, (Na. 1996)

Enfrente del profesor que momentáneamente recitaba el texto, se situaban, como es frecuente, los alumnos, cincuenta o sesenta a lo sumo, pero a la izquierda, para aprovechar más el espacio, que se convertía en un embutido, dos bancos puestos horizontalmente. Al principio del primer banco se sentaba Leregas. Como la tarima donde hablaba el profesor sobresalía dos cuartas, ese únicamente podía observar el rostro del coloso fálico. Con total desenvoltura e indiferencia acumulada, Leregas extraía su falo y sus testículos adquiriendo, como un remolino que se trueca en columna, de un solo ímpetu el reto de un tamaño excepcional. Toda la fila horizontal y el resto de los alumnos en los bancos contemplaban por debajo de la mesa del profesor aquel tenaz cirio dispuesto a romper su bálano envolvente, con un casquete sanguíneo extremadamente pulimentado. La clase no parpadeaba, profundizaba su silencio, creyendo el dómine que los alumnos seguían amorosamente el hilo de su expresión discursiva. Era un corajudo ejercicio que la clase entera se imantase por el seco resplandor fálico del osezno guajiro. El silencio se hacía arbóreo, los más fingían que no miraban, otros exageraban su atención a las palabras volanderas e inservibles. Cuando la verga de Leregas se fue desinflando, comenzaron las toses, las risas nerviosas, a tocarse los codos para liberarse del estupefacto que habían atravesado. -Si siguen hablando me voy a ver precisado a expulsar a algunos alumnos de la clase -decía el profesorete, sin poder comprender el paso de la atención silenciosa a una progresiva turbamulta arremolinada.

Un adolescente con un atributo germinativo tan tronitonante tenía que tener un destino espantoso, según el dictado de la pitia délfica (3). Los espectadores de la clase pudieron observar que al aludir a las corrientes del golfo el profesor extendía el brazo curvado como si fuese a acariciar las costas algosas, los corales y las anémonas del Caribe. Después del desenlace pudimos darnos cuenta que el brazo curvado era como una capota que encubría los ojos pinchados por aquel improvisado Trajano columnario. El dolmen fálico de Leregas aquella mañana imantó con más decisión la ceñida curiosidad de aquellos peregrinos inmóviles en torno de aquel dios Término, que mostraba su desmesura priápica, pero sin ninguna socarronería ni podrida sonrisilla. Inclusive aumentó la habitual monotonía de su sexual tensión, colocando sobre la verga tres libros en octavo mayor, que se movían como tortugas presionadas por la fuerza expansiva de una fumarola. Remedaba una fábula hindú sobre el origen de los mundos. Los finales de las silabas explicativas del profesor sonaron como crótalos funéreos en un ceremonial de la isla de Chipre. Los alumnos al retirarse, ya finalizada la clase, parecían disciplinantes que esperan al sacerdote druida para la ejecución. Leregas salió de la clase con la cabeza gacha y con aire bobalicón. EI profesor seriote, como quien acaricia el perro de un familiar muerto. Cuando ambos se cruzaron, una brusca descarga de adrenalina pasó a los músculos de los brazos del profesor, de tal manera que su mano derecha, movida como un halcón, fue a retumbar en la mejilla derecha de Leregas y de inmediato su mano izquierda, cruzándose en aspa, en busca de la mejilla del presuntuoso vitalista. Leregas no tuvo una reacción de indignidad al sentir sus mejillas trocadas en un hangar para dos bofetadas suculentas. Dio un salto de payaso, de bailador cínico, pesada ave de río que da un triple salto entontecido. EI mismo absorto de la clase ante el encandilamiento del faro alejandrino del guajiro siguió al súbito de las bofetadas. EI profesor con serena dignidad fue a llevar sus quejas a la direcci6n, los alumnos al pasar podían descifrar el embarazo del dómine para explicar el inaudito sucedido. Leregas siguió caminando, sin mirar en torno, llegando al salón de estudio con la lengua fuera de la boca. Su lengua tenía el rosado brioso de un perro de aguas. Se podía comparar entonces el tegumento de su glande con el de su cavidad bucal. Ambos ofrecían, desde el punto de vista del color, una rosa violeta, pero el del glande era seco, pulimentado, como en acecho para resistir la dilatación porosa de los momentos de erección; el de la boca abrillantaba sus tonos, reflejados por la saliva ligera, como la penetración de la resaca en un caracol orillero. Aquella tontería, con la que pretendía defenderse del final de la ceremonia priápica, no estaba exenta de cierto coqueteo, de cierto rejuego de indiferencia y de indolencia, como si la excepcional importancia del acto que mostraba estuviera en él fuera de todo juicio valorativo. Su acto no había sido desafiante, sólo que no hacia el menor esfuerzo de la voluntad por evitarlo. La clase, en el segundo cuadrante de la mañana, transcurría en un tiempo propicio a los agolpamientos de la sangre galopante de los adolescentes, congregados para oír verdaderas naderías de una didáctica cabeceante. Su boca era un elemento receptivo de mera pasividad, donde la saliva reemplazaba el agua maternal. Parecía que había una enemistad entre esos dos órganos, donde la boca venía a situarse en el polo contrario del glande. Su misma bobalicona indiferencia se colocaba de parte de la femineidad esbozada en el rosado líquido de la boca. Su eros enarcado se abatió totalmente al recibir las dos bofetadas profesorales. El recuerdo dejado por su boca en exceso húmeda recordaba como el falo de los gigantes en el Egipto del paleolítico, o los gigantes engendrados por los ángeles y las hijas de los hombres, no era de un tamaño correspondiente a su gigantismo, sino, por el contrario, un agujero, tal como Miguel Ángel pintaba el sexo en la creación de los mundos, donde el glande retrotraído esbozaba su diminuto cimborrio. Casi todos los que formaban el coro de sus espectadores recordaban aquella temeridad enarcante en una mañana de estío, pero Cemi recordaba con más precisión la boca del desaforado provinciano, donde un pequeño pulpo parecía que se desperezaba, se deshacía en las mejillas como un humo, resbalaba por el canal de la lengua, rompiéndose en el suelo en una flor de hielo con hiladas de sangre.
  
(1) Haciendo fosa: muriendo.

(2)Leptosomático adolescentario: adolescente muy delgado con hombros estrechos y manos finas; son proclives a la esquizofrenia.

(3) Pitia délfica: Apolo hacia sus oráculos en Delfos por medio de una sacerdotisa 0 pitia.  (N. del autor)

 
Anthony Goicolea fot. 


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