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"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

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miércoles, 1 de mayo de 2013

HONORES A EDUARDO ANGUITA




Recibir el premio único en el Concurso Nacional de Poesía Eduardo Anguita no es sólo la satisfacción del reconocimiento a mi propuesta poética, sino que es la honra especial de ser elegido bajo el influjo tutelar del poeta que da nombre al certamen. Y es particularmente conmovedor para mí por el hecho de que Eduardo Anguita ha sido desde siempre uno de los nombres -si no acaso el Nombre- de mayor ascendiente que advierto en la pléyade de poetas chilenos. Y es que no se puede dejar de volver a la hondura metafísica que instaló ese poeta superior que fue Anguita, la palabra indagada intensamente, con vocación de trascendencia, afincada en el vértice mismo entra la razón y la emoción, con compromiso existencial experimentado como plan de vida. Es verdad que los escritores necesitamos con frecuencia de otras palabras que contrasten nuestra expresión, y en ese ejercicio de lucidez y autocrítica imprescindible buscamos lo afín pero también lo diverso para, de esa mixtura, aquilatar lo propio. Y es allí cuando sabemos que hay una palabra severa, rigurosamente decantada en la ambición de definir lo mítico, lo numinoso, lo inconciente, lo religioso, lo simbólico, las paradojas del conocimiento, cual es la obra de Anguita. Este poeta se propuso la escritura como una misión aristotélica de posesión de Verdad, siempre desde la perplejidad de quien agota el sistema poético para exprimirle razonamientos, pero en algún momento debe conformarse con las intuiciones, las vislumbres, los atisbos parciales de totalidad y no con las respuestas definitivas, que de cualquier modo serían inmovilizantes. Así pues, la obra de Anguita es una sonda insatisfecha en los trechos más densos del ser, diferenciado de otras obras con propósito parecido por la misión auto-conferida de iluminar. No es el caso de un Díaz Casanueva cuya retórica circular busca los pavores para habituarse a ellos por dentro, desde la enunciación rapsódica o el timbre profético. No es el caso de Gonzalo Rojas que recorre el objeto periféricamente para agotarlo desde la declamación, la resolución puramente estética. En Eduardo Anguita el tema es búsqueda de emergencia. Por eso aunque le cuelgue el traje forzado de “poeta hermético” y su lectura no sea predilección de los jóvenes buscadores de audacias o estridencias, su poesía siempre será un sitio recurrido para los ansiosos de trabajo ontológico sin concesiones y sin desmedro de la belleza, el ritmo, la analogía creativa, la libertad de asociaciones semánticas fértil en hallazgos.

No es menos cierto que el yacimiento de la poesía de Anguita tiene un punto de origen bastante irrefutable, que es la influencia de Huidobro. Esto se confirma por un acercamiento personal entre ellos que alguna vez revistió el cariz de relación maestro-discípulo, pero en Anguita hay una toma de conciencia de especificidad, de dones particulares que lo hicieron divergir del guía inicial no tanto por intención como por ejecución. Del delta huidobriano arribaron proyectos tan disímiles como el grupo Mandrágora, detentores del automatismo y el tremendismo que se venía auspiciando en las vanguardias europeas, y muy por otro lado la propuesta de Anguita, antitético por excelencia de ese estilo al que opuso la depuración, el método, el trabajo compositivo.

