sábado, 2 de febrero de 2013

JEAN ARTHUR RIMBAUD (1854-1898) La sombra retorna siempre más negra





Rimbaud en 1872.
Dibujo de P. Verlaine
por Leonidas Rubio







Un joven desgreñado, casi un niño, desciende del tren. Se aprecia en él una mezcla de la postura agreste que dan las villas semi rurales y algo de refinamiento adquirido por imitación o por intuición de un destino distinguido. Trae dos mudas de ropa en una maleta y un poema que será confirmado por el curso de los días: "toda luna es atroz y todo sol amargo". Antes ya ha conocido ese tumulto. Fue en el devenir de anónimos zapatos en la Ciudad de la Luz, la rebelión secreta que no tiene bandera durante las Comunas, o el júbilo cruel de aquellos que jamás vuelven la vista, pero regresan. Ya ha recorrido a pie esos mismos 40 kilómetros de rieles y probablemente fue más fácil el camino aquella vez y la ilusión menos dura. Ahora lo espera un poeta más antiguo que él pero el mundo se hará viejo para todos por igual. El tiempo parecerá correr más a prisa y las pasiones enemigas habrán de desatarse. Tiene 16 años.

Probará el acero del fuego y del cuchillo. Conocerá la embriaguez de ver el color de las vocales, el delirio que expande el cuerpo más allá de la carne. Sabrá que la fama es una copa trizada donde el vino se filtra, reservada a los que beben contra el tiempo, a la par que la copa se vacía entre las manos. Sabrá que una herida es una excusa para vivir y que la muerte madura dentro como una semilla en un fruto.

Aprenderá que la vida no tiene sentido.

Pero pudo ser también de otro modo. Un hombre maduro, de vestimenta solemne, típicamente burguesa, espera a un muchacho que viene del campo con la promesa de unos cuantos borradores. Este hombre adulto es ya un consagrado de los cenáculos literarios parisinos y abriga, quizás, la secreta esperanza de recibir a un discípulo. Vagamente, puede que también tenga el sueño encubierto de encontrar un joven amante. Conoce sus poemas por correspondencia recibida hace unos meses, donde ha podido leer versos tensos por las irregulares cadencias, la métrica tan disparatada como llena de hallazgos musicales, el repertorio verbal saturado, denso de palabras en desuso, cargado de expresión intensa y maciza como el golpe de un martillo.  

Me eran indiferentes todas las tripulaciones,
carguero de trigos flamencos o algodones ingleses.
Cuando con mis sirgadores terminó ese alboroto,
adonde quise ir me llevaron los ríos.”

Parece presumido. Al verlo bajar del tren ese hombre de casi 40 años, recién casado, de modales elegantes y rutinas convencionales, sabe que está en presencia de mucho más que un posible adepto literario o un “valor” al que le interese apoyar en un sentido de desprendimiento altruista. Relata esa primera visión con palabras atónitas: “Era grande, bien hecho, casi atlético, de rostro perfectamente oval de ángel en exilio, cabellos castaño claro, en desorden, y ojos de un azul pálido inquietante”. Es la figura intelectual del momento y ante la imagen del forastero queda convertido en un niño bobo.

¿Quién sedujo a quién? Es difícil saberlo. El joven que acaba de llegar con un gabán largo y una pipa con la que intenta disimular sus rasgos y ademanes pueriles, ciertamente está habituado al halago de adultos cultos y la admiración de sus precoces talentos, así como a la complicidad de sueños literarios, la confidencia, las palabras al oído, las cartas con agudas declaraciones, los planes secretos, las travesuras compartidas, la amistad en la aventura. A los 14 años ha compuesto una oda en metros latinos dedicada al príncipe imperial, que el año 1868 tiene su misma edad y acaba de realizar su primera comunión. Poco después ha deslumbrado a su profesor de retórica, el intelectual George Izambard, de 22 años, responsable de inducir la madurez literaria prematura del joven Jean-Arthur, proveedor de las lecturas decisivas que harán de él un volcán de fuegos divisorios entre la poesía simbolista y la moderna, pivote fundacional de lo que podríamos considerar la sensibilidad de vanguardia y de hecho, remoto precursor del surrealismo. El año 1870 se ha fugado de su casa para vivir en la ciudad de las luces que atrae a los jóvenes ambiciosos de las villas interiores, sea cual sea su ambición, como la miel atrae a las abejas. Una vez puesto el primer pie en París es controlado y detenido por vagancia. Pagará la fianza el profesor Izambard, quien además lo pone a buen recaudo en casa de sus tías donde vivirá dos semanas. Allí conoce a otro poeta joven como él llamado Paul Demeny, a quien le confía un cuaderno con manuscritos antes de volver a casa de su madre que lo reclama judicialmente y lo hace traer de vuelta a Charleville por la policía. Ocio y más ocio; la poesía va buscando su forma; se propone una filosofía con la ilusión de un método, la persecución luciférica del conocimiento. Plasmará en una carta al amigo y custodio que queda atrás, sus objetivos poéticos en una suerte de manifiesto, iniciando la era de los programas literarios:

El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura, él las busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos para no guardar de ellos sino las quintaesencias.”

