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miércoles, 19 de marzo de 2014

CUENTOS PARA NO DORMIR

de Malas Costumbres, Mosquito Ediciones, 2013


1

Recomendado entre 12 y 17 años




En el país de Nunca-Jamás los niños no siempre vuelan
porque a veces recuerdan las buenas costumbres
                                                                                  y caen;
sus tatuajes a veces se deshacen con la lluvia ácida
y en el rostro derretido aparecen los años
pero vuelven a pintarlo con excrementos sagrados
que la alquimia del ocio transforma en colores.
En el país de No-Por-Siempre
los habitantes están atados a la etapa anal
y por eso tienen pensamientos alegres a toda hora;
hay un pirata parafílico que rompe los relojes con un gancho
y desea a Peter, el efebo que toca siringa
cuando despierta de su siesta pánica
                                                           vestido con enredaderas
que apenas ocultan su pubertad de diamante
pero no tiene vello púbico
porque es huérfano y feliz
                                               como carne cruda o fruto verde.
Todos aman a Wendy, la madre de 12 años
que inventó el beso, un conjuro hecho con baba
y hormonas de flores salvajes.
Peter tiene el labio superior delgado
y el inferior hinchado y un dedo con lubricante;
a veces se lo muerde pensando cosas imposibles
que son las únicas posibles en el país de Nunca;
tiene el pelo ensortijado
y un pene pequeño que nunca crecerá
porque todos los penes crecen, excepto uno,
y no conocerá felicidades que envejecen.
Peter es el Pan más bello de los faunos;
                                                                       su sombra desatada
recuerda las desgracias de otros
                                                           atados a sus sombras.
Habla por la ingravidez de sus eternos 13 años:
oh señor, usted ofende la razón
y estoy encantado de ofenderla con usted
aunque el capitán odie las hadas
                                               porque no sirven para el sexo
y las mate como moscas no creyendo en ellas
y haga planes de cacería
pellizcando el trasero de los niños indios
mientras afila su garfio de manco
y su loro desplumado caga en los cráneos
                                                           de prisioneros muertos.
En el país de Nunca-Nunca
la historia nacional es un cuento bizarro
para vagos teatrales, para locos hediondos
y poetas insolventes, antisociales con gracia
y desadaptados histriones,
donde las malas excusas arrugan el paño del rey desvestido
y los púberes sopranos se transforman en star-pop
                                                           y luego en zombies de silicona
                                                           porque todos los niños crecen
fatalmente al igual que sus escrotos
y sus nueces de adán;
todos,
                        excepto uno.

Bobby Kendall; fot. de James Bidgood




















2

Todo espectador


Neverland es un cuarto sin ventilación
donde un niño no quiere dar nombre a los gatos
para no hacerlos reales.
Sus padres han muerto en ese cuarto.
Ambas podredumbres están ahí
pero no pueden verse con luz diurna
y las mariposas negras se quemarán las alas en una vela
que sólo se apaga con el dorso de la mano.
Neverland es un sitio donde el aire viciado
con olor a candelabros, a ropa de mujer
y a bacinicas llenas
detuvieron el crecimiento del niño.
Los gritos de las fotos, el ruido
de las estaciones con engranajes oxidados,
los adultos disputando un lugar
en el precario espacio de los catres de fierro
que rechinan durante las masturbaciones
atrofiaron al niño.
Y nunca tendrá un cuerpo
que pueda albergar un alma deseable.
Fruto detenido en la implosión,
tocado a destiempo, pasmado
                                               en el soroche.
James Barrie dirá que fue feliz
con su 1.47 mt. de jocosa mala suerte
y aunque los suicidios y los muertos de guerra
no harán llorar al niño
-le dirán indolente malcriado-
al punto que parezca conforme,
nunca tendrá un cuerpo
donde puedan acomodarse
los órganos de un alma bien desarrollada



George Frampton

J. Barrie
Peter Pan y Wendi; portada 1911
Jeremy Sumpter, film, 2003


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