sábado, 13 de enero de 2018

4 INÉDITOS DESCLASIFICADOS

SÓLO PARA ENTENDIDOS


 
Dennis Cooper

No entiendo bien
esos deseos tuyos
de matar por amor,
estúpido Dennis.
Leo tu mente
con telepatía en voz alta
y escucho tus venganzas dulces
y tus amargas victorias
sobre cuerpos encanallados
como quería Rimbaud el apestoso
mientras admirarte es una forma prolongada
de desencanto.
Asumo que después de los 20 años
-30 a lo sumo-
la vida no tiene objeto
ni sentido
y cualquier favor sexual que se reciba
es un acto de misericordia
pero hay una forma de placer
parecido al sacrificio
que se puede ir mejorando a diario
siempre y cuando no se haga tan perfecto
que ya no queden días para usarlo.
Eso y otra cosa más
-que no podría explicar sin cierta jactancia-
es lo que aprendí contigo,
estúpido Dennis.



NICK DRAKE


  
Nick Drake no tuvo esa forma prestigiosa de tristeza
Nick Drake
que llamamos paciencia.
Tuvo penas mejores que la mayoría, eso sí que tuvo.
Y un árbol secreto.
No tuvo instrumentos raros, no,
ni tuvo dinero. Es decir, el que tuvo no era suyo.
Las brújulas, los astrolabios y las clepsidras
eran sus síntomas.
Tuvo un traje de colores
que lo hacía parecerse a sus juguetes,
que permitía estar desnudo en la hojarasca
(palabra envolvente para las hojas podridas)
sin cambiar de estación ni entrar del todo en ella
como creía que debían ser las cosas en los parques.
Tuvo heridas, sí, como todos
o un poco más, en la frente, en el pecho, en el zapato:
zonas lisas, aptas para las semillas.
Sí, bueno, tuvo amores
pero se sabe poco de cuántos y de quiénes,
si eran de hombre o de mujer
los nombres de las cartas que quemaba.
Le decían que era un genio
pero no por dónde serlo
y no tenía un mapa, por cierto,
sino un jardín peligroso
donde padre y madre ocultaron
algunas notas del piano. Tuvo noches, sí,
a toda hora, haciendo más exacto
el arpegio: complicado, matemático,
el trémolo que empuja al frasco de pastillas.
Y no tuvo hijos, no. Nick Drake tuvo
formas rotas de la geometría,
campanas pequeñas
difíciles de apagar, tuvo relojes secundarios
y gatos que conocen el árbol
pero guardan el secreto. ¿Hijos? No, te digo, no tuvo.
Dime ahora
¿qué tan lejos permanece?



LUCIEN ROUVIÈRE Y ANDRÉ FERRON


Todo lo que pueda decirse de nosotros
es una canción para antes y después
Fotograma de "Les amitiés particuliéres";
film; Delanoy, 1964

que siempre se vuelve contraseña;
una carta negada y reescrita 3 veces
donde se habla de los escondites
en que la otra vida es una enfermedad erradicada;
una ventana pintada con colores nocturnos
para esos que habitan los reinos
donde ya es el futuro
aunque estén anclados
a una forma obsoleta de amor
demasiado perfeccionista para ser exitoso,
demasiado impuro para ser corrompido.



SILFOS


Y entonces conocí la palabra silfo.
A esa edad ya se ha perdido la cuenta
de los tratos con palabras
carnales o sólo salivales, post verídicas,
Daniel Barkley, pintura
previas a todo y luego evasivas,
a granel, a la redonda, a mil por hora.
Y siempre ese ahogo de sed
que al beber deja más sediento.
Hasta que oí esa palabra, no con los oídos
y lo que ya no se esperaba
pasó a ser desesperado.
Esto era en Arcadia, esa ciudad-Estado
donde los peores ganan los concursos
y no se puede votar por sino contra.
Esto era en los tiempos de la pre-verdad
cuando la mentira perfecta no ha sido bastante repetida.
Me habían dicho que rondaban los silenos
embelesados de algo que merecía envidiarse
pero no comprenderse, y que donde hubiera
silenos relamiéndose la papada,
rascando sus crinadas barrigas, allí habría silfos.
¿Cómo se les busca?, pregunté
sin saber qué cosa era buscada.
El sileno respondió sin saber si era respuesta:
"Estos seres comen una sola cosa.
Cuando lames su entrepierna, huelen a fresas".
Entonces busqué ese rosado excremento
olfateando el suelo en cuatro patas,
miserable y fecundo, compulsivamente
como un sabueso tan enfermo
que pareciera un hombre.
"Los hay de tierra y de aire,
de dos y cuatro alas, anisópteros,
rara vez musicales, más bien
murmurantes, de orejas anguladas,
y siempre hacen un mohín de desprecio.
Veloces, cuando los ves se disipan
entre las refracciones de tu humor vítreo.
Te frotarás los ojos en un segundo
y ya será parte de otro miedo de pérdida
de algo que jamás has sabido ni tenido.
Pero si llegas a atraparlo
tendrás pocos minutos para averiguar
a qué es adicto. Pondrás tu vida
en enviciarlo".

Y entonces conocí la palabra silfo.