Un año después de su primera incursión en la metróplis, en plena guerra franco-prusiana, el buscapleitos que ya ha nacido en él vuelve a París. Pasa hambre, no tiene donde dormir y vuelve a pie a Charleville, caminando por la línea del tren. Corre el año 1871, en que se declara ese ensayo de régimen anarquista donde el saqueo se convierte en la estrategia política del proletariado en alianza con el lumpen, episodio idealizado por la frivolidad de izquierda de todos los tiempos, que se ha dado en llamar la “Comuna de París”. En las calles de la capital se vive un fuego cruzado de iras y venganzas; las balas perdidas en cualquier dirección, salidas de no se sabe dónde, han engendrado una nueva especie de antihéroe que tomará su nombre de su gentilicio y de su valiente oficio, el tiro libre a traición y alevosa mansalva: son los francotiradores. A fines de ese año una carta y un par de poemas para la celebridad del ambiente parnasiano serán su pasaporte a la fama que anhela. Llega a París en septiembre de ese año a instancias de Paul Verlaine que lo aloja en casa de sus padres. Es obvio que hay en él un poder de seducción malévolo, una habilidad para hacer que los otros se movilicen en función suya y le brinden protección. Con dotes de gran manipulador, impone su presencia y se asegura un techo con el salvoconducto de su condición de artista. Enamorar es lo que hace, en un sentido torcido pero eficaz: “quiero convertirme en un canalla” le ha dicho antes a su amigo Delahaye. Y esa capacidad de “encanallarse” lo ayuda a romper con todo en su provecho, desarticular vidas y familias, tomar el cielo por asalto. Se siente con derecho propio para irrumpir, vociferar, blasfemar, pero en no menor medida cautivar y conquistar. Posee un talante andrógino que inquieta y fascina. Es una especie de ángel maligno que reclama ser mimado y responde con poesía no sólo hecha de palabras sino también de acciones. La rebeldía es sólo otra de sus formas de realización artística. Por eso todas sus relaciones serán una encrucijada de atracción y ruptura. Su vida es una energía compulsiva donde todo y todos cumplirán la función de tontos útiles para exprimir:

Me horrorizan todos los oficios. Patrones y obreros, todos brutos, innobles. ¿Pero quién hizo tan pérfida mi lengua como para que guiara y amparara hasta aquí mi pereza? Sin que me sirva ni para vivir de mi cuerpo y más ocioso que el sapo he vivido en todas partes”.

Es un ser repudiable, sin duda, repudiable y deslumbrante, de una insolencia gótica, salida de un cuadro flamenco. Maldice de todo lo que se le ponga al frente. Lleva la grosería hasta los límites de sus manifestaciones: la corrupción propia. Se vuelve una especie de prostituto sagrado, un mantenido que planea hacer su obra y trastornar al mundo, como Mahoma. Y mientras tanto, bueno, qué más da, se inventa un pasatiempo que es capaz de dividir la era de la poesía en un antes y un después de él. Jean Arthur Rimbaud es el Cristo de la poesía.

Verlaine y Rimbaud, al parecer de los adustos testigos, son visiblemente afeminados. El primero es tema de las páginas sociales en los periódicos de la capital, a los que no se les escapa la presencia de la dupla ilustre a la entrada de una obra de teatro en la que “a Verlaine se le ve tomado del brazo de una encantadora señorita” (líneas del periódico “El pueblo soberano” del 16 de noviembre de 1871). Poco después se desata la violencia, en el clímax de la distorsión. Se hacen amantes públicamente. En una escena de las que se hacen habituales entre Verlaine y su esposa legal, el autor de “Romances sans paroles” intenta estrangularla. Ella se irá a la casa de sus padres y Verlaine se irá con Rimbaud a Bélgica en su primer viaje compartido. Hasta allá llegarán la esposa ofendida y la madre de ésta para declarar su perdón al esposo, al que ven como a un poseído por el demonio y por lo mismo, eximen de responsabilidad al saberle privado de voluntad. Ese demonio existe, se llama Jean Arthur y llegará a ser el principal poeta de su tiempo. Verlaine emprende la vuelta a casa junto a las dos atormentadas mujeres, pero en el mismo tren ha subido el demonio. En una estación de tránsito bajan juntos del tren y las emprenden de vuelta a Bruselas.

De allí pasarán a Inglaterra, de cuya estadía data el dibujo de Verlaine donde Rimbaud aparece con sombrero, gabán y pipa en una silueta que más parece la de una niña travestida que el de un hombre de 18 años. No es la única imagen donde contrasta el carácter que proyecta su obra y la personalidad que proyecta su historia, con la imagen que se hizo de él, donde se le retrata como un muchacho de rasgo apolíneo, fino y delicado como un muñeco. Así también se aprecia en el famoso “Rincón de mesa” pintado por Fantin-Latour, donde aparece junto a un circunspecto Verlaine que ya empieza a quedar calvo.

