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"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

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sábado, 5 de noviembre de 2016

BELLEZA INÚTIL O EL PLACER OBSTINADO DE LAS MANCHAS


(de ÍNDEX, 2015)





















NOTA: Belleza inútil es el título de un cuento de Guy de Maupasant publicado en 1890. Posteriormente la expresión fue usada al menos en dos ocasiones para referirse al poeta francés Jacques Adelsward-Fersen: lo hizo Ada Negri en un artículo a la muerte de éste (L’inutile belleza, en L’Ambrosiano, 1923) y Roger Peyrefitte en su libro biográfico El exiliado de Capri, donde dice haber visto en Villa Lysis ‘otros tantos testimonios del culto a las vanidades y a las bellezas inútiles’.

Nino Cesarini 
retratado por Paul Hoecker, 1904
























I


Toma ese vaso y ponle dosis alta
para caer sobre el diván con el peso
del placer que espera a los vencidos,
con un golpe de labios que humillan mi esperanza,
con la forma circular que arrojan las monedas en la fuente
aunque no hayamos de viajar de nuevo en este cuerpo
ni siquiera preservándolo en moldes de granito.
Toma este cuerpo, muchacho, te digo
y lánzalo con el peso de todas sus palabras
antes del amanecer de los dioses andróginos
para que caiga por el salto de Tiberio
con el peso muerto de un fardo de años,
para que el espejo precioso de los frutos idénticos
se quiebre de hacer espacio a sus habitantes:
los invasores del jardín que se ganan su derecho
conservando las flores estériles que aman más de prisa.
Toma esta boca y llénala de peces,
de pétalos o alas, da igual, todos son besos envenenados
para traslucir después en el dintel de las ánimas en pena
y recordar que tu aureola fue mi talismán en su punto más alto.
No importa quién fui, cuál fue mi nombre
o el tuyo o el del niño pescador que conservarán los papeles
y metales conducidos por mano experta hacia otro siglo.
Quiero que todo se pierda, que nos arrastre
igual al oro líquido despedido por la uretra
esas noches de sol empantanado,
con la luna varada en las sábanas hasta el mediodía
y las semillas de amapola picando en los ojos.
Quiero que corra por los muros de la gruta
la leche de la imperfección, para después curarla
con malaquita de juventud cruel y opio de dudas
que hacen más frágiles los huesos en la entrega
y más lenta la seducción de darle nombre.
Así pasaremos de cuadro vivo a naturaleza muerta.
Nada que el mar no lave y la sal no cauterice
después de saber que el fuego
es otra lengua abrasiva que sucumbe en las orillas
aunque lo escupa el mismísimo Vesubio.
Toma mi cuerpo y ponle dosis alta,
introduce una cerbatana por mi pecho y sorbe
lo que parezca alma, lo que se atenga al zumbido
del afanoso hado que aletea en la crisálida
con las formas concentradas
de ese deseo preexistente al abandono,
idéntico al éter que escapa del láudano en el vaso.



II


El deseo ¿se inventa, se crea o se descubre?
De esa incisión hice una onerosa diligencia,
una prestancia, un vicio sacro.
Así fui por las islas como antes por las calles
de un país de guiños clandestinos en parques y salidas de colegio,
baños públicos con signos rupestres renovadores de atavismos,
bibliotecas de respiración jadeante,
patios de Arcadia pobre o pasillos ilustres
que no se diferencian en su vocación de vértigo.
Me lo he preguntado entre los botes de caletas
donde los muchachos son Jacinto o Cipariso o Lysis
y se obsequian trofeos después de la pesca:
percebes eréctiles de valvas nácar,
plumas de cormorán tornasolado
o lirios de mar para enganchar en la oreja,
medusas luminosas que prolongan la erección
para complacer mejor a las turistas
o a los centuriones romanos que nunca perdonan.
Y fui el inventor del deseo en vigilias de sobres con lacre
y fui su creador cada vez que nació un mundo
de mis culpas apareadas con mis inocencias
y fui su descubridor entre escombros de templos
donde los dioses paganos siempre son adolescentes
dispuestos a la adoración a cambio de canciones y monedas
aunque la falta de milagros termine por cambiarlos
                                   en sucios, malos y feos (1)
y no valga de nada que los abuelos de los héroes de guerra
hayan posado por amor frente al lente del primer maestro.
Ahora tomo ese vaso recargado
y desprendo el pasado del relato que lo contiene,
sacudo la imagen y dejo en un diván el mísero boceto
del que habrás de separar los colores
robados a tus horas más secretas, en pleno crecimiento.
Y ríe después, pero hoy llora hasta cegarte.

(1) Título de un film de Ettore Scola: 
"Brutti, sporchi e cativi" (1976)

III

Me largo para no enloquecerte
porque la locura acerca a la santidad
y la santidad envejece. Los santos
buscan a su dios con rabia, en todo lo demás
son lujuriosos, hacen ruido con los dientes
durante el franco concierto de los cuerpos.
Me deshago de mis cuadros vivos donde he representado
el papel de último argonauta
a costa de mis propios decretos de ostracismo.
No llores, te digo, por las tardes de Anacapri
que no pude comprar, aunque es mentira
que la felicidad no pueda comprarse: vendo la mía.
No repudies a los jueces que castigan en otros sus estupros
porque en verdad quisimos ser culpables.
No llores por los libros que hice odiar
si al cabo sólo lo más odiado vuelve.
Dibujé desnudos en un atelier en movimiento
y dejé sin resolver algunos cuadros:
los peces voladores no están fuera
sino en un cuento autografiado en carne propia.
Un niño prepara sus conquistas sin apuro,
abanicándose en un retablo donde todos los actores
son él mismo, jurándose que se deseará por siempre
mientras el adulto que será lo espía, lo busca en los dinteles,
en góndolas sepias, en pandillas descamisadas,
en un álbum de familia con una hoja en blanco
donde fue removido el retrato interdicto.
Debo moverme con cuidado para no dañar todo,
siempre hay demasiados objetos alrededor de un viajero
que en todos los sitios ha amado a alguien
como en este fumadero atiborrado de ojos en los muros
-nada más incisivo que los ojos de un retrato.
Corre las cortinas de una vez porque puse dosis alta
y los escorpiones no esperan, semejan el cortejo
de amor o dolor sagrados: calculan su distancia
y dan el salto cuando están seguros
de que vas a recibir el aguijón sin resistencia.


(Se publica esta entrada in memoriam 
JACQUES D' ADELSWÄRD-FERSEN, 
aniversario 93 de su muerte)


Nino Cesarini por W. Von Pluschow hacia 1905

















Jacques d'Adelsward-Fersen hacia 1905

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