sábado, 5 de abril de 2014

FOTOGRAFÍA DE EVGENY MOKHOREV

Nació en 1967 cuando San Petersburgo se llamaba Leningrado. Su fotografía no es espontánea pero fluye como variaciones barrocas de la contemplación. Es la teatralidad de las formas en el contagio de sentidos que da la aproximación. Sensual siempre, erótica a veces, pornográfica nunca. Incita más que excita. No es cómoda, es urgente. Algunos de sus temas: la infancia desafiante; la violencia que decanta y no amenaza; la inocencia provocativa; el deseo sin género; el símil de los cuerpos; el andrógino libre; el enmascaramiento; el desdoblamiento del género; la analogía de las formas; la circularidad de la energía; la melancolía de la belleza masculina; la agresividad de lo femenino; la fragilidad de los cuerpos en inminente contacto; la intervención súbita que reinventa los espacios; el movimiento latente; el efebo sustraído al tiempo. Lo masculino y lo femenino se cruzan en sentido contrario asignándose lenguajes comunes en la colisión incruenta de las miradas, los roces, la proximidad. No hay niños que no sean un poco adultos ni objetos que no sean un poco carnales ni cuerpos que no sean un poco objetuales. Hay relatos silenciosos sobre abandono, instintos, soledad, ocio, libertad, voluntad, secretos, amor, rabia, diálogos sin palabras. El cuerpo suele poner en movimiento el espacio donde irrumpe. Sierpe, svástica, ese (S), falo, árbol, oróboros, cisne, ángel. El atavismo fetal es a menudo una forma de apropiación del sitio o una respuesta del cuerpo a la necesidad de circunferencia de los lugares, los mensajes, las potencias, las músicas implícitas. Sus aliados son la sombra, el perfil, el contorno, la piel, el contraluz, el reflejo. La poética fotográfica de Mokhorev es la insinuación como estrategia de resistencia. Siempre triunfa el cuerpo. Todo aparece como emergiendo o retornando. No existen las culpas en el argumento de sus imágenes.
























































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