En 1873 está escribiendo su obra cumbre: “Una temporada en el infierno”. Y algo parecido es lo que vive. Se conmueve por las cartas de su madre desde París. El bárbaro trotamundos y rompecorazones retoma su convivencia con Verlaine en Londres, pero éste acude a Francia para imponerse de los avances judiciales de la separación, regreso del que se arrepiente, para luego viajar a Bruselas, la ciudad del primer idilio, desde donde envía cartas autocompasivas a su madre, su esposa, la madre de Rimbaud y al propio Rimbaud, victimizándose neuróticamente, amenazando con suicidarse. Está fuera de todo control. Rimbaud acude a verle pero las agresiones mutuas van en aumento, hasta que Verlaine le hiere en la mano de un pistoletazo. El herido más en su orgullo que en su cuerpo lo denuncia y lo hace detener pero luego desiste de presentar cargos. De todos modos el ya destituido parnasiano Verlaine recibe una condena de multa y 2 años de cárcel por disturbios y tenencia ilegal de armas, culpa que purgará con 18 meses de reclusión. Hasta su prisión en Petit-Carmes llegará un ejemplar de “Una temporada en el infierno” que el demonio en persona acaba de publicar con ayuda financiera de su madre. Después de esta temporada en la que debió sentirse como en casa, el “ángel exiliado” ha retomado un proyecto que actuará como caja de resonancia del anterior, retroalimentándolo hasta obtener el tono definitivo. Está escribiendo “Iluminaciones” que corregirá durante el año siguiente, 1874,  concluyendo su existencia para el mundo de las letras, callando para la poesía y dando nacimiento al mito o aún más, como dijera Eduardo Anguita, convirtiéndose en arquetipo. Vivirá 18 años más, que de hecho parecen demasiados para un sujeto que temprano estuvo ya “maduro para la muerte”, un individuo que agota antes de los 20 años todas las dimensiones posibles de una vida a través de la experiencia del lenguaje. Sin embargo tendrá hasta los 37 años la posibilidad de seguir diciendo con su vida lo que antes dijo con su poesía: la piratería, el mercado negro fueron su estadio natural, después de entrar a punta de machete en la historia de la literatura contemporánea. Y su muerte es parte de la misma acción de arte: el cáncer fulminante que lo va liquidando de a poco, la amputación de una pierna poco antes de morir, la corrosión lenta y pausada, a fuego lento, como cumpliendo la orden que asegura le fue dada por Satán al final del primer parágrafo de “Una temporada...”:

Gánate la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales”.

¿Qué fulgor es este que destella a más de 100 años de apagarse su astro con el mismo brillo intacto? ¿Qué tiene este Jean-Arthur que sigue con su encanto malévolo definiendo el itinerario de cualquier poeta que llegue a entender algo de la Poesía, así con mayúscula, que llegue a entender algo de la Poesía en serio, como ejercicio artístico, existencial e incluso metafísico? ¿Quién es este campesino de Charleville que sigue decidiendo vocaciones literarias, empujando a escribir a generaciones enteras, empujando también a equivocarse y a descubrirse en el drama de la propia videncia? ¿Quien es éste que inscribe a perpetuidad su nombre en la historia con, acaso, 50 páginas escritas durante 2 o 3 años?

Varios han intentado responder estas preguntas. Eduardo Anguita, ya se sabe, lo señala como un arquetipo y hace un intento exasperado de apropiación de él a través de una conferencia que se ha publicado bajo el título de “Rimbaud pecador”. Es el esfuerzo de un católico por participar de un milagro que no está al alcance de sus dogmas. Y siendo Anguita un poeta con mucho de vidente a su manera, con un discurso poético cargado de hallazgos trascendentes, de cerrada coherencia formal, al punto en que se diría que no le sobra ni le falta ninguna palabra, que ofrece en, por ejemplo, “Venus en el pudridero” o

“Definición y pérdida de la Persona” o “El poliedro y el mar” un dechado de perfección, hace con Rimbaud un discurso vomitivo, latoso hasta el mareo, con trazos de prédica inquisitorial, tautológico en la autoafirmación más puerilmente desesperada que se pueda imaginar, falaz hasta agotar los modelos conocidos en la técnica de la falacia, fanático hasta la ceguera y la sordera recalcitrante. Infame, en resumen. Diabólico: expresa el afán de transmisión del complejo de culpa como vía de salvación y supone que el recorrido corrosivo del remordimiento afecta el sentido del lenguaje rimbaudiano, reasignando sentidos a sus contenidos a partir de un trastorno de paradigma en el punto de inspiración que les supone. Es un perfecto y siniestro trabajo de escolástica, por cierto. Anguita es el poeta chileno que más lejos llevó el delirio místico y el complejo mesiánico, dándole cotas de alta poesía a conductas y modos de razonamiento que no pasan de ser estados de neurosis, si bien la propia poesía en general y la que venimos conociendo desde el simbolismo en adelante, no dista mucho de este mismo propósito, sólo que actuando como pivote contracultural respecto a la hegemonía judeo-cristiana, y no a su favor. El atinado mote de “místico en estado salvaje” que dedujo Claudel no sólo es atribuible al bello desarrapado de Charleville sino que podría ser perfectamente aplicable a Baudelerie, a Nerval, a Wilde, a Whitman, a Artaud y a varios otros hasta decir basta. Volviendo a Anguita, el caso es que pone a Rimbaud al servicio de aquello que en su prosa poética sobre el fantasmal grupo “David” de poesía dio en llamar “la verdad irredargûible del catolicismo”. “Irredargûible”, horrible y desusada palabra para referir algo sobre lo que no se puede argüir nada en contrario, es decir, un consumado dogma.

