sábado, 7 de junio de 2014

CUADERNOS DE EMERGENCIA. XX Aniversario (5)

El gran farfullador

por Claudio A. Rodríguez M. *


La dictadura daba sus últimos aleteos, los gobiernos democráticos intentaban cambiar la lógica castrense por los acuerdos y yo era un cachorro recién destetado, ansioso de lujuria y estimulación santiaguina.

Leonidas Rubio usaba las grandes extensiones de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (ex Pedagógico) para caminar durante horas por sus senderos vegetales y frutales, dependiendo la estación. Con sus gafas para la miopía, su barba amarillenta y su bolso gastado, parecía como si buscara algún punto indefinido a través del azar, semejando una gran ficha de ludo. Lo hacía siempre en compañía de los gemelos Muñoz Montoya, unos tipos con chascas frondosas partidas en la mitad –éstas semejaban las alas de un aeroplano de la Primera Guerra Mundial-, expertos en cine y esoterismo, deseosos de emigrar a Barcelona. Ellos, al igual que Leonidas, eran de origen curicano, llevando este gentilicio con cierto indefinible orgullo, mirando al resto de los estudiantes con un dejo de desprecio. Este detalle, en mi condición de aprendiz balbuceante, me parecía una muestra de rebeldía notable y me incentivó a florear aún más mi origen puentealtino, cosa que nadie notó.

Cierto mediodía de junio, con el futuro escritor Jorge Muzam dividíamos con los cubiertos el escueto contenido de una colación de estudiante, sintiéndonos dos guerrilleros de Sierra Maestra dispuestos en alcanzar la victoria a través del sufrimiento. “No te preocupes, con el pan nos desquitamos”, me decía mi camarada al saberme un quiltro más hambriento que él, acostumbrado como estaba a los ayunos en la Precordillera de San Fabián de Alico. Transcurridos unos quince minutos de malabares, divisamos a Leonidas y los gemelos Muñoz Montoya ingresando al casino con su caminar distinguido. Parecía un monarca derrocado flanqueado por dos escoltas, fieles en la derrota. Tras hacer la fila respectiva, sosteniendo los tres una sola bandeja, procedieron a compartir entre todos la misma colación, dejándonos la enseñanza, a mí y a Muzam, que siempre es posible multiplicar los alimentos con la fe y el hambre del carretonero.

Leonidas Rubio y Dago Pérez eran los únicos estudiantes que podían ser llamados “escritores” en aquel curso de primer año de Pedagogía en Castellano. Escritores con todas sus letras, con libros publicados o por publicarse (Leonidas acababa de ser becado por la Fundación Neruda), a diferencia de muchos de nosotros, aspirantes entusiastas –esto último nadie lo ponía en duda-, irremediablemente inéditos.

Se me viene a la memoria el comentario de espanto de la profesora de Teoría Literaria, conocida como miss Cintia, al oír nuestras palabras de presentación (ella misma las había solicitado con mucha ilusión), en la primera clase. El derroche de arrogancia de aquella oportunidad aún hoy me provoca sonrojo. “¡Pero este curso está lleno de futuros escritores! –comentó la docente, esa nublada mañana de marzo-. Aunque me parece maravilloso para las letras, quiero saber si hay alguien que esté interesado en ser profesor. A fin de cuentas, esta carrera es de Pedagogía”. 

