lunes, 6 de octubre de 2014

INFANCIAS DE MIS ESTACIONES


de ACTAS DE (MALA) FE
Mosquito Ediciones, 2014



















Octava primavera

Las lecciones son más lentas en noviembre.
Los rincones tienen más horas para hincharse de luz propia
y las comparten incluso con la noche.
Ningún niño vuelve a casa de inmediato
si hay un perro que seguir,
si hay timbres sin vigilancia o agua corriendo
en los prados de las casas sin reja.
Sobre la hierba recortada de las plazas
hay olor a orines, a savia, a viento nuevo
que quedará en dos camisas desatadas
con sendas espaldas manchadas de verde
por estar dando nombre a las formas de las nubes.
De pronto una respiración jadea en el cuello,
un sabor tibio a lengua ajena con galletas.
Tengo labios de 8 años y la sonrisa es nueva
porque no entiendo la palabra beso.
Luego intercambiamos saliva con sabor a manzanas.
Mi amigo dice que es más experto porque nació un mes antes.
 

Noveno verano

Los racimos cuelgan de las vides
con innúmeros testículos
y limpio los granos uno por uno
con una lentitud de conquista.
Las calabazas no caben en las manos
con bordes de glúteos inmensos
y acariciarlas parece de pronto
un asunto sagrado.
 
 
Décimo otoño

Recuerdo el día de ayer
y ya fue en junio del año pasado.
Enterré un zapato viejo
allí donde los restos del huerto
parecen un dibujo roto.
Está tan oscuro como cuando amanece.
Sólo me alumbran al fondo del patio
las plumas del gallo que aún no tiene espolones
y debo ver si tiene huesos mi secreto
para saber si merecía ser cadáver.

 
Décimo primer invierno
 
Quizás es cierto que los malos pensamientos
ponen salud y uñas quebradizas.
El agua de palto alivia los pulmones
y la cáscara de granada quita el lagrimeo.
Si hiberno un arco de domingos estaré pronto de vuelta
en los charcos de escarcha que no se quiebran
aunque se tire el lápiz en clavada.
Pero de cualquier modo me escabulliré
para saber si es verdad
que en la lluvia los lirios siguen secos.



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