viernes, 31 de mayo de 2013

DISCURSO DE RECEPCIÓN DEL PREMIO NACIONAL DE POESÍA EDUARDO ANGUITA





Poetas y escritores presentes; amigos de la poesía; público presente; autoridades de la comuna:


Cito a Eduardo Anguita:


“En la gran casa vacía hay luz, una luz vacía, dura, de una irritante serenidad.
En la casa no hay ruidos. Usted puede mirar por los pasillos, por las escaleras,
Por las ventanas que se ven tan lejos del cielo blanco de la tarde.
Pero el viento pasa y no pasa.
Entonces, uno se da cuenta que, más que luz, más que aire, más que muebles, lo que hay es
La palabra HAY.
Hasta uno entra en la palabra hay, con una claridad que daría miedo si uno existiera.”


Así comienza su poema Definición y Pérdida de la Persona el poeta nacido en 1914 en Yerbas Buenas, provincia de Linares, con líneas de arquitectura metafísica y mirada de sospecha sobre la dudosa ubicación del ser, donde el sujeto existe menos que el lugar en que se inscribe y, no obstante, percibe una identidad en ese conjunto de impulsos que llamamos “persona”. Donde termina esa intuición de identidad empiezan los “otros”. La palabra instala a la persona, la determina y la diferencia, pero en la búsqueda de un punto de origen termina perdiéndola. Y si bien para Anguita la definición conducía a la disolución, la persona puede salvarse en esa permanencia de la palabra. Para el filósofo alemán Martin Heidegger, que sin duda fue pertinente a Anguita, la palabra es “la casa del ser”, donde no somos posibles sin la mediación de ese instrumento que pone sonido al signo y música a la idea. Allí radica el riesgo de la palabra: en su don creador de mundo, en su capacidad germinativa de sentidos. La palabra deviene en trampa desde el momento en que configuramos nuestras relaciones a partir de ella y, con frecuencia, a consecuencia de ella. Aquí aparece la poesía como herramienta transformadora de la realidad, por su poder restablecedor de sentidos primigenios. En esa trama de objetos y seres que aparecen como “otros”, es decir, que nos hacen posible una percepción de identidad en función de no reconocernos en ellos, comienza el arduo proceso de encubrimiento de la persona. La asignación de roles que nos hace infelices desde la infancia va construyendo capas en torno a la conciencia y se hace cada vez menos visible el atributo genuino que veníamos a proponer, ese precioso ensayo de la naturaleza que es cada individuo. Todo este desastre se hace con la intervención de la palabra que antecede y modela las conductas. No es raro que alguna vez, en un ya remoto comienzo del siglo XX, un movimiento de creadores se haya propuesto renunciar a la palabra que sea incapaz de volverse acción, en un afán de dar a la poesía una dimensión corporal y gestual, más allá del hecho verbal, que involucre el espacio físico y comprometa integralmente al sujeto que la emite. Este propósito persiste hasta nuestros días. La palabra se reproduce a sí misma y se sobredimensiona en los hábitos sociales, creando más y más trampas de conductas a la manera de objetos que colapsan el espacio en esa “casa del ser” que visualizaba Anguita -con la asistencia de Heidegger- en su proverbial poema. La poesía tiene ese poder creativo-destructivo allí donde el terreno del lenguaje es un campo minado de accidentes que degradan el Ser. La poesía es así también palabra para el silencio: al igual que en la música, el ritmo de los símbolos se van enunciando en asistencia mutua y detonan el sentido en el acto solitario de la lectura, que es siempre monólogo ritual. El monólogo de la lectura deviene en diálogo de personas fragmentarias convocadas en la mente a partir de los símbolos. Las concordancias olvidadas se restablecen, las orillas de la herida vuelven a hacer contacto, la cicatriz sana.

