miércoles, 11 de junio de 2014

CUADERNOS DE EMERGENCIA. XX Aniversario (9)

Ruido de taller: plazos del emerger urgente
(Apuntes sobre los años 1988 a 1994)



I.- Concepción, capital poética de Chile


En 1990 vivo en un limbo. No conozco la prisa, y si mal no recuerdo, era dueño del mundo, yendo y viniendo por los pasillos del Conservatorio de la Universidad del Bío-Bío y del Departamento de Español de la Facultad de Lenguas de la Universidad de Concepción. Llego a saber de contubernios, alianzas, miserias y grandezas de aquellos hombres que han dedicado su vida a la ciencia literaria, llevando el nombre de su Academia más allá de nuestras fronteras. En marzo de ese año se llama a un concurso de poesía regional para seleccionar a 10 postulantes que formarán parte de un Taller de poesía impartido por Floridor Pérez al alero de la Universidad. El jurado está compuesto por los profesores Mauricio Ostria y María Nieves Alonso, además del propio Floridor, quien ese año es escritor en residencia, becario de la Fundación Andes. Reconozco a Floridor en un pasillo de la Universidad, me presento y le entrego personalmente unas hojas encuadernadas con mis poemas. Las hojea en mi presencia, celebra el verso ancho y la estrofa de versículos con margen interior, por "inusual entre los jóvenes". "Tiene algo de rokhiano", me dice seguido de un "mereces estar", pronunciado con tono de perdonavidas. Vuelvo a casa bajo la persistente llovizna penquista sintiéndome una masa en expansión. Entre los integrantes de aquel taller recuerdo con especial detención a Janette Hueitra, estudiante de Química venida desde Chiloé, donde fue miembro de la última hornada de jóvenes poetas de Aumen, el taller fundado por Carlos Alberto Trujillo en 1975. Su poesía era contingente pero atenta a las sutilezas de la frágil condición humana. Ella decía preferir mi estilo mordaz y barroco de entonces. Nos admiramos mutuamente. Al siguiente verano ella volvió a Chiloé y no volvimos a vernos. Y hubo otro al que no volví a ver, otro que, no dudo, era el mejor poeta de los que allí estuvimos, no obstante jamás firmó una página. Su poesía se hacía de otro modo. Un día le digo: “¿de qué es metáfora esta respiración?” Me responde “del adiós que vendrá un día”. Y así fue.

Escalera del Dpto. de Lenguas, UdC. Leonidas Rubio (der.), Gonzalo Rojas (abajo),
Floridor Pérez (medio) y otros integrantes del Taller de Poesía universitario.
Estaba también allí Marcelo Rioseco, que se obligaba a la originalidad. Estudiante de Ingeniería y mayor que yo en un par de años, le recuerdo con su aspecto vampirezco que él acentuaba con anchos abrigos de los que a veces sacaba un libro de De Rokha y lo arrojaba con estruendo sobre la mesa diciendo: "este es el remedio a todos los males". De escasa conversación, su turno en las lecturas de taller no era esperado con mucho entusiasmo. Nunca nadie podría haber imaginado que en 1994 este autor ganaría el codiciado premio Revista de Libros de El Mercurio con su libro "Ludovicos". Cuando leí trozos del libro en un escaparate, observé que así como en 1990 Rioseco aprendía a silabear en De Rokha, en esta oportunidad lo hacía parafraseando a un Huidobro de primera lección, de cuyo Altazor el Ludovicos era una triste caricatura. Pero bien dice don Gonzalo que los premios son "disipación y estruendo": hoy nadie recuerda el libro de Rioseco, como los de tantos otros flamantes ganadores de laureles de un día.