Su poesía abusa de la inteligencia, pero la necesitamos. Dijo cosas que ya no hace falta volver a decir y fue, qué duda cabe, el más solitario habitante de nuestra reciente historia literaria. Cómo no conmoverse ante la elocuencia soberbia de su ficticio grupo de poesía David, del cual hizo proclamas no atendidas por nadie, planes de trabajo y hasta asambleas unipersonales, donde le tocaba ser el adalid, propagandista, inspirador doctrinal y a la vez único militante. Y allí quedan como caudales inconmensurables de poesía los manifiestos del movimiento David, para que busque quien sepa buscar, para que vea quien sepa ver. No necesito recordar los propósitos y caminos que siguió esta frustrada corriente literaria, cuestión que no muchos pero más de algún especialista ya ha pesquisado. Yo quiero volver al gesto humano, con sus alcances épicos y lúdicos, poéticos y filosóficos, de ponerse como se puso Anguita al frente de una causa imposible, absurda por maravillosa. El itinerario que supuso para la gestación creativa fue sistemático, pero cruzado por asignaciones de sentido que excedían su poder práctico. El “despojar la realidad”, el “estado heroico”, “estado en blanco”, el “trabajo convulsivo”, son amagos de técnica precisamente allí donde son sensaciones, percepciones abiertas, expansiones de conciencia y no elaboraciones intelectuales. Los plasmó con intención de teorizar pero donde los realizó con plenitud no pudo ser otra cosa que poesía: “Definición y pérdida de la persona”, “El poliedro y el mar” quedan como hitos inequívocos de la poesía universal, como testimonio de un esfuerzo humano por redimir el mero acontecer biológico de la vida y obtener la diferenciación, la individuación -diríamos con Jung-, la justificación personal preciosa. Para estas convicciones creyó convencerse de que el cristianismo en su vertiente católica tradicional podía ser su aliado. En mi caso descreo de esa idea, pero no puedo menos que admirar la coherencia con que atrapó los simbolismos y les devolvió sustancia esencial allí donde la repetición de ritos mecánicos ha desnutrido de todo poder trascendente a las costumbres religiosas. Destaco su capacidad poética de liturgia. Y el hombre que en todo momento buscó evadir la mirada superficial es también el sujeto que define la capacidad de percepción poética con el concepto felino de morronguear (1), es decir, internarse en las capas intermedias entre el sueño y la vigilia con la actitud del gato, con los reflejos en extrema alerta y el cuerpo laxo, con observación participante. No se puede mejor modo de capturar la conducta de ociosidad incansable y contemplación activa, que es la identidad del poeta.

Puedo discrepar de él cuando asegura que Rimbaud se convirtió al cristianismo en la última etapa de su Temporada en el Infierno; puedo sentir que mi credibilidad disminuye cuando pone en boca de un sacerdote algún pasaje de sus poemas de hablante múltiple , pero ni aún allí puedo dejar de admirar el engranaje de su construcción poética, su ética, acaso su dogmatismo, detrás del cual asoma siempre la originalidad de un realizador entrenado en los peligros de ir a las esencias, las materias en estado puro: muerte, miedo, fe, amor, misterio, silencio. Otros hemos preferido ir a peligros carnales o exotéricos o de aventura externa para buscar desde allí el tono de una palabra propia. Anguita en cambio fue un esotérico a toda prueba, un animal alucinado por el conocer y el entender con poder de clarividencia. Ambos son caminos complementarios.

Si hay cosas que debo agradecer, entonces, hay una de la que estoy seguro: la de sumar mi nombre al recuerdo del poeta veraz que fue Eduardo Anguita.

De su obra breve y maciza repito con emoción afectiva las palabras de la primera parte de su pieza maestra:



El Poliedro y el Mar (2)

(I)

Me ha sido dado un poliedro frente al mar:
un cuerpo muy sólido pero invisible,
una compacta reunión de lejanías,
con todo su silencio endurecido,
toda su ausencia próxima,
y cuanto más palpable, despojado.

Era dulce dejarse ir por sus aristas
más veloz que la mirada vuelve al sol,
ciego volar sobre la línea pura hacia un encuentro:
cuando quise pensar en dónde estaba, tuve un vértigo:
¡la arista, la línea, no era nada!

Deslicé por la nada que forman
dos caras del poliedro besándose:
del beso lineal quise subir al labio,
tenderme en las superficies,
reposar por fin en la extensión dorada.

Así, mientras lo hacía,
desdeñé el azul profundo del océano
desde mi valle de cuarzo fantasmal.

Mas, ¿qué es eso? La extensión también era sólo límite puro:
¡donde un volumen iba a nacer, otro cesaba!
En ese silencio cortante,
en ese filo más exiguo que entre beso y boca,
¿Había yo creído tocar la substancia?
Sólo era volumen contra volumen despojándose:
¡y eso que era la nada, inasible y fugaz,
con cuánto amor ausente me atraía!

Frente al océano exclamé:
¡Todo no es más que lejanía!
............-- ¿Qué sabes tú? Cien niños juntos, cada uno de diez años,
¿suman mil años?

No sé. Arrojé al mar el poliedro
porque tuve conciencia que me había mentido.





(1)“En una disertación sobre Poesía y Tiempo describí una técnica sensorial que denominé "morrongueo" -por afinidad con el duermevela de los gatos-.” : Voluntad y Prefiguración del Paraíso; E. Anguita, Revista David, 1953.
(2) 1960. Edición individual 1984.



Leonidas Rubio 
 1, 05, 2013 








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