sábado, 8 de junio de 2013

TODOS LOS PACTOS




1


Queríamos ser fruto de un milagro.

Un día construimos un país de papel.
Sobraba espacio para dolores de juguete
y refugios para colores caídos del arco. Después,
esa noche que no sería nuestra,
hallamos papeles picados en el suelo,
salas de luz
                        donde venía el obrero con la otra
y amor era todos y ninguno.

Entonces sí tuvimos miedo:
esto es un juego –dijimos. Luego
el primero en perderse
                                   hacía desaparecer al otro.


2


El segundo vicio es otro pacto:
me dijo al sur,
tras el galope de la sílaba perdida,
otro ejercicio pulmonar, otro pentagrama.
Al sur del cuerpo,
allí donde duerme la serpiente de la tierra
su invierno de fuego privativo.
Me dijo vamos, el verbo de la creación,
suponiendo que hubo un verbo sin entonces.
Siameses divididos por heridas hondas y ondas
en el revés del mundo.
                                               Me dijo salta ya,
el puente está tendido.
                                               Y yo que no lo veía
arañé la ladera dejando en el molar de roca
jirones de piel con el color del deseo.
Demonio de alas robadas, ceguera del ángel
que me dio por pariente la hojarasca.
Me dijo el follaje, y yo que no veía
me aferré a la raíz -mi hermana- y palpé
leche tibia en la matriz de la fuente.
Al sur, sólo sigue el atavismo
de las huellas, sigue la aguja que vuela
y olvida al imán. Libaremos
miel negra. Me dijo
el primero en llegar puede olvidar al otro.
Y llegué tarde.


3


Si hubiese un tercer plazo
renunciaría al nombre, cedería al abandono
del cuerpo que derramé en una ciudad
                                                                       aún imaginaria
porque yo moraba en los márgenes de Laguna Redonda
                                                               entre otros lobos melancólicos
con un rostro varado entre los juncos
yo merodeaba el Puente Viejo
adicto a la luna como esa noche en que juré
no conformarme con menos que entrar entero en el último cuerpo
y llenar toda su memoria
                                               desde adentro
y conocer sus mil olvidos, porque Babel era su nombre
o talvez nunca besé otra cosa que su herida.

Uno consiente el ultraje de los años
esperando ver tras una esquina
ese perfil que se hizo real en el vicio de los labios
pero zumba el vagón negro
                                               antes de advertirse su silueta en la niebla
arrastrando los susurros que un edredón torturado conoce
porque el diablo ya no compra almas en subasta
-devuelve las almas y se deja los deseos-
y un miedo todavía dulce alienta inútiles conjuros
antes de la distancia capaz de confirmar
                                                    la belleza que fue eterna.


4



Desnudo era un animal atrapado en un cepo
momentos antes de ser liberado
y vuelto a atrapar por el placer de la trampa;
desnudo era un pájaro al que van a matar
y vuela para castigar con recuerdos al verdugo.

Tenía el tatuaje de un feto debajo del ombligo
-el ícono de Agaetis Byrjun de Sigur Ros-
y dijo:
                        “Mira, me estoy engendrando
                        a mí mismo.
                                               Soy mi madre
                        y tu me has preñado.
                        Cuando nazca tendré que matarte
                        en defensa propia
pero esta vez ámame porque estoy borracho
                        y tú estás loco.”
Y sólo por esa vez
                                   no quise vencerlo.

Desnudo era un trapecista
momentos antes de lanzarse a la red.
Subió al techo y caminó por los muros.
Le di espacio
pero se salía de su edad y entraba en la mía.
Sus huesos eran un juguete encontrado entre la hierba,
se fueron quebrando uno a uno
y luego los pegué con mi saliva. Dijo:
                        “Odio mi cuerpo,
                        por eso lo dejo en cualquier sitio.
                        Cuando nazca tendrás que matarme
                        pero ahora no.”
Y sólo por esa vez
                                   no quise amarlo.
Por su voz era un niño
                                               recién salvado de las aguas.
Lo apreté tanto como para desaparecerlo
o deshacerme contra él
y quise que mi vida fuese un sueño suyo
para beberme por dentro esa colmena.

Dijo:
                        “No me extrañes,
                                                           nunca.
                        Déjame morir de hambre
                        sobre una piedra.”


5


Esto se juega sin mirar
y al darle nombre seguía allí
en un sitio anterior a la mirada.
Entré a su espacio con modo de humo
perdiendo ignorancia de mí me vi por sus ojos:
era ridículo y grave, peor de lo imaginado.
Se oyó un rumor de medianoche
al orinar en el frío
porque las cosas no son su forma
sino lo que comunican.
Oírle orinar fue blanco y tibio
y su mano mojada en ese ruido líquido
olía a maceración de hierbas
incluso después de ser besadas.
Me dijo
                        “y bien,
vas a matarme de una vez
o primero jugarás conmigo como hacen los gatos”.
Me extrañó no saber qué música murmuraba
ensortijando invisibles cabellos.
Respondí
                        “te lameré hasta cansarme
                        y decidiré después”.
Durmió junto a mí y estuvimos seguros
de ser sobrevivientes de la última guerra de la especie.
Al despertar le dije
                        “seguiremos aquí hasta que pase el peligro”.


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Nota:

Pieza 1 en Cuadernos de Emergencia, 1994;
piezas 2 y 3 en Piedra Negra, 2009;
piezas 4 y 5 en Malas Costumbres, 2013.








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