Y a propósito de Gonzalo Rojas, recuerdo nítidamente a otra integrante de aquel taller de la Universidad de Concepción de 1990: Mafalda Villa. No la recuerdo por sus poemas, de los que a decir verdad jamás acusé recibo. La recuerdo porque ella da la medida de mi ruptura con el estilo rojiano y me abre de lleno a una disyuntiva vital: hasta dónde es legítimo citar la intimidad en un poema cuando se involucra a terceras personas con nombres, pelos y señales; hasta dónde merece exhibirse la experiencia compartida e incorporar lo cotidiano como material literario cuando esto exhibe de paso la intimidad de una persona real. Me pone en definitiva frente a un problema ético. Pero también frente a un problema estético. El anecdotario es germen nutriente del género testimonial (como lo es este discurso sin ir más lejos) pero en poesía su conveniencia es más esquiva. La poesía está reservada para más altas intenciones que dar evidencia de la capacidad sexual en la edad senil, máximo cuando ponemos por testigo a alguien que no tendrá oportunidad de defenderse. Así las cosas, cuando leí en Río Turbio, de Gonzalo Rojas, líneas como esta: "Amé a una muchacha de vidrio /  transparente y bestial este verano... /... el epicentro de su rotación /  y traslación era el fornicio... / todo se hizo difícil, amaba a otro / y yo andaba en la edad de los patriarcas / intacta sin embargo la erección / aunque lisa y llanamente amaba a otro..."  Luego en "Rock sinfónico": "Mafalda era la ciega", "me empujaba casi fuera de la cama", etcétera, pensé claramente que hay una edad para hacer obra y otra para esperar la Parca. Así el poema "Adiós a la concubina" dedicado a la altiva Mafalda, pasa a ser también un adiós a la magia. Y mi ex condiscípula en el taller de 1990, Universidad de Concepción, no habrá ingresado a las páginas de la poesía chilena por sus propios escritos (de cuyo talento no me atrevo a dar fe) sino por haber inspirado las páginas más mediocres de uno de los suyos, al que se acostumbra tener por maestro. Pero en honor a la verdad recuerdo no menos que aquel desaliño el otro portento de esos mismos años adolescentes, cuando la noche en que me tendí a leer "Del Relámpago" -a mis dieciocho- el cielo estaba aún estrellado y conforme yo leía de corrido hasta el amanecer las 311 páginas perpetuas, el viento del noreste, anunciador de aguaceros, que sopla desde el mar internando en Concepción el olor del puerto de Talcahuano se fue colando por las rendijas de mi puerta, coincidiendo exactamente la última página con un trueno seco que sacudió mi refugio en Laguna Redonda, justo allí donde dice "la realidad / detrás de la realidad / pero desde el relámpago". Cerré el libro como en estado de trance y apagué la luz. Los fotones eléctricos envolvían el cuarto cuando, aún con el regusto de los versos clarividentes, oí llegar el estridente diluvio sureño.




II.- Fertilidad de la emergencia

Mi relación con Floridor Pérez está marcada por una tensión de tutor mañoso a pupilo irreverente. En un ejemplar de su libro "Chilenas y Chilenos" me escribió la siguiente dedicatoria: "Apuesto a que este poeta se vencerá a sí mismo y triunfará". Aún no entiendo qué pudo querer decir y presumo que él tampoco. Cuando a mis 24 publiqué Cuadernos de emergencia me dijo con tono despiadado: "Menos mal que avisaste que era una emergencia". Yo le respondí: "No todos podemos estar condenados a Marte. (El año 1993 Floridor Pérez publica el libro "Memorias de un condenado a amarte"). Él rió con sorna, como lo haría el reverendo poeta popular que dicen que es. Pero le aprecié y no olvido que me honró con su hospitalidad: comí en su mesa. Por esos días el ocaso de los uniformes en el gobierno nos daba a los jóvenes el júbilo de lo diferente. Embriagados de entusiasmo llegamos a ser una variación poco feliz del Rey Midas: todo cuanto tocábamos se convertía en ídolo. Los nuevos héroes eran los candidatos que encendían a las muchedumbres con sus promesas de alegría. Los fusiles cambiaron de palacio, pero antes dejaron una vergüenza en la poesía: dieron a Eduardo Anguita el Premio Nacional de Literatura, utilizando mezquinamente a ese maestro. No hay mal que por bien no venga, es poco probable que en los años sucesivos Anguita hubiese alcanzado tal distinción. En cuanto a Don Floro reconozco no saber bien qué nos distanció. Un día me dijo: "Sabes cuando dejé de creer en ti? Cuando insististe en publicar ciertos poemas que ni a ti mismo te gustaban, para que no se perdiera el momento en que los hiciste y yo diría por porfiado..." Claro, tiene toda la razón. Y creo que sigo siendo ese porfiado. Sin embargo cuando obtuve la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro y la Lectura por la 7° región el año 2000, mi amigo de entonces, el poeta Jano Sanmar, le oyó decir con orgullo "¡A Leonidas yo lo descubrí el año '90!". De nuevo le doy la razón, pero parcialmente: aún no me siento descubierto.