Recuerdo a Leonidas como el primer escritor de carne y hueso que me tocó conocer a mis 17 años (era un par de años mayor que yo y contaba con estudios en guitarra clásica en Concepción, donde era conocido como el “John Lennon”, supongo que por las gafas y su tendencia a nadar a contracorriente, aunque por entonces ya detestaba a The Beatles) con textos de su autoría traspasados, en forma impecable, a la máquina de escribir. Leonidas tenía la gentileza de mostrárselos a aquellas compañeras que consideraba dignas de su arte, a modo de pequeños gestos de coquetería. Durante un recreo y en un momento de descuido, tomé las hojas y las leí con rapidez, como si con ello pudiese absorber unas gotas de talento y, más temprano que tarde, enganchar niñas lectoras con mis propios escritos. Tuve delante de mis ojos una selección de poemas metafísicos (advierto, desde ya, que éste no es un dato fiable: para mí, en ese tiempo, todo era metafísico, salvo la fotografía) un tanto ininteligibles, musicalmente agradables y, lo más notable de todo, muy bien escritos. Gran lección recibida: la poesía no tenía por qué ser sinónimo de escribir a la diabla, en cortito y hacia abajo. Se lo comenté a Muzam, lo que no le causó entusiasmo alguno. Leonidas le caía como un elefante en brazos y siempre manifestó más cercanía con el tufillo bukowskiano y artesanal de Dago Pérez.

Por esas mismas fechas, Leonidas hizo un par de comentarios despectivos sobre Octavio Paz aunque no logro precisar por qué motivo. Acostumbraba, además, a realizar ejercicios de afinación con una guitarra flamenca, apoyando una pierna en un asiento de madera, como si se tratara de un cuerpo al que ayudaba en las elongaciones. También lo veo contemplando un cristal entre sus manos, como si estuviese a punto de lanzar una oda a las maravillas de los efectos visuales.

Si hay una escena nítida en mi cabeza -más que nada por su nivel de bullicio-, fue el altercado de Leonidas con miss Cinthia. Por esos años, ella se asemejaba más a un hada levitando que a una mujer de carne y hueso. Suave y delicada, era toda amabilidad. El motivo de la rencilla se gestó en una diferencia en la bibliografía del curso que para la mayoría de nosotros equivalía a la lluvia en Filipinas. Leonidas, por supuesto, fue la excepción. Luego de subir el tono de la voz, interrumpir la exposición y citar a Enrique Lihn, abandonó la sala de clases lanzando su escritorio al suelo y dando un portazo, mientras miss Cinthia intentaba responder a su pregunta, muy complicada por la agresividad de su alumno con alma de rockstar. Yo lo consideré un acto contestatario, mientras que Muzam una soberana estupidez. “No le va a ir bien a ese Leonidas –dijo Paolita con su voz de femme fatale, mientras se colgaba de mi hombro lanzándome su hálito de tabaco-. Esa vieja es esposa de un gallo de los aparatos de Inteligencia de Pinochet y militante de Avanzada Nacional”.

Al menos por esos días, ese arrebato de divo no le trajo consecuencias a Leonidas, ignoro si por fortuna o porque las supuestas vinculaciones de miss Cinthia al lado oscuro del poder eran más mito que realidad. Así, el poeta curicano continuó aplanando los senderos de la facultad con destino indefinido junto a los gemelos, sin que se viera mermada su integridad física.

Avanzado ese año, me tocó presenciar un encuentro cumbre entre Leonidas y Dago en los patios de la universidad. Este último acababa de publicar un libro de poemas, acontecimiento que causó mucho revuelo en nuestro curso, en especial entre las compañeras. Todas ellas asumieron con ímpetu aún mayor el rol de groupies del barbudo vate con pasado guerrillero y explorador del Amazonas. Incluyendo, para el pesar mío, a Paolita, quien decidió cambiar mi hombro y mis arbustos por los de Dago.

-Vas a tener que decirme cómo es eso de sacar un libro –dijo Leonidas, refugiado detrás de sus gafas para la miopía y manoseando la misma guitarra flamenca de siempre-. Yo no tengo idea de todo el leseo que hay que hacer y tampoco tengo muchas ganas de saberlo. Lo haré por obligación, pero cuando tenga un secretario, dejaré todo ese cacho en sus manos.

-Me cargan esos huevones que se las dan de mijitos ricos y dicen que sólo les interesa escribir y que todo lo demás es molestia –contestó Dago-. Pero sabís qué, cabrito, sólo porque me caí's bien y tenís un pizca de talento, te voy a ayudar.
-Muchas gracias, señor escritor –contestó Leonidas-. Disculpe que lo moleste, ahora que se ha ganado el Premio Nobel.

