jueves, 3 de julio de 2014

SOBRE "EL LIBRO DEL VÓRTICE", DE JORGE OJEDA

ESCRITO FUERA DEL VÓRTICE





Desde atrás todo se ve como chatarra fundida

Hay un paisaje lunar pero no es la luna. Es una estepa de la villa más o menos miserable que uno tiene (a cada uno le toca la suya) desde el horizonte, o la ciudad desde un balcón que emergió o pervivió del desastre o un cerro urbano que recuerda los pobres intentos de configuración que llamamos pasado. Hay un terremoto que siempre está por llegar y su preludio se funde con la resaca del anterior en un ruido que persiste en la cabeza. Ese libro se está escribiendo y su lengua no puede ser la historia ni el ensayo ni el relato ni la poesía sino todas a un mismo tiempo. Se llama Exo-Poesía. Es el cadáver viéndose a sí mismo desde el extremo opuesto de un cordón dorado que lo ata al último ápice de realidad. Es la torpe conciencia diurna imaginándose a sí misma o dibujando a su sujeto con un trazo borracho pero aproximadamente aceptable frente al vértigo de la proyección holográfica. Es un fracaso pero al menos es un bello fracaso. Jorge Ojeda transitó ese periplo en la penosa forma del accidente dimensional a través de un reflejo marcado en una placa de material denso donde quedó grabado el paso de unos pocos fantasmas, suficientes para percibir una trayectoria y acaso la emoción de haber tenido un cuerpo. Pero ese estado pasó, periclitó en el vacío. Estamos desde el otro lado. Es AKA, un archivo metafísico, una melodía de luz, una anti-materia registrada en una anti-palabra, algo que se debe reconstituir y en ese ejercicio solitario de la mecánica emotiva (sí señor, el cableado del sistema límbico), se convierte en algo que ocurre mil veces, pero cada una es indivisible, cada una es 'sólo para tus ojos'. AKA por cierto es un concepto sánscrito que alude a una memoria omnicomprensiva y supratemporal. El autor podrá decir que es todo lo que quiera (ver entrevista Casa Litterae 2011) pero es también eso.

Vamos por parte. Jorge Ojeda, el escribano de ese registro, entrega un informe el año 2006, en un compendio de textos numerados no correlativamente, con la rúbrica de unas hipotéticas Ediciones del Nómade cuya gráfica se sabe Invisible, no obstante unas hojas pegoteadas de modo escolar y aplicado, donde se da cuenta de un asunto que debió ser imposible: la escritura de un viajero durante su desplazamiento, como un cuadro cubista donde las formas se diluyen en las aristas porque el ojo re-capacita en su videncia. Debió ser imposible, salvo por algo: nada se pierde y todo se transforma. En ese transformarse, Ojeda siempre está en movimiento, presume estarlo. Habla siempre un lenguaje nómade, presume hablarlo. Más a contrapelo de aceptar una pose que de adoptar una aceptablemente, Ojeda ha hecho una poética de su no estar, su no tener, su no pertenecer. El año 2010 da otro paso en su exo-registro, su oficio de mirarse desde afuera: 'El Hombre de Endimión', por una editorial signada en el aire, el sueño activo y continuo del que una sola ausencia modifica la realidad de modo irreparable. Así esta exo-poética se nutre de una percepción pitagórica

pero no euclidiana, desarticulada en su trazo matemático por vía de un tránsito desprogramado, resuelto en lo no calculado. Es la vivencia oblicua de Lezama Lima o el imprevisto golpe de dados que abolió el azar alguna vez, por allá por los urinarios del absenta que hoy llamamos Parnaso. Endimión sueña y su relato es un probable libro de poesía para una improbable realidad: "...hasta que / te convences que cualquiera puede / caminar sobre vidrios astillados / si están lo suficientemente juntos" si bien ese adiestramiento tiene por costo la visión omnívora o la agotadora híper lucidez, "revolcándote en su primario fango / sublimador, aunque ya no puedas terminar / ningún poema…". A resultas de ese episodio Jorge (me lo ha dicho) detesta ese libro, su único compendio de poemas propiamente tales.

