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"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

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martes, 10 de diciembre de 2013

LA TRADICIÓN DE LA MALEDICENCIA EN LA LITERATURA CHILENA


Grupo Mandrágora


Son frecuentes los episodios de agresión verbal inspirados por desavenencias literarias que se producen en el uso de las redes sociales de internet, particularmente el popular facebook. Es posible que estos fenómenos de cultura de masas ya hayan cambiado por completo nuestros hábitos en muchos aspectos, permitiendo canalizar con rapidez y eficacia el desprecio que los escritores, especialmente los poetas, nos profesamos mutuamente. Pero la proliferación de pandillas y fanfarronerías no es nueva en la actividad literaria ni dejará de ser una penosa tradición accesoria a la creación y publicación de poesía. Los poetas defendemos rabiosamente nuestros puntos de vista y algunos son fáciles presas de su ego desmesurado, que en sus afanes desesperados de reafirmación busca alianzas y adhesiones con escasa detención en los métodos, con nula compasión y pobre capacidad de empatía por la dignidad del otro. Es raro que exista un poeta que no tenga para contar una experiencia de agresión o provocación denigrante entre escritores, ya como receptor, espectador dudosamente neutral o como directo (y casi siempre orgulloso) causante. Es más que conocida la llamada guerrilla literaria entre De Rokha, Neruda y Huidobro, donde los argumentos y conceptos estéticos pasaron a segundo plano frente a la maledicencia en grados de neurosis colectiva, puesto que los nombres de cada poeta en juego era seguido por un enjambre apreciable de adeptos que, cual feligreses, estaban dispuestos a emprender sin demora la guerra santa en favor de su santo patrono respectivo. Algo menos divulgada pero no menos gravosa fue la rencilla entre los poetas del grupo Mandrágora y Neruda (con la consiguiente intervención de los nerudianos, cuánto más virulentos que el propio inspirador, hábil en dejar el trabajo sucio en manos de terceros), con pugilatos y ardientes manifiestos incluidos. Esa generación vanguardista que irrumpe a publicar en las dos primeras décadas del siglo XX, hace su traspaso de antorcha de esta ominosa tradición hacia la generación literaria siguiente, la del 38, que conformaba en su mayoría los grupos nutrientes de los liderazgos mayores. Los diversos grupos del 38 alternan sus odios con los anteriores y estos con aquéllos, los otros entre sí, mandragorianos contra serranianos (los del "verdadero cuento"); poetas de la claridad (antología de Tomás Lago) contra supuestos oscuros o herméticos (antología de Anguita y Teitelboim) que en realidad suscribían las diversas formas nuevas que irradiaban las vanguardias; rokhianos contra nerudianos contra huidobrianos y todos contra todos en densa maraña.

Parece ser una necesaria catarsis facilitada recíprocamente por el marasmo del medio "cultural" y la presión sanguínea agitada por el espíritu de activista que alberga todo escritor. Este panorama sabroso pero que bien mirado es sólo una manifestación vergonzosa de la mezquindad humana y sus debilidades anexas (envidias, celos, inseguridades, mediocridades) tampoco es extraño a la historia de la literatura universal. De hecho se entrecruzan con la historia nacional. Por ejemplo el propio Neruda desliza arteros epítetos contra los poetas afines a la primera etapa de su creación, lo anterior a la tercera "Residencia...", en su desastroso texto "Los poetas celestes":

"Qué hicisteis vosotros gidistas,
intelectuales, rilkistas,
misterizantes, falsos brujos
existenciales, amapolas
surrealistas encendidas
en una tumba, europeizados
cadáveres de moda,
pálidas lombrices del queso
capitalista
..."

