martes, 18 de marzo de 2014

NIÑOS TERRIBLES

de 'Actas de (mala) fe'; Mosquito Ediciones, 2014























Extraño es tu corazón.
Más extraño aún
quien lo ama.

(L. Hernández)



Colmado de misticismo



Mi amigo tiene 16, me lleva por dos años.
Su nombre es Juan Arturo.
Come poco, casi no duerme.
A veces lo sorprendo a medianoche
en la ventana embelesado en la luna.
«Estoy esperando un eclipse» me dice.
O bien «quiero sorprender el paso de un lobo».
Puede pasar hasta cinco días sin salir de su cuarto.
Sólo acepta recibir a su hermana.
Ella me dice «no pasa nada loco»
y bate crema de huevo por horas con la vista perdida.
Nosotros éramos del montón,
nos reconocían a la legua, sin drama.
Pero este Otro lo ha trastornado todo.
No respeta horario ni costumbres
y por su culpa me tienen vigilado.
Le guardé unos libros que le tenían prohibidos.
Un día apagó un fogón meando sobre él.
Tomaba un sorbo de whisky y meaba.
Dijo que en adelante se llamaría «el extintor pirómano».
Yo me doblaba de risa, era un encanto.
Lo expulsaron de la casa con una escoba.
Saca de quicio todas las puertas.
Una vez amarró un trozo de viga a la espalda de un gato,
le puso una corona de espinas y lo echó a correr.
Otro día colgó un ratón en la boca de un Cristo de Bizancio.
«Lleva mucho sin comer» explicó,
pero éramos niños y no hubo castigo.
Entonces supe que un día lo iba a perder.
Ahora me dice: «deseo convertirme en un canalla».



óleo de Fantin Latour, detalle.





















Cada vez más simple


Y me lo preguntas a mí
que me paso con fiebre, que ya tuve paperas,
alfombrilla y herpes de puro baboso,
que no doy pie con pelota,
si más bien llego al aula por inercia
metido en mi propia oreja que se pliega
por cada uno de mis años preservándome
en las voces que cambio, sonorizándome,
para advertir los bultos y capear los golpes,
murciélago diurno movido por un radar-sonar deseoso.
Yo que me duermo en clases
para agregar a las 10 horas que paso en catalepsia
hasta que una nueva erección me indica el día
con un bio-reloj siempre insatisfecho.
Y tú me quedas mirando con rictus de ícono votivo,
me dices ¿...por qué habría de serme tan difícil?
y yo apenas puedo balbucear mis palabrotas
cuando advierto que algo sin origen
exhala un perfume a vidrios de colores,
a veranos recién nacidos,
a domingos de plumaje húmedo,
a semen de hierba del silencio, a lágrimas de muro,
a sonrisa de pan. Y me lo vienes a decir a mí
como si yo tuviera alguna idea útil,
alguna estrategia antes que mi falta de tino,
me dices yo sólo quería vivir eso que tiende a brotar
espontáneamente*, como amebas de un charco.
¿Justo a mí que en 14 años de vida
no he hecho más que temblar de deseos?


(*) H. Hesse




Fot: Lindsay Lozon





















Por el bien de todos


Si, lo reconozco: te apresé y te tiré de bruces por medio de una llave de piernas
y apreté tu rostro contra la arena más áspera y caliente a esa hora
en que parece haber guardado todo el sol que empieza a desinflarse en el horizonte;
y tiré tu cabello para sentir esa miel que brilla y ensucia
y deja cristales en los dedos. Clavé mis rodillas en tu espalda
y torcí tu brazo menos frágil de lo que yo esperaba
y entonces noté esa pelusa castaña en el comienzo de tu espina dorsal,
noté el dibujo de tus costillas y tus omóplatos lisos,
como una estrofa de un poema primitivo que hablara de los tiempos
originarios, del comienzo de la forma y del nacimiento de los dioses **.
Entonces te vi por revelación repentina
como eras en otros momentos cuando descansabas boca abajo
en la arena, con los pies flectados hacia arriba
y el mentón clavado contra una mano, la toalla humedecida
achurando el talle de tu espalda. Recordé cuando me mirabas en esas tardes
que ya no vendrán y era como perdonarme la vida
que yo ahora no quería perdonarte y tu mirada era de valor y tristeza,
amor y lástima, haciendo de mí tu siervo, tu hermano, tu animal, tu objeto
pero al mismo tiempo concediéndome el plazo para mortificarte.
Como aquella vez que pusimos una tabla de puente sobre un foso de arena
con criaturas marinas que esclavizamos y fue la envidia
entre los otros niños de la playa y la dejamos abandonada de tan satisfechos
y nos halamos por los hombros para impresionar a aquel cincuentón
que siempre leía desde su silla de tijeras y no nos perdía movimiento.
Pero no sé si por venganza –¿y en reclamo de qué?–
o un modo de obtener de ti otras atenciones, quise vencerte
esa tarde buscando una fuerza adicional
que nos hiciera cómplices o más iguales,
porque somos hombres, así tenemos que buscar nuestro contacto,
así nos exigen que seamos, brutos y torpes
y cuando estabas ahogándote contra la arena
y te sentía debajo de mí parecido a un pescado agonizante
y te solté en el momento justo, sabía que no querrías perdonarme
y que estaba dando fin a ese verano con esa otra forma de deshacer
nuestras ciudades de arena: derribando el puente en nosotros.
Es que tengo un año más que tú y a los quince las cosas se ven diferentes,
debo ser violento, aún más si sé que tu presencia me hace más ridículo.
Pero te juro que por unos segundos ese día me vi desde afuera,
vi mi edad, te vi a ti y vi la playa con todo sustraído del tiempo,
haciendo de nosotros una estatua grabada por la mano segura de un ciego
que lleva las formas consigo sin haberlas preparado.
Éramos un acto troquelado, una improvisación de golpes de cincel
en un material de día recién creado o mundo recién descubierto.
Por eso volví este verano a este mismo sitio para explicármelo,
porque los seres como nosotros, amigo,
estamos hechos de una permanencia quebradiza
semejante a nuestra torre de arena:
los deseos nos obligan a no reconocernos en nada ni en nadie.



(**) Thomas Mann


Fot: Konrad Helbig



















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