martes, 3 de junio de 2014

CUADERNOS DE EMERGENCIA. XX Aniversario (2)


(Veinteañosdespués) 














 por Cristián Gómez Olivares*



Habrá que hacer memoria, ya que las fechas así lo exigen. Conocí al autor de este libro en el año mil novecientos noventa y uno, cuando ambos formáramos parte del taller de poesía de la fundación Neruda. Ambos debutábamos en la década de los veinte, entre otras cosas.

En ese contexto, y sin querer hablar del libro a partir del autor, me tocó conocer distintas poéticas, o esbozos de poéticas, la mayor parte de ellas en pañales por aquel entonces. Algunas continúan así, otras simplemente abortaron poco después de intentar haber nacido. No fue el caso de Leonidas Rubio.

Partamos, entonces, por los orígenes de esta escritura, vayamos a la caligrafía que la traza, término que me apropio a partir de Ana Porrúa, quien contrapone este concepto precisamente al de escritura, en el afán de no sistematizar algo que puede ser estudiado en sus componentes básicos. Así, Cuadernos de emergencia veía la luz en ese noventa y cuatro de transitoriedades incumplidas dando en el clavo a partir de su título. Por muchos años leí esa emergencia como premura, como urgencia y/o desastre ocurrido o por ocurrir. Tal vez haya sido ésa la intención del autor. No lo sé y, por el momento, no me interesa.

Pero, si los (hipotéticos) lectores me lo permiten, quisiera hacer un desplazamiento a partir de mi propia lectura y suponer que el sentido de esa emergencia no era lo catastrófico como supuse durante mucho, sino simplemente el otro significado de la palabra, el de aparición, el de emerger. Tal vez Rubio necesitaba en aquellos años menos amigos y mejores lectores, porque haciendo este pequeño cambio en nuestra mirada se entiende, creo, mucho mejor este libro.

Cuadernos de emergencia está conformado por cuatro secciones (Tango de la gente, la verdadera historia de los vagabundos, Hechos objetivos y Epístola a Ernesto Cardenal). En ellas encontraremos, por sobre todo en las dos primeras, poemas que intentan encontrarse a sí mismos, balbuceos e inseguridades en torno a la palabra que sin embargo no empañan el conjunto como suma de ensayo(s) y error(es). Bautismo de fuego en el que muchos de estos textos se lo juegan todo en conseguir el adjetivo que más tuerza la significación, estos poemas abogan por un tipo de poesía que encuentra su razón de ser en lo extemporáneo.

Me explico: consolidado el proyecto sacerdotal de Zurita (que seis años más tarde se consagraría políticamente con el Premio Nacional, tiempo después con la monumentalidad indiscutible del compilatorio Zurita) y plagada la escena poética de imitadores con mayor o menor fortuna de Teillier, en un momento en que lo mejor del legado parriano había sido “traducido” por Enrique Lihn y otros que habían tomado la posta creativa del poeta de San Fabián de Alico, Leonidas Rubio decide optar por la anacronía. En un gesto muy noventero, como es la irrespetuosa recreación libre de poéticas previas y/o ajenas, como lo hiciera Antonio Silva mezclando en un mismo texto género e indigenismo para alcanzar una voz que resultaba inconfundible, el autor de Cuadernos de emergencia se lanza al ruedo para inventarse una dicción lindante con el hermetismo que no hará sino sembrar las semillas de una estética que se prolongará en futuras publicaciones del autor. Pero en este primerísimo libro, amén de autores consagrados que antes exploraran tales rumbos, como Rosamel del Valle, Humberto Díaz Casanueva y Gonzalo Rojas, de los cuales es difícil declarar deudas directas, aunque sin duda exista un espíritu compartido, Leonidas Rubio ensaya prioritariamente el gesto de asentar sus reales, de reafirmar sus dudas con un ritmo que es imprescindible para el logro de tal poema:


Nuestras palabras no llegan todavía
hay que jalar con cada día del pasado
pedir auxilio en el jardín dar anticipo
por los planetas incipientes de la esquina
Tengo un pájaro en el puño
y estoy dispuesto a matarlo con tal
de no perder ni una de sus plumas
y para no matarlo lo libero y lo esclavizo
y para no perderlo lo esclavizo
                                        y lo libero


Si leemos con detención (las cursivas que aparecen aquí son nuestras), es posible ver el carácter de esbozo y desamparo que, aun así, no llega a ser intemperie. Las palabras por las que se espera en medio de un jardín (i.e., fuera de la casa, pero no necesariamente en total abandono) sólo se ven confirmadas en su condición de bosquejo por el adjetivo de “incipientes”. La contradicción de los versos finales sirve para reafirmar esa tentativa que es aún este conjunto.

No obstante lo dicho hasta aquí, quisiéramos subrayar que ensayo no es necesariamente error, que la piscina vacía a la que se lanzara el poeta joven hace veinte años, no carecía por completo de agua. En ese sentido, el último texto del libro, “Epístola a Ernesto Cardenal”, es de lo más elocuente que hemos leído en cuanto al establecimiento de una poética por contraste, a través de la cual se homenajea y se toma distancia al mismo tiempo del homenajeado, no sólo para diferenciarse de él, sino para fundamentalmente establecer un camino propio.

De ese modo, en esta epístola se desvalorizan, llenos de ese escepticismo antiredentorial propio de aquella época de desencanto, los proyectos de la izquierda revolucionaria, pero también la(s) estética(s) resultantes de tal matrimonio entre poesía y política. El oprobio, sin embargo, no termina allí, sino que también se deploran los tiempos que al hablante le tocan vivir, reivindicándose una ética de las convicciones antes que de las transacciones:

¿Y por qué/no la prosa en vez del verso, por qué no
la compraventa en lugar de esta manía autista?

Aun cuando excede la brevedad de estas palabras, no estaría demás tener en cuenta que esta visión panorámica de la situación en que se encontraba un poeta joven chileno a principios de la década del 90, por muy personal que sea la versión de Rubio, tiene su contraparte o su complemento en por lo menos dos poemas de Germán Carrasco, sin descontar que otros poetas hayan probado con otras versiones de lo mismo.

Me refiero a los poemas “Un panorama” y “La escritura”, del ya citado autor. En ambos se nos traza o bien una visión general de los problemas de la escritura, a partir de un corte diacrónico, o bien desde una reflexión particular en torno a la caligrafía del escribir, respectivamente. Tal y como si fuera un ritual de paso, también encontramos un afán semejante en, por ejemplo, “Los elegidos”, de Andrés Morales, aunque de una generación anterior, apela a sentimientos (supuestamente) compartidos entre aquellos que sufrieron la escritura.

“Epístola a Ernesto Cardenal” es el cierre perfecto para un libro que anuncia lo que viene: el abandono de los megarelatos sólo traerá consigo un implacable desierto, un fastidio del que no hemos sabido ¿ni hemos querido? desembarazarnos.






* El autor nació en Santiago de Chile, en 1971. Es poeta y profesor de literatura en la Case Western Reserve University, Cleveland, Estados Unidos. Ha publicado entre otros libros: Alfabeto para nadie (2007), Como un ciego en una habitación a oscuras (2005), Pie quebrado (2004), Homenaje a Chester Kallman (2010 y La casa de Trostsky (2011).






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