viernes, 31 de mayo de 2013

DISCURSO DE RECEPCIÓN DEL PREMIO NACIONAL DE POESÍA EDUARDO ANGUITA





Poetas y escritores presentes; amigos de la poesía; público presente; autoridades de la comuna:


Cito a Eduardo Anguita:


“En la gran casa vacía hay luz, una luz vacía, dura, de una irritante serenidad.
En la casa no hay ruidos. Usted puede mirar por los pasillos, por las escaleras,
Por las ventanas que se ven tan lejos del cielo blanco de la tarde.
Pero el viento pasa y no pasa.
Entonces, uno se da cuenta que, más que luz, más que aire, más que muebles, lo que hay es
La palabra HAY.
Hasta uno entra en la palabra hay, con una claridad que daría miedo si uno existiera.”


Así comienza su poema Definición y Pérdida de la Persona el poeta nacido en 1914 en Yerbas Buenas, provincia de Linares, con líneas de arquitectura metafísica y mirada de sospecha sobre la dudosa ubicación del ser, donde el sujeto existe menos que el lugar en que se inscribe y, no obstante, percibe una identidad en ese conjunto de impulsos que llamamos “persona”. Donde termina esa intuición de identidad empiezan los “otros”. La palabra instala a la persona, la determina y la diferencia, pero en la búsqueda de un punto de origen termina perdiéndola. Y si bien para Anguita la definición conducía a la disolución, la persona puede salvarse en esa permanencia de la palabra. Para el filósofo alemán Martin Heidegger, que sin duda fue pertinente a Anguita, la palabra es “la casa del ser”, donde no somos posibles sin la mediación de ese instrumento que pone sonido al signo y música a la idea. Allí radica el riesgo de la palabra: en su don creador de mundo, en su capacidad germinativa de sentidos. La palabra deviene en trampa desde el momento en que configuramos nuestras relaciones a partir de ella y, con frecuencia, a consecuencia de ella. Aquí aparece la poesía como herramienta transformadora de la realidad, por su poder restablecedor de sentidos primigenios. En esa trama de objetos y seres que aparecen como “otros”, es decir, que nos hacen posible una percepción de identidad en función de no reconocernos en ellos, comienza el arduo proceso de encubrimiento de la persona. La asignación de roles que nos hace infelices desde la infancia va construyendo capas en torno a la conciencia y se hace cada vez menos visible el atributo genuino que veníamos a proponer, ese precioso ensayo de la naturaleza que es cada individuo. Todo este desastre se hace con la intervención de la palabra que antecede y modela las conductas. No es raro que alguna vez, en un ya remoto comienzo del siglo XX, un movimiento de creadores se haya propuesto renunciar a la palabra que sea incapaz de volverse acción, en un afán de dar a la poesía una dimensión corporal y gestual, más allá del hecho verbal, que involucre el espacio físico y comprometa integralmente al sujeto que la emite. Este propósito persiste hasta nuestros días. La palabra se reproduce a sí misma y se sobredimensiona en los hábitos sociales, creando más y más trampas de conductas a la manera de objetos que colapsan el espacio en esa “casa del ser” que visualizaba Anguita -con la asistencia de Heidegger- en su proverbial poema. La poesía tiene ese poder creativo-destructivo allí donde el terreno del lenguaje es un campo minado de accidentes que degradan el Ser. La poesía es así también palabra para el silencio: al igual que en la música, el ritmo de los símbolos se van enunciando en asistencia mutua y detonan el sentido en el acto solitario de la lectura, que es siempre monólogo ritual. El monólogo de la lectura deviene en diálogo de personas fragmentarias convocadas en la mente a partir de los símbolos. Las concordancias olvidadas se restablecen, las orillas de la herida vuelven a hacer contacto, la cicatriz sana.

