viernes, 26 de julio de 2013

A LA EDAD EN QUE ALCANZABA ENTRE MIS PIERNAS CON LA BOCA


Había ratas con pupilas infrarrojas que venían del río
cargadas de buenos presagios despreciados por todos
y ánades que cruzaban mi barrio siempre a la misma hora
con mensajes demasiado rápidos para ser legibles.
El futuro era una superstición matriarcal
y las células cancerosas de Jesucristo
se extendían en las manchas húmedas de la pared
parecida a un espejo con el hálito de un agonizante.
Yo vomitaba antes de las clases de gimnasia
pero salía airoso de los secuestros voluntarios
en que ser violado era una delicadeza.
Un cancerbero de voz atiplada
era dueño del movimiento de las hojas
y era posible ver el Cascanueces de Tchaikovsky sin censura
con prominencias estéticamente irreprochables.
Las canciones prohibidas circulaban por mitosis
trayendo historias sobre islas de vellón concupiscente
donde el trabajo forzado era llamado paraíso.
Yo me limpiaba la boca con la manga
y posaba sin despertar retórica sospecha
cuando en la puerta del baño era Lázaro en la puerta de la cripta.
Un día el bambú se negó al crimen de esa curvatura perfecta
y no resucité pese a 3 días de esfuerzo.
Entonces empezó este mal humor,
esta era en que el cuerpo no responde al llamado del espíritu.
Desde entonces odio ser interrumpido
mientras leo los presagios traídos por las criaturas pasajeras.


 
 

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