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"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

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miércoles, 21 de noviembre de 2012

La moral y las buenas costumbres



El autor en 1977




A los ocho años
                                   me deseaban
los árboles de tronco retorcido
que daban sombra hacia lados opuestos; 

los agujeros en la madera socavada de termitas,

los ojos en la cáscara hueca del adobe
                                   me deseaban;

el portón de hojas de Carmen 808 y 810 esquina Manuel Montt de Curicó
                                   me deseaba; 

la década de los 70, el centinela de la cuadra después del toque de queda
(un conscripto moreno de perfil etrusco)
                                   me deseaba;

la rasuradora, la despatilladora, el quitapelusa
y el peluquero sin nombre
que enseñaba con jactancia su arsenal curativo
                                   me deseaban;

las tumbas vacías, los colchones rotos
de donde escapaban las motas de lana de cordero apaleado,
los catres
                        con los gritos del cordero dentro
                                   me deseaban; 

a mi pelo de aserrín meado, de hilachas de maíz,
a mi pellejo sediento picado de viruela,
a mi antebrazo embutido con marcas de vacuna
                                   lo deseaban;
 
el purgante para la serpiente solitaria del paraíso
y el rosario de las siempre vírgenes de la gran tribu
                                   me deseaban;
 
los sacos de cebolla, las vigas del tijeral,
las telarañas al fondo donde la luz tiene un olor húmedo
poblado de nudos y esporas
                                   me deseaban;

los gatos furiosos por no encontrar su quicio de entrada
desde la calle, desde la noche, desde el otro mundo
                                   me deseaban; 

el venerable que creía ser menos homosexual
porque me decía “niña”
arguyendo confundirse con mi pelo
y mi pánico de convertirme en niña
por ser precoz idólatra de ese gran dios falo atrapado repentinamente
por un cierre “marrueco”;

las formas de las ropas vacías, las cajas con insectos
y los zapatos con guijarros
                                   me deseaban;

las matronas nunca satisfechas
amparadas en los siglos de sacralización del útero
y su lacra de santa madre y esposa
                                   me deseaban

para hacer de mí otro muñeco de cuento,
otro objeto en el ajuar,
otra ropa interior a la medida,
otro trapo sucio entre sus piernas; 

el cura confesor, el frater catequista, el lamento gregoriano,
los peces recién multiplicados,
el vino brotando del tajo en el costado,
el psicópata San Agustín, el sexy San Sebastián
y la sábana de Turín con la eyaculación atómica de dios
                                   me deseaban;

El Sr. Aschenbach diciéndome expresamente:
“nunca debes sonreír
así, a nadie”;
                                   me deseaba;

la peste del río Guaquillo
arrastrada por el siroco mañanero
y Franz Kromer, el bruto del barrio, hurtador de bicicletas
                                   me deseaban;

los días mayo y las horas domingo,
los perros septiembres y los besos
con mermelada y hierba
                                   me deseaban;

la Virgen del Cerro Condell
con labios y paños mayores
pestilentes a esperma de cirio retostado
                                   me deseaba;

el aliento a vino barato, el sudor con etanol
en las camisas de mi padre
                                   me deseaban;

porque me aborrecían todos
al igual que yo me aborrecía
y al igual que todos
en el agua o el espejo o después de vivir el nicho diurno
que era la vida prestada por los otros

yo
            me deseaba.
 

© Leonidas Rubio, 2012

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