El año 1990 obtengo el primer logro que consagra mi dedicación al oficio poético: un 2° lugar en el concurso Letras del Sur, organizado por el departamento de Castellano de la Universidad del Bío Bío sede Chillán. El concurso recibió postulaciones desde la VII a la XII regiones. El jurado estuvo conformado por los poetas Jaime Quezada (entonces presidente nacional de la SECH), Sergio Hernández y el crítico Carlos Ibacache (presidente de la Sociedad Literaria Ñuble). El primer lugar, nunca sabré por qué feliz sincronía, lo obtuvo mi hermana Cecilia (hoy Académica en la Universidad de Concepción) con la colección "Imágenes en Blanco y Negro". El tercer lugar fue para el ahora narrador Sergio Gómez, quien por razones fáciles de adivinar hizo correr el feo rumor de que yo era el autor de los poemas de mi hermana. Después de este evento el futuro autor de "Carlos Marx nos vemos en el cielo" abandonó la poesía. No es algo que se lamente, aunque reconozco que recuerdo haber leído con admiración a fines de los ’80 un poema suyo de cinematográfico título: “Momentos en que deseo ser recio y fuerte como el impermeable de Hampry Bogart”.
 
1991
El año 1991 me he matriculado en la carrera de Pedagogía en Castellano en la UMCE, Universidad a la que aún se tenía la costumbre de llamar Pedagógico con tufillo épico. Es una de las varias carreras universitarias de las que he desertado en mi vida. Allí conozco a Dago Pérez que me obsequia un ejemplar de su único libro de poesía El Bello Charco, aunque ya hay síntomas del integrante del grupo de reggae Gondwana que será después; a Claudio Rodríguez Morales que miraba todo con ojo y memoria fotográfica; a Alcides no sé cuánto, fundador de la barra brava "Los de Abajo" (ver fútbol), a Erwin Robertson, profesor de Historia Románica y director de la cultísima y melodramática revista filo-fascista Ciudad de los Césares, en la que llegué a publicar un artículo el año 2000, tanto por mi placer de ser políticamente incorrecto como por la maña anacrónica del artículo mismo. Pero en 1991 me era inimaginable tal circunstancia. Mis afanes eran escribir poemas en los pastos de la universidad a fin de consumir las horas en que debía estar en clases. La mayor parte de aquellos textos fueron a dar a Cuadernos de Emergencia en 1994. Una parte mía sabe que estoy escribiendo un libro y la otra se asquea de hacerlo. Debo a la segunda ese tono que a veces cruza las páginas de ese impreso, de arrojar la piedra y salir escapando.


III.- Lugares comunes por donde no pasa la poesía


En más de un sentido creo que ese taller de Concepción en 1990 fue la antesala del que pasaría a integrar al año siguiente, ya en Santiago. Recuerdo los preparativos y no puedo menos que sorprenderme de mi candidez provinciana, cuando creí estar ad portas de un cenáculo de elegidos. Para preparar mi material consigo una vieja máquina de escribir Olivetti a la que se le salta el carro cada 10 golpes y tiene la letra o quebrada, de manera que debo completarla en forma manual, a lápiz. Tras pocos días de cerrado el concurso recibo la llamada telefónica de Floridor quien me reprende "por la presentación poco profesional de mis papeles" a la vez que me confirma como seleccionado. Paso así a pertenecer a una élite que desde afuera se envidia y se denigra por no pocos: el grupo de jóvenes poetas becarios de la Fundación Neruda, "la fundición". Tengo entonces 21 años y todo me parece, como es natural a esa edad, una cuestión de vida o muerte. Pese a todo creo aún hoy que los talleres de poesía de la Fundación Neruda han nutrido el panorama de la poesía chilena contemporánea de manera singular. La historia de la poesía chilena de los años '90 en adelante no podría escribirse sin nosotros, mal que les pese a algunos.