Paul Claudel por su parte, incluso prefería poner en duda que el autor de “Barco ebrio” se hubiera “encanallado”, esto es, que hubiera practicado la “sodomía”, entendiendo por tal el sexo homosexual si bien esta odiosa palabra de origen bíblico se usa para referir de modo genérico a toda práctica de penetración anal. Opinaba Claudel que son “interpretaciones exageradas de su amistad con Verlaine”  y pone como prueba de ello que en su última etapa, siendo comerciante en Abisinia, el ex-poeta convivió con una mujer negra. No obstante es cosa sabida que en la sentencia que se le aplica a Verlaine cuando ocurre el incidente del balazo en la mano de Rimbaud, al poeta pistolero se le condena a dos años por “causar lesiones menos graves, por tenencia no autorizada de arma y por practicar la sodomía en forma activa y pasiva”. A Claudel le choca en tal grado la homosexualidad de Rimbaud que la niega con trazos de sub-entendimiento. Pero Anguita no va tan lejos; plantea que este demonio suelto habría fracasado como poeta pero “se salva como hombre” ya que al construir su planteamiento poético desde la desesperación adquiere conciencia del bien y del mal, rompiendo el estado paradisíaco de la ignorancia. Desarrolla esta entelequia durante casi 30 páginas para concluir diciendo:

“¿Quién hacía que mientras él pretendiera poner veneno en sus dibujos, a pesar de y con ese mismo veneno sus dibujos trazaban las más graciosas formas de la belleza?

Obviamente la respuesta tácita de Anguita es N. S. J. C. Hacia el final sentencia con una de sus falacias favoritas, la falsa modestia frente a la verdad iusnaturalista:

La lección fluye sola y yo no tengo derecho a negarla. Parte de ella está constituida por su caída, parte por su despertar. Él había acusado en su Carta del Vidente a los poetas más célebres de ser meros funcionarios y no creadores. Pues bien: ha llegado el momento de desmentirlo. Lo que ha habido a millares han sido creadores, autores, inventores de fantasmagorías. Funcionarios muy pocos: San Mateo, San Marco, San Lucas, San Pablo, San Agustín... Esto es lo que hay que proclamar, ¡la poesía funcionaria! Una poesía al servicio de la Bondad, la Verdad y la Belleza. (...) Tengamos el coraje de sacrificar los cánticos y escribir una humilde, una vigilante poesía funcionaria, de la que muy pocos, como no sean santos, han sido antorchas.

Por suerte, no es contagioso. Mi conclusión es una sola: Anguita es otro enamorado de Rimbaud disparándole un balazo en la mano.

Y no sería en vano el catastro, aunque yo no estoy dispuesto a hacerlo. ¿Cuántos son (seríamos) los viudos de Rimbaud? André Breton escribió:

“Ante nosotros Rimbaud es culpable de no haber hecho imposible cualquier interpretación cristiana de su obra, interpretaciones de tipo Claudel”.

No es gran acusación. Yo digo que Breton es culpable de no haber hecho imposible una interpretación marxista del surrealismo, pero aún así se pone por sobre sus coyunturas y sobre sus miserias contingentes con el macizo de “Nadja”. En lo demás, manifiestos incluidos, se diría que el mejor Breton logra ser como Rimbaud en sus peores momentos. El Gran Pope Breton sabía esta deuda que es a la vez su gran fuerza y su gran debilidad. Por eso dice en ese estilo característico que obliga a leer dos veces a ver si nos quiere explicar algo en serio o se está dejando llevar por la sonoridad de las palabras:

La perfección en la palabra hablada (y en la palabra escrita mucho más) me parecía estar en función de la capacidad de condensar de manera emocionante la exposición (y exposición había) de un corto número de hechos, poéticos o no, que constituían la materia en que centraba mi atención. Había llegado a la convicción de que éste, y no otro, era el procedimiento empleado por Rimbaud.

Dan ganas de preguntar, perdón, ¿cuál sería el procedimiento entonces? Bueno, no importa, está claro: otro más.

El chileno Braulio Arenas traduce “Una Temporada en el Infierno” y en el número 1 de la revista Mandrágora hace una analogía entre “Alquimia del Verbo” y una loa mariana de Pedro Calderón de la Barca, donde se forma con la técnica del acróstico entreverado en el poema la frase “Maria sin pecado”, asignándosele un color a cada letra. No existe ninguna analogía a mi ver, ya que en “Alquimia...” Rimbaud le asigna colores alquímicos a las cinco vocales y Calderón lo hace a todas las letras de su acertijo, eligiendo el color según atributos que le supone a la Virgen María. A estas alturas, Rimbaud da para todo.