Pero es un lujo que me permita esta reflexión en un contexto de país donde todo y todos parecen declararse la guerra a muerte a la primera insignificancia. La palabra esquizoide, automatizada, separada de la acción e incluso de la idea, es capaz de crear climas de convivencia polarizados e inhabitables, donde no cabe el silencio que asigne el ritmo natural al lenguaje. Ya no habrá música sino estridencia y griterío. Estadísticas abusadas y retocadas según la conveniencia, mesianismos y acusaciones basadas en hechos cuya responsabilidad compartida nadie parece dispuesto a aceptar. El lenguaje publicitario y el noticioso, donde -por ejemplo- “alunizar” ya no es aterrizar en la luna sino un acto delictual, van degradando las significaciones. Desde esta sencilla tribuna hago un llamado a cuidar de la palabra como si fuera un recurso no renovable en vías de agotamiento. Las redundancias confrontacionales del debate proselitista, el espectáculo insustancial y las nuevas manías apocalípticas, son el lenguaje de la neurosis colectiva, de la palabra negada por el hábito, la costumbre que suplantó a la idea. No es extraño que esto ocurra en un país donde el acto de adquirir un libro es castigado con el impuesto más alto del continente y el segundo más alto del mundo. Pero seamos francos, en los países donde hay impuesto nulo o muy bajo al libro también predomina el fácil lenguaje de la confrontación, en muchos casos totalitaria. Aún así no hay excusa razonable que justifique este castigo al lector en Chile. Esta tribuna sirva también para hacer un resuelto reclamo por la derogación de la usura al libro en nombre de la libertad de expresión, en nombre de la imaginación, en nombre de la inteligencia.

En lo personal, como poeta, asumo la bancarrota absoluta de las palabras civiles que alguna vez fueron paradigma. La palabra justicia pertenece a una lengua muerta desde que en su nombre se levantaron muros, cortinas de hierro, campos de concentración, islas prisiones. Habrá que inventar nuevas palabras para recuperar los significados huérfanos. La poesía misma es una lengua muerta, un dialecto perdido. Mi poesía se propone esa desprogramación crítica. La poesía está llamada a producir un contra-aprendizaje, una contra-cultura, allí donde los lenguajes de la costumbre están obsoletos. Por eso llamé “Malas costumbres” al manojo de poemas que un jurado de pares distinguió con este premio cuyo nombre me honra. Por vecindad con la mala fama y la mala muerte, rumoreada por las malas lenguas y las malas conciencias ya que la excede la crueldad de las “buenas”; deteniéndose en signos arquetípicos, energías primordiales, sexualidades desordenadas, deseos no canonizados, las historias más incómodas, menos correctas, menos visibles. Anguita hablaba de “vaciar la realidad” para habitarla como a una nueva casa. Si no lo hace la poesía, nada lo hará.

Finalmente leeré un texto de “Malas costumbres”:

 
DETALLES AL MARGEN DE LA MUERTE DE SÓCRATES


Yo tuve un maestro.
Entre el sol y la arena estaba su copa,
en el celaje y su anuncio de llovizna;
entre el punto donde la ola nace y donde se dispersa.
Era rústico y antiguo, aún desde antes de ser joven.
Yo mismo era joven a veces
pero él siempre sabía donde estaban mis temores
y no aspiramos más que a mortalidades.
No era temible con la espada ni con la jabalina
pero los otros odiaban en él su temor de sí mismos.
Y él se defendió aunque pudo no hacerlo:
Si decís que corrompo a la juventud, dónde están ahora
esos jóvenes corrompidos acusándome?
Yo tuve un maestro
cuando nadie regalaba nada.
Estar y no estar eran dos vientos ligeros,
no contrarios, el agua bajaba por sus barbas
hasta mis preguntas.
Yo tuve un maestro
que descreían los hechores ampulosos
al ver las ruedas pequeñas que llegan más lejos
y envidiaban su voz alfa,
sus testículos de arcilla,
sus pupilas de azogue enunciativo
y su desprecio absoluto por el ruido de monedas.
Yo tuve un maestro
en otros mundos, otras aldeas de mis tardes.
No me pregunten si está muerto.
No pido más ni diré su nombre.


***

Muchas Gracias.

Leonidas Rubio
 30 de mayo de 2013








martes, 28 de mayo de 2013

NO QUIERAS ESE SUEÑO

de MALAS COSTUMBRES, Mosquito Ed. 2013








Entre la quinta y sexta pluma
hay un color que no entiendo.
Peligra si no es visto
por ese niño que duerme, mengua
como una vieja palabra que no es dicha
o una llama que fue roja y ya es azul
y su figura preserva su domingo secreto
en un ave que no vuela: florece.


Entre la quinta y sexta pluma
está la semilla de su especie.
El niño teme lo que pueda ocurrir en su sueño
mientras él está despierto.
Corre descalzo sobre el agua
itifálico y puro. El agua lo retiene.
Quiere estar loco para ser libre
pero todos lo conocen en la calle
y lo traen de regreso a casa
aunque se cambie de nombre.