Debe decirse que mi promoción del Taller de poesía de la Fundación Neruda, la de 1991 debe ser a todas luces una de las más estériles en la trayectoria de esa institución. No lo digo yo, sino los hechos y las duras cifras. Allí comparto la mesa con Cristian Gómez, en quien gané un compañero de ruta y un amigo hasta hoy. Mención aparte tiene la participación de las dos únicas mujeres del Taller de esa promoción, las poetas Isabel Larraín y Nadia Prado. Recuerdo a la primera siempre arrogante, con la cita a flor de labio y su caballo de batalla siempre listo, la crítica estructuralista. Su propuesta poética resultó insólita. No eran poemas suyos sino grafitis fotografiados de las paredes interiores y exteriores del Hospital Psiquiátrico de Santiago, ubicado en Av. La Paz. Las oraciones cuyo soporte eran los muros hacen alusión a concepciones delirantes sobre Dios y la soledad, así como el ya conocido tópico de la locura, sus límites y su relación con el genio. En la sesión de taller dedicada a su análisis el proyecto nos parece pretencioso y rebuscado, cercano al arte postvanguardista propio de los años 60, falto de inspiración y riesgo creativo personal, aunque nadie le desconoció una esencia inquietante de arte germinal, pero distante de la poesía. Se le situaría, lo veo hoy 20 años después, más bien en los márgenes de la plástica. Ella defiende ardorosamente su proyecto afirmando que los juicios poco entusiastas de nuestra parte responden a una falta de capacidad para la comprensión del sentido de los textos-fotos-grafitis. Nadia Prado intenta apoyarla discretamente argumentando que dicho proyecto es provocativo y audaz, por consiguiente suscita miedo y eso lleva a la falta de una justa comprensión por nuestra parte. Es decir si la autora nos llamó ignorantes, su aliada nos llamaba con toda elegancia, cobardes. Finalmente se da lo impredecible: luego de 6 meses de hacer uso de la beca y asistir regularmente a las sesiones del taller, la dupla cesa de asistir sin mediar explicaciones. No es sino hasta diciembre de ese año cuando se devela la incógnita. Mientras se realizaba la lectura pública de finalización del taller en el marco de la Feria del Libro realizada en la Estación Mapocho, Isabel Larraín Echeñique acompañada de una obsecuente e inusualmente furibunda Nadia Prado interrumpe la lectura con estas palabras: “Este es otro lugar por donde no pasa la poesía”. Adicionalmente acusa de falta de rigor el método empleado para las sesiones de trabajo, agregando acusaciones de autoritarismo contra Jaime Quezada. Se desata una catarsis de iras y palabrotas de dimensiones babilónicas. Alguna silla cae, las causantes del embrollo se han ido y ya nadie tiene muy claro por qué se discute. El sabotaje cumplió su objetivo. No puedo dejar de agregar que siempre me ha sorprendido leer en las solapas de libros de estas dos autoras su condición de ex miembros del Taller de la Fundación Neruda, en circunstancia que ambas renunciaron y despreciaron ostentosamente dicho espacio.

¿Y sobre aquello qué más puedo yo decir? Apenas me he asomado a estas cofradías desde mi condición de invitado de piedra. Siempre miro desde afuera, nunca estoy sino de visita en todos lados. Es sabio no mirar aquello que sólo dará pie a murmuraciones. Al fin y al cabo la actividad literaria (que no la mayúscula Poesía) en Chile no es más que un gran conventillo donde se hace conveniente pasar rápido por el pasadizo e ingresar a la pieza de uno como quien se pone a salvo.







(Leído en octubre de 2009 en el Museo Vicuña Mackena, durante la presentación de PIEDRA NEGRA, poesía, Mosquito Editores, Santiago de Chile.)


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