sábado, 5 de enero de 2013

Sigur Rós





La vida es canción de esto que nos pasa,
un relato que persiste sin nuestra atención,
con poco más enigma que un coro de libres
emergiendo de un mundo que acaba de nacer
y queda detenido
en los elementos salvajes de la inocencia,
cuatro formas del agua virgen que se prolonga en un cuarto
donde un hombre clava los ojos
en la página en blanco del cielorraso
o entre el espesor de objetos vencidos por la vagancia de conceptos
en rincones que se estrechan
allí donde alguien es demasiado joven para arrepentirse
y demasiado viejo para recordar
cuándo acertó su primer presentimiento negro.
Invita a un dolor que busca dónde percutirse,
incita a una guitarra eléctrica frotada con un arco
como si fuese un tórax
o un piano de diapasón abierto en el ventrículo
o cajas o sienes percutidas con plumillas;
incita un color en inminencia de explosión
o una luz amenazada por razonamientos diurnos;
avanza entre violines con felices pesadumbres,
herraduras contra las siete patas de semana tras semana;
corroe y canta, murmura, atipla y puntúa suspensivo.
Hasta el pueblo más amable de la tierra
no lo sabe y lo presiente: ¿qué si se acabaron ya
las melodías posibles? ¿qué si se agotaron
los armónicos terrestres?
Tendría que caer una palabra en aguas termales
y salir a flote desollada
como en la edad de las nupcias de los reinos.
Tendríamos que hablar en vonlenska
ante la deserción de las lenguas.
Tendría que sonar más alto
la resurrección de los signos.



Post data


Asusta estar allí:
es demasiado biológico.
Si el cuerpo humano fuera un instrumento musical
así sonaría.

Me preguntas por qué no quiero darte a oír
sigur ros.
Es que aún necesitas conocer
un tiempo más
las superficies.



© Leonidas Rubio 2013


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