Repite la posición sobre la almohada
pero el color no vuelve.
Las aves que no existen
cambian con cada movimiento.
El niño les dice “volveré”
con su voz de otro mundo
pero ellas ya son de otro.




viernes, 24 de mayo de 2013

RÉPLICAS AL SUICIDIO DE DOMINIQUE VENNER






El reciente 21 de mayo alrededor de las 4 de la tarde (hora local), el ultraderechista opinólogo y prolífico ensayista francés Dominique Venner se ha suicidado en un aparatoso episodio de apariencias rituales perpetrado en la Catedral de Notre Dame de París ante unos 1.500 asistentes. Llevaba al menos un mes en frontal campaña contra la aprobación en Francia de la ley de matrimonio igualitario, es decir matrimonio entre personas del mismo sexo. Había dicho que contra tal “infamia” hacían falta “nuevos gestos, espectaculares y simbólicos, para sacudir las somnolencias”. Por la mañana de ese día dejó en su blog personal algunas declaraciones, entre las que destaca, a mi juicio, la siguiente: "Bajo su forma voluntaria ilustrada por los samurais y los antiguos romanos, la muerte puede constituir la más fuerte protesta contra una indignidad, así como una provocación de la esperanza".



Cabe replicar brevemente a esas expresiones en la medida en que aluden de algún modo a la literatura, y en general es observable que los discursos de la ultraderecha moderna están altamente dotados de cargas simbolistas y figuras retóricas que conciernen inevitablemente a la poesía.

En primer lugar el occiso Venner alude al sepukku, también conocido como harakiri o suicidio de los samurais. En efecto el sepukku puede ser cometido, según el código samurai, por algunas de las siguientes razones:

- vengar a un amigo
- purgar una falta
- evitar una deshonra
- ejemplarizar a un discípulo
- evitar una segura derrota

Y. Mishima

El suicidio ritual estilo samurai más reciente en nuestra época contemporánea no proviene de la tradición samurai ortodoxa ni de la política, sino precisamente de la literatura. En efecto, un auténtico suicidio ritual samurai fue el cometido por Yukio Mishima en 1970 con el fin de llamar a la oficialidad joven del ejército japonés a un levantamiento contra el rumbo económico y cultural de Japón posterior a la II Guerra y la reposición del Emperador a la cabeza del Estado. En forma somera, podría decirse que los principios políticos que animaban a Mishima también eran tradicionalistas y de extrema derecha. Lo que no es discutible es la homosexualidad de Mishima, la que hizo expresa a través de al menos dos de sus libros, en particular “Confesiones de una máscara”, donde el hablante-narrador relata una experiencia de encubrimiento doloroso de la homosexualidad y un afán de exaltar y liberar la sensibilidad y el deseo homosexual. Mishima hizo un culto permanente del cuerpo masculino y realizó fotografía de estética homoerótica, entre las que destaca su performance sobre el tema de San Sebastián, del que además hizo una bellísima página -en el citado libro- sobre su primera masturbación observando una enciclopedia de pintura universal donde cedió al autoerotismo viendo la conocida imagen de Guido Reni. Por lo demás el San Sebastián es un ícono gay inconfundible de la cultura popular. Consigno estos detalles a partir de la alusión al tópico samurai que hizo Venner, a fin de poner en evidencia que esta clase de códigos pueden ser leídos o interpretados desde todo ángulo de la cultura y no existe sobre estas percepciones una especie de reserva patrimonial de los activistas anti-derechos de minorías sexuales. Pero la contradicción es flagrante y no deja de sorprender cuando es posible ver a estas corrientes ideológicas intentando blindar sus posturas con las ideas de Mishima, cuestión que más allá de la alusión al tema del seppuku samurai, se hace evidente en la página española de misceláneas ultraderechistas llamada El Manifiesto (.com) que en su post de ayer hace un homenaje a Venner encabezado con la siguiente cita de Mishima: “Será, entonces, que pertenezco a los cielos? ¿Por qué, si no, persistirían los cielos en clavar en mí su azul mirada, instándome, y a mi mente, a subir cada vez más, a penetrar en la bóveda celeste, tirando de mí sin cesar hacia unas alturas muy por encima de los humanos.”. El fragmento está tomado del ensayo fundamental del autor japonés, “El sol y el acero” donde precisamente desarrolla el tema del sacrificio como forma de conservar la belleza, asociando ésta con la virtud y el idealismo propio de la juventud. El culto a lo masculino estaba consagrado por el ejercicio y el afán de convertir al cuerpo en obra de arte. Inspirado en tales ideas formó la Sociedad del Escudo, movimiento de élite integrado sólo por jóvenes, donde al escritor le cupo ser guía y maestro. En este movimiento Mishima canalizó dos elementos claramente discernibles de su cosmovisión:
Y. Mishima
(1) el ideal de vida y pensamiento helénico y (2) la tradición ritual del antiguo código samurai. Con ello cifra otra paradoja de estas corrientes: tradicionalista oriental y occidentalista al mismo tiempo. De su organización paramilitar saldrán sus predilectos discípulos. A uno de ellos tocó completar el ritual suicida del seppuku en calidad de asistente o kaishaku-nin, el que debe aliviar el dolor del inmolado propinándole la decapitación. Pero el destinado a esta tarea fue en principio el joven Morita, al que se da por cierto que era su amante y tan amado que tuvo el extraño privilegio de acompañar al maestro en la determinación final. Morita fracasa en el intento por no aplicar la debida fuerza en la brutal tarea (se dice que asesta 3 golpes fallidos sin consumar la decapitación), la que debió ser completada por otro con la pareja que así se consagra unida en el ritual heroico. El asistente definitivo fue Furu-Koga, quien luego de la doble ejecución, según dice el relato a estas alturas ya legendario, se inclinó ante las cabezas de sus camaradas muertos y rompió a llorar como un niño. Tal el sacrificio samurai. De manera que Venner no lo ha practicado en rigor, por no observar ni las mínimas facturas de esta práctica por más que las haya invocado. Por otra parte, incluso si Mishima era de ultra derecha como muchos interpretan, ya vemos que se puede sostener estas ideas y a la vez ser abiertamente homosexual. También cabe mencionar que, en esto de las palabras, siempre nos quedaremos cortos si no hilamos fino, porque ser de ultraderecha no siempre coincide con ser católico o conservador. De partida la ultraderecha intelectual contemporánea ha impulsado un rescate de las tradiciones paganas, así como de los ritos y mitos propios del folklore y las culturas locales, afines al nacionalismo y al pensamiento arcaico. En Chile es el caso de Miguel Serrano y el círculo intelectual ligado a la Revista Ciudad de Los Césares, cuyas posturas políticas contra el capitalismo global y la destrucción ambiental son lejos más frontales que las sostenidas por cualquier izquierda contemporánea. No obstante en materia de libertad de expresión y de conductas de minorías sexuales, parece haber un irracional y transversal odio que no conoce fronteras ideológicas. Por cierto que los ultraderechistas podrían encontrar perfectamente un pivote moral en los argumentos dados, por ejemplo, por Fidel Castro en los años 60 para justificar los campos de concentración y la llamada ley de “conducta impropia” para “rectificar conductas sexuales” en la isla. 