Neruda, el gran saqueador, no puede menos que saquear al gran maldito. Cuando concurre en 1971 a recibir el Premio Nobel  frente a la Academia Sueca le llama “el más atroz de los desesperados” y cita las líneas del penúltimo párrafo de la prosa “Adiós”. Luego de citar agrega “Yo creo en esta profecía de Rimbaud, el vidente”. Cuando cita lo hace de este modo: “Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.” El original dice: “Et a l’ aurore, armes d’ une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes” La traducción literal sería “Y a la aurora...” no “al amanecer”. Es importante el comienzo de la frase con el ilativo, ya que más arriba se ha dicho

Sí, la nueva hora es muy severa. Porque puedo decir que he alcanzado la victoria: el rechinar de dientes, los silbidos de fuego, los suspiros apestosos se moderan. (...) ¡Dura noche! El combate espiritual es tan brutal como la batalla de hombres. (...) Sin embargo es la víspera.”

Esto nos da cuenta de que el proceso de comprensión y expresión de la realidad psíquica desarrollada en “Una temporada...” tiene las trazas de un viaje iniciático o de un rito de purificación. Nos está diciendo que ha vencido porque ya divisa su reconciliación con el mundo desde el momento en que ha expiado todas las culpas que le impuso la socialización (el cristianismo castrador) y la pérdida de su pureza bárbara, el desencuentro con sí mismo, que ahora se redime con una especie de visión totalizante, que da cuenta de todos los horrores a la vez que de toda la armonía, desde que trazó su periplo injuriando a la belleza en las primeras líneas del poema. De ahí las interpretaciones religiosas que hay de su obra, ya que esta experiencia de paz interior gracias a la “exaltación de todos los sentidos” es muy parecida a la visión mística o al éxtasis numinoso de sentirse parte integrante del orden cósmico. Sin embargo, lo que la poesía puede ofrecer, en todo caso, no es el proceso mismo sino un registro de él. La poesía al fin y al cabo se hace con palabras, ritmos y sonidos, imágenes quizás, unas cuantas figuras. La técnica de un poeta no es propiciar un éxtasis sino transmitir la tensión o la emoción de él. Lo demás es especulación teológica como la que ofrecen con Rimbaud un Claudel y un Anguita o bien especulación filosófica como la que ofrece la interpretación marxista de su obra, a la que parece sumarse Neruda. Se pueden ver cosas peores, por ejemplo su retrato junto al de Karl Marx unidos por la frase “El eterno retorno”. El ocurrente es otro chileno, Juan Luis Martínez, un legendario poeta sin poemas entre cuyos admiradores no tengo la dicha de estar. Y uno no puede menos que imaginarse al joven Rimbaud preso en un régimen comunista, ya sea en una cárcel o en un hospital psiquiátrico donde enviaban los soviéticos a sus escritores disidentes y máximo con su condición marginal de homosexual adicto a la vagancia. Llegado este punto es inevitable pensar en los últimos versos del poema “Rimbaud” de Gonzalo Rojas, con una leve adaptación a la segunda persona: “... si los viera / una patada les diera, en el hocico”.

Otro paso habría que dar para entrar a su propuesta. ¿Cuál es su propuesta? No está tan claro, pero ha de haber una, y por otro lado, humorísticamente, el desarreglo razonado de los sentidos. O sea ninguna y las otras también. Pero de que el sujeto profetiza, no hay discusión. Dice en la tercera parte de “Mala sangre”:
Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan bien a esos feroces lisiados que regresan de países cálidos.”

Aunque el término “lisiado” se está empleando en el sentido de “disminuido mental” como equivalente de incapaz para las aventuras de la inteligencia o del coraje. Sentidos figurados aparte, es eso precisamente lo que ocurre. Cuando retorna de Abisinia tiene no pocos recursos resultantes del tráfico y el mercadeo de oro, marfil, armas y hasta esclavos, pero han debido amputarle una pierna por un tumor en la rodilla que ya se ha ramificado a todo el cuerpo y pasa sus últimos meses al cuidado de su hermana Isabel, su incondicional de toda la vida. Los versos se cumplen al pie de la letra, casi como parlamentos de un libreto o indicaciones de un guión de cine gorg. Y dice más: “El destino del hijo de familia, ataúd prematuro cubierto de límpidas lágrimas.” El mismo tópico. Tal parece que está llamando a alguna buena excusa para morir, entendiendo como Hölderlin que “el amado de los Dioses muere joven” y aspirando naturalmente a ser amado por ellos. Pero llegan tan lejos los dados que ha tirado, que profetiza su plazo en acto de clarividencia espontánea. Cuando comienza a cerrar su discurso en el pasaje “El relámpago” dice “¡Y después qué!... andar mis veinte años, si es que los otros duran 20 años”. Y por poco los otros no alcanzaron a durar tanto, los otros que viven en uno, el mundo que existe –maestro Shopenhauer- sólo mientras uno lo contempla. Tras escribir esas líneas viviría casi 20, de hecho 18 años más.