Por cierto en este caso el mote despreciativo hacia el legado de Rilke va en la línea de la poesía metafísica del gran poeta de Praga, y no tanto hacia la poesía de aquél como resultado de la vida contemplativa, línea que sale al ruedo en otro episodio de la poesía chilena, el de la corriente lárica propuesta por Jorge Teillier, que también tuvo en Lhin su enérgico detractor, como probaré más adelante. Adicionalmente Neruda deja consignado su desprecio por André Gide, un poeta y escritor que, al igual que Rilke, en la perspectiva de la historia de la literatura y más allá de cualquier partidismo o pequeñez chovinista, muestra una obra lejos más interesante que la suya. Es muy probable que Neruda tome a Gide como paradigma de lo aborrecible por la sonada deserción del francés al comunismo militante después de su viaje a la U.R.S. S, donde fue testigo de la sordidez macabra del estalinismo y su modelo de sociedad de hormigas obedientes y ovejas asustadas en medio de la carnicería. Gide vuelve anticomunista desde el paraíso soviético y Neruda asegura su fama y fortuna cerrando filas con la obsecuente y maquiavélica institución liderada por Moscú, filial chilena. ("Ingrese al Partido Comunista y conviértase en el primer poeta de Latinoamérica", dice que le dijo el propio don Volodia). Su tarea personal y laboral pasa a ser, por tanto, difundir propaganda proselitista y denostar a los traidores. Pero hay otra razón, a mi entender, para emprenderlas contra Gide: lo que ahora se llama simple y llanamente homofobia, a falta de mejor concepto. Lo afirmo por el siguiente pasaje, donde vuelve a sacar a colación a sus antitéticos escritores de batalla vinculados por la misión del desprecio: 

"... viva el anarcocapitalismo, viva Rilke,
viva André Gide con su corydoncito, viva cualquier Misticismo...
Todo está bien...
Todos son heroicos...
Todos los periódicos deben salir...
Todos pueden publicarse, menos los comunistas
..."


(el subrayado es mío)

Desde luego se trata de una arenga paródica que busca exaltar su militancia a través de la auto-victimización. La clave es la alusión a "Corydón" de André Gide, publicado en 1924, el que seguramente es pionero en el planteamiento abierto de la homosexualidad dentro de la literatura contemporánea, defendiendo la idea de normalidad diferente o acontecimiento dentro de la diversidad natural de la especie humana. Este libro del premio Nobel de 1947 causó hondo impacto entre la intelectualidad de la época y fue objeto de reservas y censuras dentro de la comunidad literaria acomodada. Cuando Neruda usa la expresión "corydoncito" es como si estuviese diciendo "mariconcito", desde luego, si bien comete un despropósito literario mayor porque el nombre del libro de Gide está tomado de un personaje de las Bucólicas de Virgilio (La Égloga II, donde se exalta el amor del pastor Corydon por un Alexis que no lo corresponde) y el libro en cuanto a su estructura simula un diálogo a la manera socrática, por lo que la expresión de Neruda, además de odiosa y burda, linda con la ignorancia.

Que los poetas desconfiamos de nuestros pares, a los que rara vez les damos el valor de tales, es cosa segura y documentada, antes, hoy y mañana. Y somos rencorosos y tenemos memoria de elefante. De ese rasgo inherente al oficio se desprenden a veces situaciones de interpelación tácita o explícita según convenga, más o menos elegante según merezca. Continuando con la saga, cabe mencionar que cuando Parra publica su "Manifiesto" para graficar los puntos característicos de la antipoesía, -aunque es el poema en que peor lo hace-, alude con mordacidad a la generación de la vanguardia en más de un momento: "Para nuestros mayores / La poesía fue un objeto de lujo (...); Nosotros repudiamos / La poesía de gafas obscuras / La poesía de capa y espada / La poesía de sombrero alón (...)Ellos, nuestros abuelos inmediatos, ¡Nuestros buenos abuelos inmediatos! (...)", etcétera, el asunto también es conocido. Gonzalo Rojas por su parte publica un poema exclusivamente con el fin de ridiculizar a Braulio Arenas: "La cicatriz", aparecido en varias ediciones de sus siempre rearmados libros. El texto viene flanqueado por una advertencia:

"Duelo con espada no mortífera, de acero quevediano,
en loor de algún poeta de esta edad de hojalata
."