Y así es como Jorge Ojeda renunció a la poesía y entró en los ámbitos de la inter-expresión, propia de los intersticios espaciales en que habita. Una escritura que convoca otras materias de plasmación en la Babilonia promiscua de las disciplinas. Lo cinematográfico, lo plástico, lo épico, rara vez lo lírico, lo musical estridente de un aparato reventado por los decibeles, por tanto el ruido, la estática, la interrupción, la digresión ensayística, la cita inoportuna, molesta, incómoda, los ritmos urgentes, compulsivos de los apestados o los condenados a muerte por el bando de un gobierno secreto sucesor de las devastaciones. Se diría y se ha dicho 'post-apocalíptico', pero ese concepto merece una objeción. Lo apocalíptico remite a la era cristiana, en tanto el Apocalipsis es un libro profético que anuncia la llegada de un mesías en una escenografía catastrófica. Aun aceptando el decorado no se divisa la presencia de algo divino, a no ser la abismante constancia de la ley de correspondencias trazadas a escuadra y compás por el Anciano de los Días de Blake.



En los lindes astillados del limbo


Tenemos un nuevo informe: EL LIBRO DEL VÖRTICE. Ahora el hablante es un "modificado como teleportador" (sic) y su registro es el mensaje embotellado a la deriva de elipsis temporo-espaciales. Probablemente estas páginas no fueron emitidas sino en el futuro de una bilocación desde la cual caen, se filtran, se asoman a lo que entendemos por presente. En cuanto tales, las examinaremos por texto y no por sueño.

Estamos frente a un libro extravagante, es decir, cuya vagancia es extrema. Estamos frente a un libro excéntrico, es decir, sin centro específico, aunque bien podríamos repetir aquel aforismo atribuido a Pascal que repetía Borges, que en realidad se remonta a los pre-socráticos: "...su centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna". El apotegma pretendía definir a Dios pero en boca de los místicos y panteístas fue adquiriendo una arista ligeramente irónica, no tanto (pero algo) en la línea de la 'ironía' romántica como la entendió Paz sino más bien en el sentido en que lo aplicó Alfred Jarry al definir su imposible -infalible- ciencia/acertijo/charada/puesta en escena de la llamada patafísica. El AKA supone un retorno cíclico de la energía bajo nuevas formas-fórmulas de organización material. Despedido de ese vórtice o cabeza de ojiva u ojo de maelstrom centrífugo, aparece este registro. Su contexto de ficción científica lo sitúa en un conflicto, una orfandad de enunciación. Como tal, el poema argumental se alimenta de las paradojas de la percepción. En cuanto enunciado, el relato intenta un lenguaje híper vinculante a la manera de los textos del ciberespacio. Parodia de expediente, parodia de enciclopedia, collage de micro-cuentos, guión fallido, libreto para una performance desquiciante, abusos de la interferencia más prestigiosamente llamada referencia intertextual, este libro fue 'empeorado' por su autor con prolijidad, fue despojándose de lirismo al máximo que le fue posible. "Si no te sientes capaz de ser más infeliz, aléjate de este engendro artístico", dice en otro estadio de sus apuestas exo-poéticas, Los Pergaminos de Mad-Max, convenientemente incompletos hasta ahora. Ahora bien, la paradoja es como el ouróboros alquímico: muerde su cola dialécticamente. Las poéticas de expansión de la conciencia perceptiva nacen con las vanguardias, se alimentan del onirismo, el psiquismo y lo que alguna vez fue llamado paranormal, desde el post-romanticismo hasta el surrealismo. Es decir que esta propuesta es nueva de tan vieja. Segunda paradoja: lo interdisciplinario en poesía es el lugar común de los lenguajes mixtos, pero en lo que respecta al texto, no hay salida: poesía escrita es siempre ese texto, no otro. Tercera paradoja: la ciencia ficción desafía al positivismo normativo desde una exasperación del propio racionalismo. Es rizar el rizo de la evolución del pensamiento aristotélico, que no por nada fue usado en su versión tomista para la comprobación de la existencia de dios. Es por tanto una instalación del lenguaje detentor del poder social, el Poder a secas, que ingenuamente desafía con las mismas armas del adversario.