Se interesa por la alquimia algo más que como una metáfora de la combinación aleatoria de sonidos y sentidos a través de la poesía. Entiende que toda la poesía que haga antes de callar para siempre debe ser la conquista de su piedra filosofal. La alquimia, es el correlato feliz entre la transmutación de los metales y la “reforma interior” de alcances puramente espirituales o psíquicos. Para ello los alquimistas han diseñado un método de laboratorio (lab-oratorio, “ora et labora”, el lugar donde se labora orando) para pulir su piedra bruta y hacer de ella un diamante. La materia va pasando por estados físicos de metamorfosis que son a la vez estados alterados de conciencia. Se ayuda el artista alquímico con sustancias alucinógenas y con la compañía misteriosa de una asistente que registra los avances en silencio, la soror mística. Los niveles o etapas o estadios de manifestación del opus alquímica son: putrefacción-recogimiento, disolución-sublimación, purificación-resurrección. A estos binomios corresponden  Nigredo (negro), Albedo (blanco) y Rubedo (rojo). Estos tres niveles tienen asociadas otras figuras heráldicas: un bestiario, una escala mineral y una escala cromática intermedia. Los colores que tradicionalmente simbolizan la alquimia son aquellos que más tiempo se fijan en la materia, de suerte que resulta una secuencia tal como la descrita por Rimbaud en “Alquimia del Verbo”:

“Yo inventé el color de las vocales: A negro, E blanco, I rojo, O azul, U verde. Escribía los silencios, las noches, anotaba lo inefable y fijaba los vértigos”.

Los dos colores que le agrega Rimbaud dicen relación con la teoría cromática de Goethe. Éste señala que los tonos del espectro son mutantes y efímeros según cómo sea estimulada la sustancia, que equivale a decir, según en qué dirección sea empujado el proceso. Rimbaud parece oscilar mayormente entre la A y la I, entre el negro y el rojo. La sombra y la sangre, la videncia y la ceguera. El rojinegro son además los colores sintetizados de la revolución francesa, cuyos emblemas son E, I, O; el blanco, azul y rojo que son a la vez la consigna masónica de “igualdad, libertad y fraternidad”, divisa preservada (no honrada) a través de los colores emblemáticos de todas las revoluciones que se extienden por el mundo desde fines del siglo XVIII como una enseña de filiación logística inconfundible.

Óleo de Fantin Latour


Rimbaud cree claramente en la superioridad de unas razas sobre otras. Está seguro que la suya está entre las inferiores. Pero en su racismo no hay tanto una visión étnica como cultural. En “Mala sangre” está la clave de todo. Un malasangre es un odioso, un buscapleitos, un rebelde zarrapastroso. Pero es además en elocuente polisemia, un individuo descastado, bastardo, mestizo malavenido. Un crápula en definitiva, o mejor dicho, un canalla, como se señala él mismo insistentemente. Pero hay que distinguir: dice que de sus antepasados galos tiene aparte de los ojos celestes, la sesera estrecha y la torpeza en la lucha, la idolatría y el amor al sacrilegio, todos los vicios, la mentira y la pereza. Dice que su raza “nunca se sublevó sino para saquear como los lobos al animal que no han matado”. ¿Por qué esta imagen tan sombría de la antigua raza de las Galias, segunda Numancia que hizo temblar al Imperio del César por su capacidad combativa y su autodeterminación? Los galos, descendientes de una colonia celta de cultos panteístas y rica mitología, hombres dados al trato directo con la muerte, como sus parientes lejanos, los germanos, dados a alcanzar el éxtasis en la preparación física, la destreza en el uso de las armas, las habilidades en la herrería, que en la guerra entran en trance de ferocidad. ¿Qué pasó con ellos que el implacable Rimbaud les dedica tanto desprecio? La respuesta esta vez es menos esquiva: fueron dóciles a la infiltración del cristianismo, el que suplantó con facilidad sus cultos paganos en una suerte de gran comedia de plagios orquestada por el emperador Constantino hasta sus más mínimos detalles y que pone la nación al servicio de la Iglesia, cuya máxima decantación histórica es la Francia de las cruzadas. Por eso Rimbaud siente que “el enternecimiento por el crucificado despierta en mí entre mil hechicerías profanas”. De la mano del cristianismo llega una nueva civilización y la vieja cultura de los druidas galos se corrompe y degenera para siempre. Pasan a practicar la misa con sacrificios humanos y beben sangre durante la comunión. Y el malasangre exclama:

Nunca acabaría de verme en ese pasado. Pero siempre solo, incluso sin familia, ¿qué lengua hablaba? Nunca me veo en los consejos de Cristo, ni en los consejos de los señores representantes de Cristo. Hasta hoy no me he reencontrado. Ya no hay vagabundos, nada de guerras vagas. La raza inferior lo ha cubierto todo – el pueblo, como dicen, la razón; la nación y la ciencia.”