 
Adriano sostiene a Antínoo; Arte Médicis, Florencia
Pero sigamos con Venner. La segunda alusión que el suicida hizo en su peripatética proclama final, es a la moral de “los antiguos romanos”. No hace falta extenderse sobre la contradicción de este punto. Baste recordar al más insigne emperador de la Pax Romana, Plubio Adriano, y su relación mejor que matrimonial con el joven Antínoo al que llegó a convertir en figura de culto. Por no decir adicionalmente que los más admirados filósofos, estadistas y artistas de la cultura occidental en la que dice inspirarse la ultraderecha, desde Platón a Da Vinci, fueron homosexuales y son la esencia de lo que podríamos llamar el pensamiento greco-latino. En la antigua Roma, particularmente durante el período helénico, la conducta homosexual fue parte de la cultura y las instituciones romanas de un modo similar a como lo fue en la Grecia clásica, con predominio de la relación maestro-discípulo que abarcaba la educación, la conducción moral y la iniciación sexual de los jóvenes, con exaltación y culto a la masculinidad como ideal de belleza y virtud.

Entre otras falacias proféticas de Venner cabe mencionar aquella de que “dentro de 15 años los musulmanes tendrán el poder en Francia y eliminarán esa ley ya que el rechazo al matrimonio homosexual es el único punto en común entre la tradición europea (que respeta a la mujer) y el islam (que no la respeta).”. En efecto una de las obsesiones del pretendido mártir era la expansión del islamismo en Europa y Francia en especial, a las que consideraba en proceso de colapso inminente por las “hordas salvajes venidas del Sur”. Venner creía en la superioridad racial y cultural de Europa, por cierto, no a la manera de una preferencia o identificación legítima sino con visos de vulgar racismo chovinista. De hecho Venner fue miembro de una organización paramilitar ilegal que cometía atentados terroristas durante la guerra de independencia de Argelia y consideró el fin del colonialismo francés como una renuncia a valores supremos de su nación. Sobre el aserto citado más arriba caben dos observaciones:

1.- No existe ninguna relación entre el “respeto a la mujer” y los derechos de las minorías sexuales. El matrimonio igualitario homoparental no quita espacio a los matrimonios heterosexuales porque quienes contraen el primero nunca contraerán el segundo. Por otra parte es bastante poco discernible qué se está queriendo inferir con la expresión “respeto” a la mujer dentro de un código de ideas que tiene por máximo valor el sentido de autoridad, el culto a la violencia y la ostentación de la familia jerárquica basada en roles biológicos definidos por la procreación.