Pero es un lujo que me permita esta reflexión en un contexto de país donde todo y todos parecen declararse la guerra a muerte a la primera insignificancia. La palabra esquizoide, automatizada, separada de la acción e incluso de la idea, es capaz de crear climas de convivencia polarizados e inhabitables, donde no cabe el silencio que asigne el ritmo natural al lenguaje. Ya no habrá música sino estridencia y griterío. Estadísticas abusadas y retocadas según la conveniencia, mesianismos y acusaciones basadas en hechos cuya responsabilidad compartida nadie parece dispuesto a aceptar. El lenguaje publicitario y el noticioso, donde -por ejemplo- “alunizar” ya no es aterrizar en la luna sino un acto delictual, van degradando las significaciones. Desde esta sencilla tribuna hago un llamado a cuidar de la palabra como si fuera un recurso no renovable en vías de agotamiento. Las redundancias confrontacionales del debate proselitista, el espectáculo insustancial y las nuevas manías apocalípticas, son el lenguaje de la neurosis colectiva, de la palabra negada por el hábito, la costumbre que suplantó a la idea. No es extraño que esto ocurra en un país donde el acto de adquirir un libro es castigado con el impuesto más alto del continente y el segundo más alto del mundo. Pero seamos francos, en los países donde hay impuesto nulo o muy bajo al libro también predomina el fácil lenguaje de la confrontación, en muchos casos totalitaria. Aún así no hay excusa razonable que justifique este castigo al lector en Chile. Esta tribuna sirva también para hacer un resuelto reclamo por la derogación de la usura al libro en nombre de la libertad de expresión, en nombre de la imaginación, en nombre de la inteligencia.

En lo personal, como poeta, asumo la bancarrota absoluta de las palabras civiles que alguna vez fueron paradigma. La palabra justicia pertenece a una lengua muerta desde que en su nombre se levantaron muros, cortinas de hierro, campos de concentración, islas prisiones. Habrá que inventar nuevas palabras para recuperar los significados huérfanos. La poesía misma es una lengua muerta, un dialecto perdido. Mi poesía se propone esa desprogramación crítica. La poesía está llamada a producir un contra-aprendizaje, una contra-cultura, allí donde los lenguajes de la costumbre están obsoletos. Por eso llamé “Malas costumbres” al manojo de poemas que un jurado de pares distinguió con este premio cuyo nombre me honra. Por vecindad con la mala fama y la mala muerte, rumoreada por las malas lenguas y las malas conciencias ya que la excede la crueldad de las “buenas”; deteniéndose en signos arquetípicos, energías primordiales, sexualidades desordenadas, deseos no canonizados, las historias más incómodas, menos correctas, menos visibles. Anguita hablaba de “vaciar la realidad” para habitarla como a una nueva casa. Si no lo hace la poesía, nada lo hará.

Finalmente leeré un texto de “Malas costumbres”:

 
DETALLES AL MARGEN DE LA MUERTE DE SÓCRATES


Yo tuve un maestro.
Entre el sol y la arena estaba su copa,
en el celaje y su anuncio de llovizna;
entre el punto donde la ola nace y donde se dispersa.
Era rústico y antiguo, aún desde antes de ser joven.
Yo mismo era joven a veces
pero él siempre sabía donde estaban mis temores
y no aspiramos más que a mortalidades.
No era temible con la espada ni con la jabalina
pero los otros odiaban en él su temor de sí mismos.
Y él se defendió aunque pudo no hacerlo:
Si decís que corrompo a la juventud, dónde están ahora
esos jóvenes corrompidos acusándome?
Yo tuve un maestro
cuando nadie regalaba nada.
Estar y no estar eran dos vientos ligeros,
no contrarios, el agua bajaba por sus barbas
hasta mis preguntas.
Yo tuve un maestro
que descreían los hechores ampulosos
al ver las ruedas pequeñas que llegan más lejos
y envidiaban su voz alfa,
sus testículos de arcilla,
sus pupilas de azogue enunciativo
y su desprecio absoluto por el ruido de monedas.
Yo tuve un maestro
en otros mundos, otras aldeas de mis tardes.
No me pregunten si está muerto.
No pido más ni diré su nombre.


***

Muchas Gracias.

Leonidas Rubio
 30 de mayo de 2013








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