Pero luego delata su esperanza: “¡La sangre pagana vuelve! El espíritu está cerca!” ¿Cómo? Parece muy simple, incorporándose a la región más innoble del pensamiento, desde cuyas barricadas se divisa la descomposición del mundo, el caos, el crimen, el vicio, el colapso de la vida burguesa y su sistema. Entonces se ve encumbrado a una condición luciférica, omnisapiente, poderosa y potente a la vez, angelical al tiempo que perversa. Es el don de la videncia:

 En las ciudades el barro me parecía de repente rojo y negro, como un espejo cuando la lámpara circula en la habitación contigua ¡como un tesoro en el bosque! Buena suerte, gritaba yo, y veía un mar de llamas y de humo en el cielo; y a izquierda, a derecha, todas las riquezas llameando como un millón de truenos.”

Es la visión del rebelde que ha sido condenado a muerte y en su agonía pierde el juicio por la angustia, la visión prometeica, mesiánica primordial; es el viejo héroe galo dueño del conocimiento más allá de los cinco sentidos suplantado por el Cristo del pecado original. Es el mismo juicio del Nietzche de “Genealogía de la moral”. En el fondo de todo hombre subyace el bárbaro sometido, pero no en la barbarie del salvajismo destructor o en el entendimiento de barbarie como lo extraño o lo sospechoso; el que tira bajo la superficie a la raíz de la plenitud es el celebrante de la naturaleza, es el aliado del cosmos que oficia en el templo de su cuerpo el rito del éxtasis, el sexo, la alucinación, la violencia creadora, la imaginación rebosando su fuente psíquica para bañar al hombre libre que hechiza al mundo con su paroxismo y lo hace su aliado, su comparsa en una danza de encantamiento. Rimbaud reclama al que duerme bajo su sangre el letargo de un orden mutilado. Es el llamado de un jefe de tribu, el que detenta un poder “más allá del bien y del mal”, que fustiga lo “humano, demasiado humano”. Porque Rimbaud es puro Nietzche desprovisto del propósito didáctico, imbuido de un único propósito estético, porque tal como dice el filósofo de Leipzig:

“...el arte -y no la moral - es presentado como la actividad propiamente metafísica del hombre;...sólo como fenómeno estético está justificada la existencia del mundo.” (Prefacio a “Origen de la Tragedia”).

Nietsche, nunca Marx; Nietzche a manos llenas. Por eso su suerte está echada:

Me veía ante una muchedumbre exasperada, frente al pelotón de ejecución, llorando la desgracia de que no hayan podido comprender ¡y perdonando! ¡como Juana de Arco!

La semblanza con la mística y jefa militar de la resistencia gala más cercana en el tiempo, la que inaugura en cierto modo la Francia moderna, no es arbitraria. La disputa es entre dos colores, como en una batalla de ajedrez, entre las dos caras de un ídolo de piedra que por un lado representa la pureza racional de lo diurno y por el otro el desafío irracional del conocimiento en los misterios nocturnos. La batalla es entre el negro luciférico y el blanco jehovítico.

Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una bestia, un negro. (...) ¿Conozco todavía la naturaleza? ¿Me conozco? Basta de palabras. Sepulto a los muertos en mi vientre. ¡Gritos, tambores, danza, danza, danza! No veo siquiera la hora en que al desembarcar los blancos, caeré en la nada! ¡Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza!”

Y se impuso dar testimonio de esta lucha con su propia vida. De allí que profetice su “ataúd prematuro”. Cómo no va a ser tal, si “Los blancos desembarcan. ¡El cañón! Hay que someterse al bautismo, vestirse, trabajar!”  Entonces se ilumina de la mano de la ironía esta crítica histórica tamizada con su drama personal como hijo de una cultura trunca. Ha dicho “J’attends Dieu avec gourmandise”, la hermosa frase que tanto encantara a Anguita, el que traduce “Espero a Dios golosamente”. Mauro Armiño en su traducción para la Colección Austral traduce “Espero a Dios con gula” al igual que Raúl G. Aguirre en Biblioteca Básica Universal. Luego ambos coinciden también en que dice “Soy de raza inferior desde toda la eternidad”. Todo cobra sentido en el doble. No hay que olvidar que “Yo es otro”. Entonces está el que desprecia el presente adormecido, sedado, vencido de su raza cristianizada, pero proclama y admira su pasado primigenio de raíz pagana, de culto bélico y panteísta. Más o menos como todo patriota respecto de su raza en cuánto nación y cultura. Justo aquellos a quienes la sociedad y la convención oficial pasan por apátridas. Finalmente el vidente castiga al cristianismo con el arma definitiva: la indiferencia, la separación rotunda de sus destinos y lanza otra profecía:

Mi jornada ha terminado. Abandono Europa. El aire marino quemará mis pulmones; los climas perdidos me curtirán. Nadar, machacar la hierba, cazar, fumar sobre todo; beber licores fuertes como metal hirviente – como hacían aquellos queridos antepasados alrededor de las hogueras.