2.- Llegue o no a cumplirse la profecía de Venner sobre la expansión musulmana en Francia, no es dable saber qué corriente dentro del amplio horizonte cultural del islamismo sería la que llegue a predominar. Existen pensadores islámicos como el catalán Abdennur Prado que consideran la persecución de la homosexualidad en países islámicos como resultado de una influencia cultural de Occidente y recuerda que en algunos países árabes la penalización de esta conducta es posterior a los años 70, siendo resultado de la polarización de las sociedades musulmanas producto del conflicto étnico, cultural y económico entre las potencias Occidentales y los países árabes.
Sha con paje; Riza Abbasi, Persia, Sig. XIV

A lo anterior hay que sumar que la conducta homosexual con todas sus connotaciones naturales sobre enfoques del placer y la emotividad o incluso la estética, son parte de la cultura islámica de data inmemorial. Está presente en Las mil y una noches así como en la poesía de Omar Kayam y Abu Nawas, este último dedicado exclusivamente al culto lírico de “el amor entre muchachos”. Y baste recordar que la tradición hispánica consideró los países del norte de África, los territorios islámicos del llamado Magreb, como paraísos de la libertad homosexual durante siglos, en contraposición a la represiva sociedad cristiano-europea.


Se podría abundar mucho más en consideraciones pero sería agotador ya que las falacias del discurso de Venner son innumerables. Estas posturas podrían no ser nocivas en sí mismas ya que están inscritas en el marco de la libertad de expresión y al igual que las posturas de extrema izquierda se ven a sí mismas como quijotadas, se identifican con la seductora consigna de lo “políticamente incorrecto” y se victimizan frente a la consagración de las libertades públicas en la sociedad moderna. También son minoría, también son reflejo de la diversidad humana y también son expresiones del poder figurativo simbólico ilimitado que puede tener la mente y el uso de la palabra. No obstante son ideas que revisten la ambición del poder político y presumen del ideal de pensamiento-acción. Suelen devenir en parodias del discurso religioso y apologías del martirologio. En esa medida buscan la elocuencia retórica para inducir convicciones masivas, pero están destinadas a desgastarse y fenecer por la persuasión, ante el hecho imbatible de la búsqueda de felicidad de los seres humanos, búsqueda incompatible con los dogmas. Se ha dado por repetir que Venner era una mente brillante y un escritor incansable. No lo era menos un Roger Peyrefitte o una Marguerite Yourcenar y nadie puede decir que las conductas y opiniones de aquéllos hayan sido fáciles o “políticamente correctas”. De hecho ante ellos la “incansable” escritura de Venner es un pálido remedo de cursilerías, clichés y tremendismos decadentes, aunque ¡cuidado!, decadentistas eran también los simbolistas y parnasianos franceses y su movimiento llegó a ser revolucionario de tan reaccionario, así como a la inversa, Napoleón llegó a serlo por caminos distintos.
M. Yourcenar
R. Peyrefitte

La historia como decía Borges, también puede ser mirada como una ficción literaria basada en hechos reales. O bien podemos decir con Nietzsche que “no existen los hechos, sólo las interpretaciones”. Si no existe el factor ideológico la historia y la literatura podrían ser meras estadísticas y compendios de efemérides. Pero incluso ese factor ideológico intervendría en la conservación selectiva de hitos. De entre estos caprichos se justifica la práctica literaria que tenga como fin la libertad integral del ser humano. Las otras quedan en el inventario universal de pequeñeces y grandilocuencias inútiles, como en poco tiempo lo será la “obra” de Dominique Venner.



© Leonidas Rubio, 2013

domingo, 5 de mayo de 2013

DOS CANCIONES INGLESAS


Traducción: L. Rubio




FLOW, MY TEARS (Fluyan, mis lágrimas)
John Dowland (Irlanda, 1562- Inglaterra,1626)




Fluyan mis lágrimas, caídas de sus manantiales.
Exiliado para siempre, dejadme llorar;
donde el pájaro negro de la noche canta su infamia
permitidme que viva olvidado.

