sábado, 4 de mayo de 2013

MADRIGAL PARA UN OBSEQUIO

(de Piedra Negra, Mosquito Ediciones, 2009)




















para Andy L.



El muchacho de plástico arroja besos al aire
con un murmullo obstinado de recuerdo adictivo.
Sopla el cabello que le cubre los ojos,
se guiña en el espejo donde talvez es más bello,
se desliza de los bordes hacia adentro
hasta mudar sinuosamente de traje y de piel
abandonando su caracola herida.
Una pata de conejo es su placebo, talismán
frotado en la flor monoica y erecta, atavío
para el velo de seda deshecho al primer tacto
que recibe con una mueca escalofriada
y el bocio de Adán goteando nata dulce.
Al ritmo de su corazón de corcho lame
sus hombros de plástico, sus rodillas de muñeco obtuso,
su ombligo de labios tatuados, su entrepierna rasurada
y alterna rostros bobos con chasquidos de lengua.
Llega el día detrás de los visillos.
Olvidará los pesares de la noche
pero al volver la noche sobre su alas secretas
¿cómo olvidará los pesares del día? Con un juego felino
de siluetas en el muro, con un zumbido
de vuelo ebrio sobre el lecho, buscavida seductor
de mala muerte, como en un delito irresistible.
Desnudo de afanes y de historia, sin más razón
que el placer taimado de los dedos. ¿Qué sería del cuerpo
si el edredón no fuese un aliado silencioso?
Responderá con un beso cóncavo entre muslos,
fumando la flor sedante del deseo y el cansancio,
murmurando un nombre que duele en voz alta.



Dibujo de Michel Gourlier


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