Está trazando su nueva vida, y lo hace exactamente a los 18 de los 37 años que le tocaría vivir para completar el periplo. Habrá dicho como Dante: “En medio del camino de la vida / errante me encontré por selva oscura / en que la recta senda era perdida. / ¡Tan amarga es, que es poco más la muerte!”. Al sellar así su nuevo destino, su segundo bautismo pagano, dirá en el poema “Adiós” que es también su renuncia a la poesía (aunque siguió corrigiendo “Iluminaciones” hasta 1874):

Y me será permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo”.

Cada cual lleva su Rimbaud “como un carozo lleva su semilla” (Rilke dixit), como una voz interior, como un genio encerrado en un cuenco. Las primeras líneas de “Una temporada...” son ya los primeros compases de una sinfonía íntima tantas veces escuchada que su melodía suena como un eco fijo en la memoria:

Antaño, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones, donde corrían todos los vinos. Una noche senté a la belleza en mis rodillas – y la encontré amarga – y la injurié. Tomé las armas contra la justicia. Huí. ¡Oh brujas, oh miserias, oh rencor, a vosotros he confiado mi tesoro!”.

Es curioso, sin ser un francoparlante el oído en alerta detecta y autoriza las formas traducidas que convienen al texto y uno termina armando la suya propia como un rompecabezas. De este mismo trozo me han tocado ver las que dicen “Oh brujas, oh miserias, oh rencor” como en Raúl Aguirre. Mauro Armiño en cambio dice “Oh brujas, oh miseria, oh saña...” obligándose a completar con “a vosotras he confiado” con lo que declara una preferencia por el signo femenino que esperará al “tesoro”. Estamos más de acuerdo con el primero. Y aún se puede ver en Anguita: “Oh hechiceras, oh miserias, oh odio”. La aliteración desmerece por completo al ritmo, donde la tendencia natural al apóstrofe se aspira una sílaba. No lo compartimos en absoluto. Veamos como suena en el original: « Ö sorciéres, ö misére, ö haine, c’ est á vous que mon trésor été confié! ». Ahí estaría la solución auditiva.

En cambio para los versículos: “Pero estando hace muy poco a punto de soltar el último cuac, [couac] pensé buscar la llave del antiguo festín, donde acaso recobraría el apetito”, nos quedamos con esa traducción (Mauro Armiño) y no con la de Raúl Aguirre: “... a punto de lanzar el último gallo...” Está usando “gallo” en el sentido de tono destemplado que accidenta la voz, pero pierde eficacia. En cambio el primero respeta la onomatopeya del graznido de un pato que figura en el original aunque se advierte que en la expresión “couac” estaría implícita tanto la idea de exhalar el último suspiro como la de romper la voz con una nota falsa, lo cual podría estar indicando la experiencia de haberse visto amenazado por una muerte estúpida, que cronológicamente coincide con el incidente del pistoletazo de Verlaine. Entonces también puede verse como una autoironía al aludir esa nota falsa como un chillido histérico que quiebra la voz de un amante invertido o travestido ante una agresión, al igual que en el pasaje en que dice “¡Menuda solterona estoy volviéndome por falta de coraje para amar la muerte!”.

Por mi parte le envidio algunas frases. Ya me hubiera querido yo ser autor de líneas como:
“... ‘seguirás siendo hiena’ clama el demonio que me coronó con tan amables amapolas.” [pavots al final, lo que algunos traducen como adormideras. Es equivalente, pero enfatiza más la condición alucinógena de esta planta.]
“...arranco estas pocas hojas horribles de mi cuaderno de condenado.”
Apreciemos sin vértigo la extensión de mi inocencia
Por la mañana yo tenía la mirada tan perdida y el aspecto tan difunto, que aquellos con quienes me encontré, quizá no me vieron.”
Risas de niños, discreción de esclavos, austeridad de vírgenes, horror por las figuras y los objetos de aquí. ¡Sacrosantos seáis por el recuerdo de esta vigilia! Empezaba con la mayor zafiedad y concluye por ángeles de llama y de hielo”.

Y otra que me encantaría plagiar, me niega a la vez la entrada en estos dominios: “Sólo yo poseo la clave de estos desfiles salvajes”.

Del film "Eclipse total"
Jean-Arthur Rimbaud, ídolo de granito en las mazmorras de la conciencia embestida por las olas de la razón; ángel delator; voz de la herejía que reclama la inteligencia; melodía que susurra la belleza escupida. Uno no querría jamás tener todas las respuestas. Dejémoslo así: niño prodigio frívolo, consentido, eximio, perverso. Porque estamos ciertos que la renuncia fue el punto más álgido de su poesía activa, gesto de hiperlucidez, dilación en el misterio como prolongación del clímax del placer o del dolor hasta ver sacudida el alma más allá del cuerpo como quien desentierra un arcón con el mensaje de un dios proscrito y encadenado. Nos gasta una broma que cambia el curso de la expresión literaria, se suplanta a sí mismo, nos esconde la clave. El malasangre, muy a su pesar, nos ha obligado a ser más atentos, menos cómodos. ¿Ser mejores?


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El film "Eclipse total" se puede descargar en el siguiente enlace:


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 ©Leonidas Rubio, 2013




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