Cuotitas de veneno amistoso entre dos aspirantes a genio y figura, en un entorno donde sólo había espacio para uno y su correspondiente máquina de escribir. Me veo, así, en mitad del patio de la universidad, bajo los cielos nubosos de Macul de 1991, intentando interiorizarme sobre cómo debía ser un intelectual izquierdoso y antipático que se hiciera respetar. Muzam, como era de esperarse, difería de aquello:
-Nosotros somos tan grandes como ellos –dijo con seguridad-. No pierdas el tiempo escuchándolos demasiado. Dago ya me entregó su libro con dedicatoria y se lo agradezco. Pero ahora debemos preocuparnos de nuestros propios asuntos.
¿Qué clase de asuntos? Beber Cinzano, comer hallullas con mortadela, contemplar el paso de las alumnas de Educación Diferencial con sus delantales verdes, soñar con la revolución socialista y nuestra piojenta inmortalidad. 

Colofón

            A propósito de estas líneas, estoy casi seguro que los poemas que pude revisar de contrabando en la sala de clases del ex Pedagógico -sino todos por lo menos algunos- formarían parte del libro “Cuadernos de emergencia”, publicado por Leonidas Rubio en 1994. De hecho, al año siguiente de mi paso por Macul, en los patios de la Universidad de Talca, Pablo Muñoz Montoya (uno de los gemelos amigos del poeta y que coincidió conmigo en primer año de derecho, donde, para variar, dimos bote), sacó de su bolsillo una hoja de oficio doblada por todos lados. Al extenderla, vi que se trataba de uno de los poemas mecanografiados por Leonidas (o por su secretario, según fuera el caso) con el título “Informe sobre la alegría”. Muñoz Montoya me entregó la hoja haciendo especial hincapié que la tuviera a buen resguardo porque ese papel, con los años, valdría oro. “Te puede servir para tu jubilación”, me dijo.

Ya residiendo –y padeciendo en toda su atrocidad- en la ciudad de Talca, encontré en un local de libros usados del mercado, allá por 2005, un ejemplar de “Cuadernos de emergencia”. De tanto manosearlo para evocar viejos tiempos –tiempos que a Leonidas no le hacen ni cosquillas por lo que el mismo me ha dicho-, el empaste acabó por ceder y las hojas se desprendieron. Recién a fines del año pasado pude acceder a otro ejemplar de la obra, con la respectiva dedicatoria de su autor, en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile.

Hoy Leonidas me invita a entregarles unas líneas a propósito de las dos décadas desde la publicación de “Cuadernos de emergencia”. Acepto de buena gana y me esfuerzo por estar a la altura de sus pares quienes, sin duda, tendrán opiniones mucho más acertadas que yo sobre el valor de esta obra en las letras nacionales. Sin embargo, me esmero. Mientras más leo y releo, más perplejidad me genera eso de que haya pesadillas que se roban a los niños, religiones que por amor hasta podrían matarnos, que los zapatos eructen de sopor y que la belleza -como la miseria- existe porque no alcanza para todos. Pienso que son asuntos metafísicos que Leonidas Rubio vuelve digeribles para que mordamos el anzuelo. Veinte años en lo mismo y recién ahora me doy cuenta.





* El autor nació en Valparaíso, Chile, en 1972. Estudió Pedagogía en Castellano en la UMCE y es Periodista por la Universidad Andrés Bello. Es cronista y narrador con abundante obra inédita. Es co-autor del sitio de difusión de pensamiento político y literatura "Chile Literario: las letras al poder" (http://chileliterario.blogspot.com/p/autores.html) y también colabora en Plumas Hispanoamericanas (http://plumaslatinoamericanas.blogspot.com/p/sobre-los-autores.html).



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