lunes, 19 de mayo de 2014

EL ARCHIVO, LA PIEL Y LA LENGUA, (Sobre 'Piedra Negra' poesía de Leonidas Rubio)

por Antonio Silva 
Diciembre, 2009


Diversos problemas se aparecen mientras se recorre Piedra Negra, reciente entrega de Leonidas Rubio, poeta que vive y trabaja en Curicó y cuya presencia en el panorama de la poesía chilena se registra ya desde principio de los años 90.

Piedra Negra es un texto cuya complejidad reside en establecer una pregunta muy radical sobre la experiencia misma del lenguaje y su manera más directa de cristalizarlo: el cuerpo. La escritura siempre deviene problema al poner en escena dificultades y tensiones que interrumpen su mecanismo de despliegue en sí, es decir, la palabra es capaz de armar y desarmar mapas obstaculizando cualquier posible pesquisa apacible  que una empresa de lectura analítica/interpretativa pretenda hacer. Piedra Negra es un ejemplo de este problema. El autor deja pistas para mostrarnos un territorio que luego pone en penumbras. Más que un estado, lo descrito es una síntesis de tiempo y lugar, imágenes quebradas y dispersas salidas de un itinerario a ciegas. Un deseo abierto y transfigurado en cuerpo de carne y de la letra o de la voz que Leonidas Rubio pone a disposición del lector para atravesar la experiencia del lenguaje.

Hay un planteamiento interesante en esta odisea: el volumen material del libro. En su planteamiento material, voluminoso y extenso, el libro acciona su política de inventario al deletrear uno a uno los fragmentos de una realidad doblemente anquilosada. Por un lado lo vivido y lo soñado, por otro la voz individual o plural, la voz de un cuerpo o el ethos de un paisaje. Toda experiencia es inasible en su narración, de ahí las tensiones con que Piedra Negra habla el derrumbe de la historia.

La poética de Rubio dialoga de manera tensa e intensa con el programa estético de la poesía lárica. De  aquella matriz emergen los primeros recursos estilísticos y temáticos que el autor pone en circulación, pero luego, a medida que se abren las gavetas  de su metaArchivo,  los efectos de esa acción se tuercen bajo un halo fantasmagórico donde la experiencia misma del lenguaje entra en suspenso. El texto experimenta movimientos y sobresaltos constantes. Está  pensado y cuajado en un marco reactivo que constantemente transgrede su propio tiempo. Rehúye a la regularización escópica de una mirada clasificatoria y ordenada, y se entrega sinuosa, como alfabeto de ciego a una ruta donde ninguna certeza es posible, ni siquiera la muerte. Si bien se apela a un declive fásico de la experiencia, está en juego su predeterminación o su movimiento silente, que traslada y conduce a ninguna parte.

El calendario que propone Leonidas Rubio está fracasado porque el tiempo con que trabaja es inabordable. El tiempo es una preocupación central del autor. Conceptualizado como interrogante, peso o cadena a romper, el problema del tiempo aparece en Piedra Negra como tic intranquilizador donde se ajustan cuentas con secretos e historias íntimas y remotas, factuales y lacerantes. Aquella promesa  se lanza a diseñar  una biografía coherente. Sin embargo, el autor está precavido y al tanto que la emergencia de un Yo es imposible.

La experiencia es entendida en el  texto como un diagrama circular. Una operatoria vía afecto/efecto. Es aquel pie pisado por el paso en que no muta aunque la palabra esté constantemente cambiando de piel. Su autor invoca y somete su textualidad a toda una mecánica alquímica -como él mismo la llama: "una alquimia intima"- en el hipotético deseo de cambio y mutabilidad. Sin embargo,  al revisar Piedra Negra se constata que los textos de Leonidas Rubio están en plena ebullición, es decir sometidos  a un movimiento cuasi perpetuo, que le proporciona una dinámica física de movimiento complejo. Las exilia y las retorna a la vez, las tensiona en una disposición cronométrica, como dispuestas y posibles siempre para ser un nuevo pero a la vez mismo argumento.

Si en Proust la escritura tendría por función alterar la fugacidad del tiempo, la estrategia de Leonidas Rubio podría ser no reiterar sino iterar sentidos vitales para establecer la promesa de un cuerpo propio. Sólo en ese juego tiene cabida y objeto la voz que opta por una arquitectura alquímica que transmuta sus sentidos para poner en recambio interminable los estatutos de su Voz.

La figura del vagabundaje también se me aparece problemática. El texto designa un nomadismo permanente de lo que nominaliza por antonomasia como La Historia, ese meta-relato aglutinador y unificador que posibilita la “coherencia” discursiva. Rubio escapa también a todo posible afán totalizador de una memoria propia, se posee historia en el asentamiento. El vagabundaje de su voz imposibilitaría la “única versión”, “el dato específico” ,“el hecho en sí”. Dichos aspectos se me aparecen problemáticamente significativos al ser Piedra Negra un corpus que revisita la producción de Leonidas Rubio desde finales de los años 80 hasta nuestros días, como dispositivo ambiguo de celebración de, por un lado, un careo con un tiempo abominado y de un paso a otra veintena de años. ¿Qué quiero decir con esto? Que esta operación auto-antologadora nos trae noticias de una imposibilidad, de un friso narrativo trizado por un tiempo que está más allá de la pura cronología, un tiempo que toma de la alquimia su fuerza utópica para horadar la inmutabilidad de los electos.







Nota: Antonio Silva (1970-2012) fue autor de Andrógino (1996), Analfabeta (2000) y Matria (2008). Participó en la presentación de PIEDRA NEGRA (Mosquito Ediciones, 2009) de Leonidas Rubio en noviembre de 2009 en el Museo Vicuña Mackenna, Santiago de Chile, donde leyó el presente texto.



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