viernes, 6 de septiembre de 2013

CARAMELOS ENVENENADOS PARA EL NIÑO ANTONIN

Autorretrato; Artaud, 1946
No es posible que al fin el milagro no estalle
He sido demasiado castigado
Me he atormentado demasiado en el mundo
He trabajado demasiado para ser puro y fuerte
He perseguido demasiado el mal
He buscado demasiado tener un cuerpo limpio
A. Artaud


Al alba de su vida un pacto secreto con la muerte se manifiesta más allá o por sobre él, como decidiendo por él. El primer pánico tiene forma de virus y nombre de anatema: meningitis. Cinco años son muy pocos para comprender tanto dolor y tanto absurdo. Alguien, algo se ríe. Se abre desde ya una valla insalvable entre él y la realidad. El mundo aparece como una provocación, una burla trágica. Se dibuja el estigma en la frente no del cuerpo sino de ese ser etéreo (¿deletéreo?) que damos en llamar “alma”, al cual –lo sabrá después- disfrazamos con un cuerpo como quien arroja pintura sobre un espectro para detectarlo. Y esas manchas indelebles se irán haciendo cada vez más pesadas hasta hacerse inseparables de la piel (no del cuerpo sino del alma). La utilería y el reparto de la comedia son tan afines que no se duda del autor que goza tras la representación: caricias con una mano que esconde una píldora; una madre sobreprotectora y sin embargo incapaz de ejercer control, así sea el mínimo beneficio de una rutina equilibrante; el hermano muerto. Extras: el padre se llama Antonio-Rey y como todo rey, está ausente. Nuestro muchacho será la réplica disminuida del padre. Él no es Antoine sino Antonin, “Toñito” diríamos en español. Frente a los demás será de por vida un sujeto-diminutivo y en su expansión, una aparición hipertrofiada. La droga como intento desesperado de alejarlo de ese umbral peligroso al que se ha acercado demasiado, será la primera señal de esa protección que daña, ese diagnóstico crítico que aconseja medidas severas “por su bien”. Las “golosinas envenenadas”, el blanco gélido de los hospitales, el doctor en reflejo de Dios omnipotente. Cinco años son muy pocos para comprender, pero no para habitar una pesadilla sin puerta de escape.


Un niño precoz es alguien que sabe que debe cargar con adultos incapaces, pero a la vez entiende que está inhabilitado para ello. Se hace la idea de que la carga del mundo adulto lo excede, y pasa a desahuciar la esperanza. Efectos secundarios: no podrá confiar en nadie, odiará antes de tiempo, aprenderá a comprender la debilidad del mundo y la torpeza de sus sostenedores. Un niño precoz vive a medias en el mundo. Un pie en la realidad y otro en el vacío. Se cansa pronto. Debe pensar demasiado, resolver tantas cosas. Si deja todo en manos de los adultos las cosas perderán sentido. Se vuelve rabioso, caprichoso. No tardará en ser castigado, por otros y por él. Por otros: reprimendas o bofetadas no escasean. Por él: obligarse a tener respuesta para todo. El pequeño precoz que es Antonin siente la tensión de esa carga a cada paso: tartamudea, su lengua se traba, sus músculos faciales se contraen. El mundo adulto se le revela como una máscara que le queda pequeña y le aprisiona el rostro. La madre es torpe, ridícula, impotente; en suma, no se puede contar con ella. Está solo en medio de los demás y de sí mismo.


Tiene 8 años cuando la muerte vuelve a hacerle señas. Se llevará a su hermana a escasos meses de nacer, igual que antes a su hermano. Los mayores se le aparecerán como responsables de esa privación injusta. Odiará a la muerte en los demás: los padres, los médicos, los profesores, su propio cuerpo, al que verá como uno más entre otros tantos personajes que le asedian. No tardará en desarrollarse en él una conciencia de perpetuidad que purifica el alma venciendo las limitaciones que le impone su cuerpo herido. Los demás son la muerte, ya que son cuerpos. Surge el impulso creador como una venganza y como un afán de trascendencia. A los 14 años ya son conocidos sus hábitos: el dibujo, la poesía, la polémica encendida y casi agresiva. Las clínicas le proporcionarán la excusa ambivalente del encierro y el dolor, fundamentos de su ira y de su arte. Comienza a desdoblarse para hablar con su alma cara a cara en las largas horas de los tratamientos y bajo el estímulo fiel de las “drogas benignas”. Las clínicas serán para Artaud su particular monasterio. Pasará durante casi toda la Primera Gran Guerra Europea (1914-1918) internado en condiciones de cierta indemnidad, lo que confirmará en él que las contingencias del mundo no son tan serias como para dejarse afectar o distraer por ellas.