No me resulta enteramente admisible llamar ciencia-ficción a esta poética. El susodicho género es una técnica de la mistificación creíble. Es un arte de impostar siguiendo el juego de las rutinas que la ciencia da por deducciones empíricas. Es una apelación a la autoridad intelectual y en último grado una falacia, por tanto. Lo que hace creíble un axioma científico es su aplicabilidad o materialización tecnológica. De lo contrario es una pura abstracción, como la teoría cuántica. Por esta vía los científicos devienen en los nuevos Sumos Sacerdotes de verdades oficiales que el resto de la sociedad debe dar por ciertas, confiriéndoles un poder infalible por efecto de los dogmas que consagran en sus templos-laboratorios, a los que el común de los mortales no tenemos acceso, y cuyo lenguaje ultra especializado nos está vedado. El mejor ejemplo de eso puede ser el asunto VIH-SIDA, donde existe una red de poder planetario, red de alcance mediático, político, económico y científico en función de un virus que nadie ha visto, que no ha sido aislado, que con toda probabilidad no existe, pero que se da por cierto por obra de un remedio que mata lentamente al supuesto contagiado como profecía auto-cumplida, atribuyendo esa muerte a la supuesta entidad biológica, cuyo dogma es un violento tabú que al ser refutado arroja al hereje un seguro ostracismo, o incluso problemas legales. ¿Cuánto falta para la definitiva policía del pensamiento, que los Estados fascistas y socialistas reales perfeccionaron rigurosamente, en las antípodas aparentes de las ideologías? Al parecer las sociedades libres son un mejor terreno para estos planes, porque cuando las personas no están burdamente sometidas, eligen someterse en forma voluntaria.

Pero podemos admitir que una hipótesis científica baja a nuestra capacidad de entendimiento cuando somos bendecidos por una innovación tecnológica. Allí la verdad que profetizó el nuevo sumo sacerdote-científico, se nos hace creíble. Dicho de otro modo, si en las eras arcaicas o la Edad Media los dogmas sacramentados se volvían patentes al vulgo a través de los milagros, en la actualidad es la ciencia aplicada, la tecnología doméstica, la que nos hace accesible el nuevo dogma a través del milagro del artefacto, que pone en funcionamiento las leyes de la mecánica. Eso sin mencionar la ruptura total de parámetros que representa la informática, donde la realidad es ya un acontecimiento virtual. ¿Cuánto de política, cuánto de estética, cuánto de emoción o sacrificio de ella puede admitir la poesía que quiera dar cuenta de este fenómeno? La pregunta detona en racimo cuando el discurso que la problematiza se nos aparece desde lo imprevisto, desde el Zyborg que no está programado para llorar pero llora, o el idioma que sólo está diseñado para codificar información en clave, pero que en un giro no verbal llega a expresar sensaciones tan sutiles como la pérdida, el asombro o el abandono.

La poética exógena o exo-poesía de Ojeda dispara en esa dirección. Sus metáforas son patáforas, su ficción es pre-racional. Es el modo de aplicación de la psicodelia axiomática cientificista en argumentos verosímiles por ley de concordancias simbólicas, punto menos que el azar o el automatismo surrealista, pero punto más que la ficción científica y sus convenciones narrativas. Es el argumento fantástico y sus presunciones científicas, la mayoría de ellas arcanas para el lector, lo que cristaliza en una poética que nos hace patente el milagro:

"Drusa cristalina* como abeja ebria
- Roca sedimentaria detrítica formada por diversas capas de yeso, agua y arena  con la capacidad de orientación perturbada y la función motora disminuida.

- Este conjunto de formas lenticulares entrelazadas forma cristales muy bellos  que vuelan sin dirección o caen fulminados a tierra firme.

- Su forma recuerda a la rosa, en este caso pétrea.

- Su comportamiento en vuelo es similar a si estuviera ebria.
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*El encanto del material drusa es fácil de entender debido a la multitud de pequeños cristales que proporcionan una superficie reflectante que recuerda al azúcar o a la nieve.

*Las drusas trabajan en conjunto, desprenden luz propia, son como pequeños cristales individuales que se han unificado para llevar a cabo su tarea de luz."


Yo la llamaría poesía tecno-profética. Pero por cierto que el propio autor ya la ha bautizado con suficiente mérito y por si fuera poco, él, como todo autor, se debe a sus pares y a la asignación de identidad que ellos le apliquen. Siendo así podemos consignar a Jorge Ojeda entre los poetas de la pléyade penquista que surge a principios de la década de los 80 y ya en los 90 lo encontramos dando cuenta de este proyecto integral en varios capítulos de los cuales las publicaciones no dan una clara correlación, que consta de al menos 5 títulos paralelos. Con menos perfil público que algún contemporáneo suyo, Ojeda declaró sus intereses temáticos en esta causa mucho antes que cualquiera que se haya proclamado después una marca registrada del género. Pero está bien así, porque en realidad no hay género ni pertenencia. Ojeda es también un mosaico de fragmentos dispersos en antologías, lecturas, oralidad improvisada en antros, con su presencia fantasmal en el mapa de la poesía chilena actual. Es un personaje de sus propios mitos urbano-galáctico-catastróficos. Es la poesía que se está diciendo mañana.






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