En efecto es Quevedo y sus invectivas compulsivas contra Góngora (contestadas por éste con igual filo) el inaugurador más reconocible y reciente de esta manía consuetudinaria. A veces, muy pocas veces, es el fermento saludable para debates e intercambios de argumentos rivales en el ejercicio legítimo de las propuestas creativas. Sus registros son paladeados con fruición especialmente por los buscones de prensa literaria amarilla. Es una tendencia que derriba mitos y devuelve a los personajes en su condición menos idealizada. Los escritores son -somos- grandes copuchentos, cahuineros selectos y consumimos gustosos esta arista del oficio. En esta línea se insertan las declaraciones de Gonzalo Rojas sobre Neruda (una vez más) cuando, en una entrevista conocida el año 2011, vertida el año 2006 para el periodista Marcelo Mendoza, dispara esta opinión no por verosímil menos asombrosa:

"La lata de Neruda -en parte grande- está en que no era disidente: era obsecuente el huevón¨(sic). Obsecuente quiere decir un hombre que no es de una fe limpia y sana. Lo opuesto a una disidencia es una fe, una voluntad. Neruda fue un obsecuente. Él era un arribista: lo fue desde niño y lo fue de hombre."

Viene a cuento recordar la antigua militancia surrealista de don Gonzalo en el colectivo La Mandrágora, cuyo lema -rubricado por Enrique Gómez Correa- era "Manteneos puros, libre de todo compromiso, libre de toda contaminación. Buscad lo desconocido. Penetrad en el misterio. Huid de los concursos, de los premios literarios, de la lepra y de Neruda. Amén."

Ahora bien, da la impresión de que este hábito se morigera a partir de la generación del 50, salvedad hecha por Parra. Especialmente en la generación del 60 es poco y nada lo que se consigna. Pareciera al menos, aparentemente, que prolifera una intención de fraternidad y de altura de miras que traspasa a la esfera más bien privada los enconos y canaliza las genuinas oposiciones de manera más moderada. Así al menos hasta el golpe de Estado de 1973, que lo enrarece todo, y la actividad literaria pasa a estar regida por otros códigos. Llanos Melusa es uno de los que suscribe y multiplica esta tesis de la buena convivencia. Sin embargo la expresión "aparentemente" no es poco decir. Hay un episodio casi nunca comentado que involucra a dos de los poetas de la generación del 50 que resultaron más influyentes en las posteriores promociones: Jorge Teillier y Enrique Lhin. Y pese a tratarse de nombres poco asociados a estas prácticas, no está exento de saña.



En efecto, Enrique Lihn declara en "Anales de la Universidad de Chile" N°137, de 1966 el siguiente lapidario aserto:"(...) Hay quienes, frente a los progresos de la cibernética o de la astronáutica -fuentes, por lo demás, para ellos, de una inspiración melancólica-, neorrománticos de chaleco, intimistas y fantasistas, prefieren el refugio de la aldea; en la medida, no obstante, en que creen estar garantizados, por obra de una encubierta erudición literaria lo suficientemente exquisita y gracias a una publicidad adecuada, contra el peligro de integrar la cohorte de sus protegidos: los poetas olvidados, vale decir, genuinamente provincianos.

Este falso provincianismo de intención supralocal, desprovisto de una ingenuidad que lo justifique históricamente, quiere reivindicar una poesía que naturalmente no tiene ya nada que decir, en nombre de otra, artificiosa, cuyo supuesto y cuya falacia estriban en que, ante un mundo moderno de una complejidad creciente, desmesurado en todos sentidos y en tan grande medida peligroso, la actitud poética razonable estaría en restituirse a la Arcadia perdida, pasando, en un amable silencio, escéptico, minimizador, los motivos inquietantes de toda índole que acosan al escritor actual abierto al mundo y oponiéndole a éste un pequeño mundo encantatorio, falso de falsedad absoluta, con sus gallinas, sus gansos y sus hortalizas
."

El aludido no puede ser otro que Jorge Teillier. La poesía "que naturalmente no tiene nada que decir", visto así, sería la suya, justificada "históricamente" por la "artificiosa" de Rilke, la que Lihn juzga falaz precisamente en el cometido que el lárico toma como pivote para blindar su estética en el conocido manifiesto "Los poetas de los lares" de 1965, cita que vuelve a instalar en "Sobre el mundo en que verdaderamente habito" de 1969, en revista Trilce: "Para nuestros abuelos una torre familiar, una morada, una fuente, hasta su propia vestimenta, su manto, eran aún infinitamente más familiares; cada cosa era un arca en la cual hallaban lo humano y agregaban su ahorro de humano. He aquí que hacia nosotros se precipitan llegadas de EE.UU cosas vacías, indiferentes, apariencias de cosas, trampas de vida...", etcétera (Correspondencia de R. M. Rilke).