Apagaos, oh vanas luces, no brilléis más.
No hay noche lo bastante oscura para aquellos
que deploran desesperados sus dichas perdidas.
La luz no es otra cosa que vergüenza nuestra.

Nunca serán mis penas aliviadas
desde que ha huido la piedad
y lágrimas
y suspiros
y gemidos
a mis días cansados han privado de cualquier alivio.

Desde la alta torre del gozo
es lanzada mi fortuna
y es abandono
y dolor
y pesar
por desiertos donde la única esperanza
es perder toda esperanza.

Sombras que me rodean, escuchen ustedes,
aprended a despreciar la luz.

Felices, felices, quienes en el infierno
no sienten el desprecio del mundo.

 **********


SORROW (Amargura)
David Gilmour (Inglaterra, 1946)











El dulce olor de la tristeza yace sobre la tierra,
penachos de humo brotan y se funden en el cielo plomizo:
las mentiras y los sueños de un hombre, sobre campos verdes y ríos.
Pero una mañana se levanta sin razón para echar a andar.

Está obsesionado por la memoria de un paraíso perdido,
en su juventud o en un sueño, no puede precisarlo,
está encadenado para siempre a un mundo muerto,
-no es suficiente, no es suficiente-
su sangre se ha congelado y se ha cuajado de miedo,
sus rodillas han temblado y se han hundido en la noche,
su mano se ha debilitado en el momento de la verdad,
su paso se ha vuelto vacilante.

Un mundo, un alma,
el tiempo corre, el río corre...

Le habla al río sobre amores perdidos y renuncias
y el silencio contesta esa confusa invitación.
Corre oscuro y turbulento hacia un mar aceitoso,
un macabro simulacro de lo que está por verse.

Hay un viento incesante que ruge esta noche
y hay polvo en mis ojos, cegándome,


...y el silencio repite mejor que las palabras
las promesas rotas.

CUERPOS CONTRA FONDO BLANCO

de Actas de (mala) fe




 a Rodrigo González Langlois que me concedió esta historia




La juventud es un traje perfecto,
seduce a los mosquitos que odian la piel
y aman suicidarse contra su blancura.
El espejo tendrá doble trabajo, se trizará en edades
cansadas de un extraño que reclama ser el mismo
olvidadizo del futuro para esperar un ayer de promesas,
esperar el regreso de sus aguas con aroma de calles
y estaciones sin bautismo,
esperar el asombro de sus piedras parpadeantes
y sus besos dados
contando secretos a los besos no dados.
La juventud es un traje perfecto
de perfección un poco ruda.
Las flores tendrán doble trabajo
porque siempre son para mañana, para alguien que huye
y se da alcance tropezando con los signos que dejó en el polvo,
sobrepasado por el vértigo de su primer nombre
cuando el desnudo era un idioma de llave maestra
y las criaturas del aire humilladas por su piel
desean la muerte
entre los pliegues que quedan del deseo.


Georg Jahn (1869 - 1940)





sábado, 4 de mayo de 2013

MADRIGAL PARA UN OBSEQUIO

(de Piedra Negra, Mosquito Ediciones, 2009)




















para Andy L.



El muchacho de plástico arroja besos al aire
con un murmullo obstinado de recuerdo adictivo.
Sopla el cabello que le cubre los ojos,
se guiña en el espejo donde talvez es más bello,
se desliza de los bordes hacia adentro
hasta mudar sinuosamente de traje y de piel
abandonando su caracola herida.
Una pata de conejo es su placebo, talismán
frotado en la flor monoica y erecta, atavío
para el velo de seda deshecho al primer tacto
que recibe con una mueca escalofriada
y el bocio de Adán goteando nata dulce.
Al ritmo de su corazón de corcho lame
sus hombros de plástico, sus rodillas de muñeco obtuso,
su ombligo de labios tatuados, su entrepierna rasurada
y alterna rostros bobos con chasquidos de lengua.
Llega el día detrás de los visillos.
Olvidará los pesares de la noche
pero al volver la noche sobre su alas secretas
¿cómo olvidará los pesares del día? Con un juego felino
de siluetas en el muro, con un zumbido
de vuelo ebrio sobre el lecho, buscavida seductor
de mala muerte, como en un delito irresistible.
Desnudo de afanes y de historia, sin más razón
que el placer taimado de los dedos. ¿Qué sería del cuerpo
si el edredón no fuese un aliado silencioso?
Responderá con un beso cóncavo entre muslos,
fumando la flor sedante del deseo y el cansancio,
murmurando un nombre que duele en voz alta.



