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CRONOLOGÍA Naturalmente el propósito de esta nota no es el chisme sino iluminar algunos pasajes biográficos del más grande multiartista...

lunes, 5 de junio de 2017

FE Y POESÍA, QUERELLAS A PARTIR DE PAUL CLAUDEL

Paul Claudel (1886-1955) cuenta que entró por inercia a una iglesia la víspera de navidad de 1886. Su plan era hartarse de la rutina del ritual católico y cobrar inspiración "para unos ejercicios decadentes". Con sorpresa -posiblemente fingida a favor del relato- asegura que el "espíritu santo" entró en él mientras escuchaba el Magnificat de la misa coral (no el de Bach ni de otro autor memorable; no "el" Magnificat sino "un" magnificat) y en lugar de aborrecer la doctrina la acogió con trazas de conversión fulminante. Lo curioso es que Claudel relate su conversión al catolicismo con semejanza a un contagio grave, de por vida.

El relato de Claudel anima a preguntarse ¿qué es la fe? A juzgar por su experiencia opera como un virus: una vez que ingresa en el organismo deviene en dolencia crónica. En adelante el contagiado con el virus de la fe optará por creer en lugar de razonar. Eso podría ser interesante si simplemente se sustituyera el lado racional -que ofrece bastante poco- por el intuitivo, pero el virus de la fe, al parecer, actúa inhabilitando para el placer al contagiado. Como el cuerpo humano en tanto esté vivo no renuncia al placer, al sujeto bajo el efecto de la fe sólo le queda el camino de reprimirse o mentir. Lo primero es fácil con la instalación del miedo y el remordimiento. Lo segundo no es difícil dentro de las maniobras de la sociabilidad: de hecho mentir es una necesidad social asociada a la vergüenza -o la conveniencia- y es la más universal de las costumbres. La fe pasa rápidamente a sistema normativo y por tanto el virus progresa a endemia.

La forma en que Claudel relata su conversión es épica. Claudel es el que dijo que Rimbaud era "un místico en estado salvaje" y que cuando leyó las "Iluminaciones" se le "reveló lo sobrenatural". Para no quedar fuera del canon pasó a sostener que Rimbaud era secretamente católico. Esto llevó a Breton a su vez a excomulgar a Rimbaud de los antecesores del surrealismo "por no hacer imposible una interpretación cristiana de su poesía, tipo Claudel". De ese modo Claudel está contraponiendo poesía a pensamiento racional y por tanto está abriendo el camino a una percepción alterada de la conciencia, que parece ser en último término el paso a su conversión al catolicismo. El hecho implica una elección, una decisión, dado que el propio Rimbaud, así como la mayor parte de los poetas del romanticismo y el simbolismo no fueron personas de fe, sin obstáculo de haber parodiado la escritura judeo-cristiana a través de la prosa parabólica, el versículo y el proverbio, ver Blake, Rimbaud e incluso Whitman y así hasta Ginsberg. Algo le afectó a Claudel que no le afectó a los otros. Me atrevo a decir que su sistema poético personal -que es el sistema inmunológico del arte- estaba debilitado. La poesía doctrinal, sea política o religiosa, es mala, es pobre, es básica, porque está obligada a ser obvia para difundir un programa, que es más o menos el mismo que condenó al manicomio a la escultora Camille Claudel, hermana de Paul.

Antonin Artaud: autorretrato con fusilamiento

Radiguet por Picasso, 1920
El poeta es el creador de su propia religión e inventor de sus ritos y anunciador de sus propias profecías, que pueden llegar hasta el anuncio de su propia muerte, como en Raymond Radiguet: "dentro de 3 días seré fusilado por los soldados de Dios" y acertando. Profecías autocumplidas, vaticinios, augurios, bromas, anti fe y antipoesía a guisa de autoficción. No hay otro negocio que el ocio, asomando a Gonzalo Rojas.

El mayor manifiesto de poesía religiosa individualista es "Para terminar con el juicio de Dios" de Antonin Artaud y lo hace llegando precisamente hasta donde la fe normativa no puede. Sin embargo su destrucción vino por otras vías porque devino en su propio Mesías y en su propio crucificado. Eso instala el eje de la cuestión: el problema no es con Cristo, ni con el rito ni con el mito. El problema es la doctrina, que niega la poesía de la leyenda y la fantasía, el delirio de la intuición numinosa en el cual Leopoldo María Panero renovó la promesa y el sacrificio del ladrón del fuego. El mismo Panero que no se cansó de repetir que "la vida es una lacra" al mismo tiempo que reafirmaba su vitalidad imperiosamente, poniendo su propia vida como queja de la forma lastimosa en que fue empujado a vivirla. Ese juego de palabras también es religioso, pero sin fe: donde decía "vida" debe leerse "sociedad", es decir "los vivos", disociados de esa cosa abstracta e inmanente que llamamos vida, con intención de salvarla y a la vez sin intención de depositarla en algo concreto, por definición perecedero. Por eso Panero no dejó nunca de autoproclamarse el AntiCristo sin más resultado, desgraciadamente, que el lírico o el lúdico. 


Leopoldo M. Panero
La desventaja de la fe es que condena a la vida eterna. Sin fe no hay alma y por tanto prevalece la esperanza de la desaparición absoluta. Según la fe, el alma se desprende en el momento de la muerte, por tanto es una especie de pedo, una toxina abominable que se desprende de la carne descompuesta. ¿Qué mayor nobleza podría pretender la poesía que anunciar la inexistencia de la vida  eterna? En eso se basa la grandeza del género gótico: la vida más allá de la muerte es una pesadilla porque el alma es una peste y el cuerpo se niega a no sentir placer. La no resignación a la pérdida de la belleza y el placer es el motor de la poesía. Desde esa premisa el más católico de los poetas chilenos, Eduardo Anguita, aparece también como el más ateo de ellos: "yo pienso en el gusano". Y el más ateo de los poetas chilenos, Humberto Díaz Casanueva, aparece como el más religioso: "Entre las bestias grandes el hombre obra con soberbia porque está más solo". Es "El Blasfemo Coronado".


Más allá de todo esto cabe la pregunta: ¿Cuáles son los ejercicios decadentes que habría escrito Claudel de no mediar su contagio con el virus de la fe? Allí donde no podía ser un Blake, ni un Rimbaud ni un Artaud, ni siquiera un Claudel, optó por ser un remedo de los evangelistas. Toda su poesía es un acto fallido, salvo un texto, que deviene en su mayor poema justamente allí donde no pretendió serlo: "Mi conversión". Al leerlo, con fascinación, uno no deja de desear intensamente haber podido conocer esos "ejercicios decadentes" que Claudel dejó pendientes.


Paul Claudel junto al busto esculpido por Camille Claudel


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