Y como las manos de la madre o de los médicos que en su infancia le acercaban píldoras junto a golosinas, el incógnito autor del absurdo en que le toca actuar quiso brindarle otra paradoja con sabor a ironía: conoce un psiquiatra que ama la poesía y dirige una revista. Antonin le brindará doble confianza: se internará en su clínica -la más prestigiosa de Europa en 1920- y publicará poemas en revista Demian, de su propiedad. El poeta-psiquiatra Dr. Toulouse reunirá su propia obra en un volumen del cual el paciente-poeta Artaud será prologuista. Dirá en el prefacio: “Hay cosas que destruir. Hay deformaciones del pensamiento, hábitos mentales, vicios, por último, que contaminan los juicios del hombre desde que nace. Nacemos, vivimos, morimos en la atmósfera de la mentira.” Es cierto, no pueden ser mejores palabras para presentar a su médico tratante, pero ronda desde el principio un inquietante cosquilleo. ¿Cómo es que el hombre nace desde ya “contaminado y vicioso”? Antonin tendrá que explicarse con su propia vida. Desde ese instante el arte no será sino un ejercicio para revertir aquellos hábitos que deforman el pensamiento y dará testimonio de ello –no sabemos que haya otro más verídico- con su propia lengua y con su cuerpo. Si ya ha aprendido a hablar aún después de haber sido tartamudo y ha aprendido a moverse habiendo estado paralítico durante su infancia, ahora se impondrá expresar con el silencio y con los gestos. Iniciando su carrera de actor a los 26 años (uno de sus primeros roles magistrales será en “Antígona” de Jean Cocteau, desempeño que el joven novelista Raymond Radiguet calificará de deslumbrante) sin saber que, como Dante al comenzar su Divina Comedia o como Rimbaud al concluir su “Temporada en el infierno”, se encuentra en medio del camino de la vida, prosigue su domesticación de ese ser enfermo que es la exterioridad de sí mismo (“la vida es una enfermedad del alma” parece repetirnos) intentando someterse a toda prueba de emociones, exigiéndose expresión hasta el agotamiento. La búsqueda del amor será uno de los vicios congénitos del que no podrá librarse y ese hábito tendrá para él un nombre alusivo a su eterna adversaria, la vida: Génica. Quizá por eso jamás llegará a ser correspondido del todo. Génica Athanasiou y los surrealistas son ya su tregua con la soledad, pero sobre todo el teatro será en esos días su campo de batalla. La poesía en cambio, continuando el símil bélico, será su trinchera. En efecto, en las artes dramáticas buscará quedar expuesto y a la poesía tenderá como a un refugio, quizá como a un placebo, una grata paradoja de las agridulces internaciones clínicas signadas por el claroscuro de la mano tendida para adormecerlo cuando él ha optado por despertar, hacerlo severamente, en forma intransigente. Toma forma entonces el propósito vital de Antonin Artaud: despertar y sacudirse como quien se despereza de un letargo de siglos.


Un año después de su integración a las artes escénicas, en 1923, publica “Tric-Trac du Ciel”. Mucho después lo incluirá en sus obras completas advirtiendo que “ese pequeño libro de ninguna manera me representa”. Al año siguiente muere su padre y volverá a enfrentarse con la mancha patente que tira de él hacia los cabos sueltos de su infancia. El padre será para él una representación arquetípica, una esfinge del pasado. Lo odia por reproche a su distancia no física, no de ausencias o presencias. Le reprocha una distancia vertical, una distancia de jerarquías. El padre es el arcano IV del tarot, “El Emperador”. Y él busca “La torre”, aquella que para ser mirada de frente debe ser derribada. Cuando muere su padre se reconcilia con su imagen. El hecho será detonador de una epifanía que le confirma en una vez su oposición al drama de la existencia orgánica y su resuelta opción por expresar una condición del ser cuya presencia es profunda, casi inalcanzable. Parece una nueva paradoja trágica, pero la vida se revela como inhumana. Lo humano sería mucho más que las corporeidades cotidianas, aquello que queda recubierto, oprimido y que con la muerte del padre se manifiesta en todo su poder trascendente:

Entonces ese rigor inhumano del que yo lo acusaba, cedió. De ese cuerpo salió otro ser. Y por primera vez en la vida ese padre me tendió los brazos. Y yo, que estoy atormentado por mi cuerpo, comprendí que él había estado toda la vida atormentado por el suyo y que hay una mentira del ser contra la cual hemos nacido para protestar...”


(De "La Silla Peligrosa. Anti-ensayos sobre poesía moderna", L. Rubio; inédito.)

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