Dibujo de Michel Gourlier


miércoles, 1 de mayo de 2013

HONORES A EDUARDO ANGUITA




Recibir el premio único en el Concurso Nacional de Poesía Eduardo Anguita no es sólo la satisfacción del reconocimiento a mi propuesta poética, sino que es la honra especial de ser elegido bajo el influjo tutelar del poeta que da nombre al certamen. Y es particularmente conmovedor para mí por el hecho de que Eduardo Anguita ha sido desde siempre uno de los nombres -si no acaso el Nombre- de mayor ascendiente que advierto en la pléyade de poetas chilenos. Y es que no se puede dejar de volver a la hondura metafísica que instaló ese poeta superior que fue Anguita, la palabra indagada intensamente, con vocación de trascendencia, afincada en el vértice mismo entra la razón y la emoción, con compromiso existencial experimentado como plan de vida. Es verdad que los escritores necesitamos con frecuencia de otras palabras que contrasten nuestra expresión, y en ese ejercicio de lucidez y autocrítica imprescindible buscamos lo afín pero también lo diverso para, de esa mixtura, aquilatar lo propio. Y es allí cuando sabemos que hay una palabra severa, rigurosamente decantada en la ambición de definir lo mítico, lo numinoso, lo inconciente, lo religioso, lo simbólico, las paradojas del conocimiento, cual es la obra de Anguita. Este poeta se propuso la escritura como una misión aristotélica de posesión de Verdad, siempre desde la perplejidad de quien agota el sistema poético para exprimirle razonamientos, pero en algún momento debe conformarse con las intuiciones, las vislumbres, los atisbos parciales de totalidad y no con las respuestas definitivas, que de cualquier modo serían inmovilizantes. Así pues, la obra de Anguita es una sonda insatisfecha en los trechos más densos del ser, diferenciado de otras obras con propósito parecido por la misión auto-conferida de iluminar. No es el caso de un Díaz Casanueva cuya retórica circular busca los pavores para habituarse a ellos por dentro, desde la enunciación rapsódica o el timbre profético. No es el caso de Gonzalo Rojas que recorre el objeto periféricamente para agotarlo desde la declamación, la resolución puramente estética. En Eduardo Anguita el tema es búsqueda de emergencia. Por eso aunque le cuelgue el traje forzado de “poeta hermético” y su lectura no sea predilección de los jóvenes buscadores de audacias o estridencias, su poesía siempre será un sitio recurrido para los ansiosos de trabajo ontológico sin concesiones y sin desmedro de la belleza, el ritmo, la analogía creativa, la libertad de asociaciones semánticas fértil en hallazgos.

No es menos cierto que el yacimiento de la poesía de Anguita tiene un punto de origen bastante irrefutable, que es la influencia de Huidobro. Esto se confirma por un acercamiento personal entre ellos que alguna vez revistió el cariz de relación maestro-discípulo, pero en Anguita hay una toma de conciencia de especificidad, de dones particulares que lo hicieron divergir del guía inicial no tanto por intención como por ejecución. Del delta huidobriano arribaron proyectos tan disímiles como el grupo Mandrágora, detentores del automatismo y el tremendismo que se venía auspiciando en las vanguardias europeas, y muy por otro lado la propuesta de Anguita, antitético por excelencia de ese estilo al que opuso la depuración, el método, el trabajo compositivo.