En este artículo a guisa de poética, el citado de 1969, es decir tres años después del perpetrado por Enrique Lihn, Teillier replica en forma no menos resuelta:

"A través de la poesía de los lares yo sostenía una postulación por un "tiempo de arraigo", en contraposición a la moda imperante e impuesta por ese tiempo, por un grupo ya superado, el de la llamada Generación del 50, compuesto por algunos escritores más o menos talentosos, por lo menos en el sentido de la ubicación burocrática, el conseguir privilegios políticos, el iniciar empresas comerciales, representantes de una pequeña burguesía o burguesía venida a menos. Ellos postulaban el éxodo y el cosmopolitismo llevados por su desarraigo, su falta de sentido histórico, su egoísmo pequeño burgués. De allí ha nacido una literatura que tuvo su momento de auge por la propaganda y autopropaganda, pero que por frívola y falta de contacto con la tierra, por pertenecer al oscuro mundo de la desesperanza, ha caducado en pocos años."


Ahora bien, cabe consignar que en 1961 Enrique Lihn publica en  en el número 3 de 
la revista Alerce un artículo festejando latamente el libro de Teillier "El árbol de la memoria". En el artículo Lihn expresa:


"Contra estos excesos un cierto grupo de nuevos escritores chilenos está prevenido por la naturaleza misma de su vocación literaria, de su objetivo estilístico. La innovación rilkeana a la experiencia, a la recapitulación de la experiencia, a los recursos que es preciso acumular y olvidar y convertir en nosotros mismos, previa la elevación de "la primera palabra de un verso", ha sido recogida, de otra manera, pero en sentido semejante -guardando las distancias- por este grupo de poetas realistas, si no se entiende por realismo un modo pedestre y programático de imitación de lo real y de exaltación de determinados valores vitales."

No es del todo claro, pero ya parece estar caldeando el ánimo para una refutación de batalla que probablemente un episodio directo, cara a cara, no libresco, logró cristalizar.

Es interesante repasar estos pasajes en el caso de un poeta como Teillier que habitualmente es presentado como una especie de monje beodo o blanca paloma disfuncional por hipersensible, unánimemente aclamado y provisto de un fuero de inocencia. Es saludable que no lo fuera, o al menos no tanto como para poner la otra mejilla.

Al calor de estos hechos apenas resumidos, no debieran sorprender los pugilatos que cada cierto tiempo tienen por escenario la provecta casona de Simpson 7 en Santiago de Chile. Mucho menos deben extrañar las enconadas polémicas que a partir del 90 y con mayor crudeza a partir del 2000 se han sucedido como secuela de las antologías que proliferan de la mano de nombres canonizados por diversos tropeles de favorecidos, o por efectos de los cada vez más onerosos concursos.

Hay también una tendencia ligeramente marginal a escribir poemas provocativos, suertes de artes poética o manifiestos solapados que cumplen la función de los guantes arrojados para un duelo sin padrinos, o en su efecto más inofensivo, el ritual infantil de tocar el timbre y salir arrancando. Se acusa, se denigra, se fastidia, se estigmatiza otros modos de hacer poesía en nombre de principios tan borrosos como sus finales, las más de las veces alentados por estertores del realismo socialista, que por gracia entre sus desgracias no sólo es un cadáver que respira sino que a veces hasta insufla respiración asistida a francos-tiradores de toda marca. A veces, con suerte, aparece alguna línea de auténtica poesía en esta clase de apóstrofes.

A la hora de mostrar su resentimiento los poetas no son mejores que un matarife de feria o un carterista. Yo mismo he tenido mis periplos de virulencia en varias calidades dentro de este teatro de roles, y debo decir que hasta mi expectativa más pesimista se ha visto sobrepasada por la capacidad de odio que se me ha remitido a partir de mis interpelaciones a la actual escena de preferencias literarias y dudosas fórmulas para el éxito de audiencia. No es el momento de dar los nombres ni reproducir las circunstancias o expresiones que he recibido por ciber-acoso. No sé si valdría la pena siquiera difundir esos hechos alguna vez, sabiendo de antemano que no son más que pasajes menores dentro de la historia universal de la infamia. La podredumbre de algunos es mi testigo. Cabe preguntarse si no sería mejor desterrar la condición de poeta al índice de las malas palabras.

 

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