martes, 5 de febrero de 2013

ANTINÓPOLIS: DOS POEMAS EN BOCA DE ADRIANO





  


























LAMENTO DE ADRIANO


Aún no sé decir qué fue su tiempo,
si peso de un futuro dios
o liviandad de un loto sobre el agua.
A menudo dispuso mis talentos
prescindiendo de mí,
haciéndome más hombre y menos Rey
pero las formas del Estado fueron
un juego de seducciones
recreadas en decretos de plenitud ciudadana
porque nadie gobierna mejor que un hombre acariciado.

Más de una vez irrumpió en el salón
y se echó a mis pies mejor que un cachorro
o apoyado en mis rodillas con los ojos semicerrados,
consolidé la Pax Romana con la lisura de su espalda,
terminé de legislar acariciando sus cabellos.

No termino de entender esa página de historia
que dirá muerte; ese rito, esos augurios,
las figuras que preservan un asomo de sus líneas.
Nadie lo nota pero no sobreviví.
Otro tomó mi lugar y contempla esta rutina
no mejor que un extranjero.


Fui mejor visto por él y me apropié de mí
pues todo lo suyo me pertenecía,
menos su ritmo, mal llamado destino.
Me amó más que a su belleza
y eso es decir fronteras no mensurables.
                                                                       Obedeció
                                                                        al llamado del cielo.*


*Inscripción en el sarcófago de Antínoo

 









PAPEL TARJADO PARA UN EPITAFIO



Animula
            poder que quiere volver a ser miedo.
Vagula
            destruirte
            para saber que eres tú y no todos los otros.
Blandula
            cansancio del placer
            que quiere volver a ser deseo.

Conocería
            si llego hasta el borde de mí
            y todo cuanto pueda mirar          
            no soy yo mismo.

Sólo allí puedes tomarlo
            tullida alma mía
            débil
            viciosa

en la puerta de la boca
donde el licor pierde su éter.







© Leonidas Rubio, 2013










 

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