Su poesía abusa de la inteligencia, pero la necesitamos. Dijo cosas que ya no hace falta volver a decir y fue, qué duda cabe, el más solitario habitante de nuestra reciente historia literaria. Cómo no conmoverse ante la elocuencia soberbia de su ficticio grupo de poesía David, del cual hizo proclamas no atendidas por nadie, planes de trabajo y hasta asambleas unipersonales, donde le tocaba ser el adalid, propagandista, inspirador doctrinal y a la vez único militante. Y allí quedan como caudales inconmensurables de poesía los manifiestos del movimiento David, para que busque quien sepa buscar, para que vea quien sepa ver. No necesito recordar los propósitos y caminos que siguió esta frustrada corriente literaria, cuestión que no muchos pero más de algún especialista ya ha pesquisado. Yo quiero volver al gesto humano, con sus alcances épicos y lúdicos, poéticos y filosóficos, de ponerse como se puso Anguita al frente de una causa imposible, absurda por maravillosa. El itinerario que supuso para la gestación creativa fue sistemático, pero cruzado por asignaciones de sentido que excedían su poder práctico. El “despojar la realidad”, el “estado heroico”, “estado en blanco”, el “trabajo convulsivo”, son amagos de técnica precisamente allí donde son sensaciones, percepciones abiertas, expansiones de conciencia y no elaboraciones intelectuales. Los plasmó con intención de teorizar pero donde los realizó con plenitud no pudo ser otra cosa que poesía: “Definición y pérdida de la persona”, “El poliedro y el mar” quedan como hitos inequívocos de la poesía universal, como testimonio de un esfuerzo humano por redimir el mero acontecer biológico de la vida y obtener la diferenciación, la individuación -diríamos con Jung-, la justificación personal preciosa. Para estas convicciones creyó convencerse de que el cristianismo en su vertiente católica tradicional podía ser su aliado. En mi caso descreo de esa idea, pero no puedo menos que admirar la coherencia con que atrapó los simbolismos y les devolvió sustancia esencial allí donde la repetición de ritos mecánicos ha desnutrido de todo poder trascendente a las costumbres religiosas. Destaco su capacidad poética de liturgia. Y el hombre que en todo momento buscó evadir la mirada superficial es también el sujeto que define la capacidad de percepción poética con el concepto felino de morronguear (1), es decir, internarse en las capas intermedias entre el sueño y la vigilia con la actitud del gato, con los reflejos en extrema alerta y el cuerpo laxo, con observación participante. No se puede mejor modo de capturar la conducta de ociosidad incansable y contemplación activa, que es la identidad del poeta.

Puedo discrepar de él cuando asegura que Rimbaud se convirtió al cristianismo en la última etapa de su Temporada en el Infierno; puedo sentir que mi credibilidad disminuye cuando pone en boca de un sacerdote algún pasaje de sus poemas de hablante múltiple , pero ni aún allí puedo dejar de admirar el engranaje de su construcción poética, su ética, acaso su dogmatismo, detrás del cual asoma siempre la originalidad de un realizador entrenado en los peligros de ir a las esencias, las materias en estado puro: muerte, miedo, fe, amor, misterio, silencio. Otros hemos preferido ir a peligros carnales o exotéricos o de aventura externa para buscar desde allí el tono de una palabra propia. Anguita en cambio fue un esotérico a toda prueba, un animal alucinado por el conocer y el entender con poder de clarividencia. Ambos son caminos complementarios.

Si hay cosas que debo agradecer, entonces, hay una de la que estoy seguro: la de sumar mi nombre al recuerdo del poeta veraz que fue Eduardo Anguita.

De su obra breve y maciza repito con emoción afectiva las palabras de la primera parte de su pieza maestra:



El Poliedro y el Mar (2)

(I)

Me ha sido dado un poliedro frente al mar:
un cuerpo muy sólido pero invisible,
una compacta reunión de lejanías,
con todo su silencio endurecido,
toda su ausencia próxima,
y cuanto más palpable, despojado.

Era dulce dejarse ir por sus aristas
más veloz que la mirada vuelve al sol,
ciego volar sobre la línea pura hacia un encuentro:
cuando quise pensar en dónde estaba, tuve un vértigo:
¡la arista, la línea, no era nada!

Deslicé por la nada que forman
dos caras del poliedro besándose:
del beso lineal quise subir al labio,
tenderme en las superficies,
reposar por fin en la extensión dorada.

Así, mientras lo hacía,
desdeñé el azul profundo del océano
desde mi valle de cuarzo fantasmal.

Mas, ¿qué es eso? La extensión también era sólo límite puro:
¡donde un volumen iba a nacer, otro cesaba!
En ese silencio cortante,
en ese filo más exiguo que entre beso y boca,
¿Había yo creído tocar la substancia?
Sólo era volumen contra volumen despojándose:
¡y eso que era la nada, inasible y fugaz,
con cuánto amor ausente me atraía!

Frente al océano exclamé:
¡Todo no es más que lejanía!
............-- ¿Qué sabes tú? Cien niños juntos, cada uno de diez años,
¿suman mil años?

No sé. Arrojé al mar el poliedro
porque tuve conciencia que me había mentido.





(1)“En una disertación sobre Poesía y Tiempo describí una técnica sensorial que denominé "morrongueo" -por afinidad con el duermevela de los gatos-.” : Voluntad y Prefiguración del Paraíso; E. Anguita, Revista David, 1953.
(2) 1960. Edición individual 1984.



Leonidas Rubio 
 1, 05, 2013