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"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

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viernes, 3 de octubre de 2014

NOTAS DE INTROMISIÓN SOBRE LA POESÍA CHILENA DE MUJER


PACHAMAMA, acrílico, Lila Calderón
A las poetas chilenas actuales les pesa una partida de nacimiento gozosa y dolorosa: todas querían ser Pizarnik. Por eso, (pero no sólo por eso) siempre les ronda algo de lo gótico y lo sáfico, lo surreal y lo melancólico de aquella pequeña granuja, siempre cruzada entre la euforia y el hastío, entre el placer y el dolor. Habría que trasponer a ella lo que ese santurrón asertivo llamado Paul Claudel dijo de Rimbaud: Pizarnik fue una mística en estado salvaje. Todos los que conocen el éxtasis y el delirio lo han sido. Con ese agridulce peso a la espalda han escrito las poetas chilenas de mi generación y posteriores: las que publican desde 1990 o un poco antes y lo siguen haciendo, con primeros libros que nacen maduros, que han encontrado su lenguaje identificadas con esta tradición no solemne que entendemos por modernidad. De ahí que a menudo su texto deviene en tópicos, reproduce clichés.

No obstante todo reparo, cual más cual menos, esta promoción de poetas chilenas hizo un aporte invaluable a nuestra poesía nacional: devolvió el centro de atención al yo-hablante, reincorporó elementos como lo puramente emotivo, lo irracional, lo íntimo, que se habían jibarizado para ventaja por una parte del decir épico y grandilocuente, hijo de la desmesura real-socialista o del sarcasmo por otra (para no decir ironía, que con Octavio Paz alude a muy otra cosa), hijo mal criado de la anti-poesía y sus abundantes acólitos.

En efecto, durante el régimen militar se escribió todavía bajo la égida de esas dos trincheras, sendas formas de obturar al yo, de eclipsar al inconsciente, de acallar los demonios del dolor en-sí-mismo para dejar hablar al ego ecuménico, mesiánico o frívolo de un hablante atado en lo comunitario, autoproclamado cronista, político como el que más. No es esa corta medida el alcance de los fundadores de esta sensibilidad, ya que ni el propio Neruda ni Parra se agotan en la pobre continuidad lírica de sus propuestas en las generaciones posteriores. Y si el impulso genitor de lo irracional-emotivo aún habla por boca del poeta cuando grita desde el aparente absurdo "¡Viva la Cordillera de los Andes! ¡Muera la Cordillera de la Costa!", lo que queda es el detritus de esa diatriba impostada: la irreverencia sin gracia, la descripción desaliñada. Durante los ochenta y aún antes prolifera el versificador de la rebeldía aparente: no el eterno escéptico parriano. Los ochenteros presumen del escepticismo a la verdad oficial representada por la propaganda del régimen, pero son profundamente crédulos (ingenuos como niños y dóciles como cordero) de las otras verdades oficiales, llámense Iglesia, Partido, Doctrina. No será por casualidad que la mayor parte de ellos hayan podido convertirse en funcionarios después de 1990: nunca quisieron otra cosa que ser funcionales. Desde ahí nacía su protesta: reclamaban el Poder. Salvedad sea hecha por algunos hitos que, tal vez y para mejor, sobrepasan a sus autores y devienen episodio cultural por sí solos. Quiero decir que eso es lo que hace interesante precisamente a libros como Purgatorio (Zurita, 1979) o Huerfanías (Quezada, 1983): el espacio para la locura marginal, aún no la extravagancia esnob; la soledad esencial, aún no la pose; la alucinación, no la excentricidad pintoresca. Otra cosa es lo que pueda venir después, ya se sabe. Y ni hablar de la suerte corrida por corrientes estéticas apenas si esbozadas como tales, que sólo por la fuerza admitieron una definición teórica: la poesía lárica, nunca suficientemente lavada por los que otorgan certificado de buena conducta, demasiado pura para muchos, al precio que su principal mentor, el autor del manifiesto fundacional de ella (si por tal entendemos el texto "Por un tiempo de arraigo", acaso la contrapartida estética del autoexilio) murió sin la máxima distinción literaria que se recibe en este país: el Premio Nacional, cuando algo aún podía esperarse de este premio. Eso le pasó por descomprometido.

Pues bien: la poesía escrita por mujer en Chile ya estaba siguiendo otra ruta hace mucho rato, aunque aún imbuida de pretensiones exógenas: el discurso de género en bruto. Pero alcanzó su plenitud pronto: las poetas de los 90 (por ahí he leído que se habla de la generación del 87. Da lo mismo) ya se muestran dueñas de su lenguaje o al menos saben elegir bien sus influencias. Así las cosas, se suceden los acontecimientos: "Simples placeres" de Nadia Prado; "Máscara Negra", "Tatuaje", "Uranio" y "Trapecio" de Marina Arrate; "El Yo cactus" de Alejandra del Río; "Judith y Eleofonte" y "Cartografía del éter", sin descuidar la inmejorable magia de la acción de arte llamada "Para los bellos durmientes" (escrita sobre la línea férrea), de Damsi Figueroa"; " Balance de blanco en el ángel triste de Durero" y "Animal Cautivo" de Lila Calderón; "Ínsulas flotantes" de Verónica Jiménez, por nombrar libros que tienen una especial significación para mí, no en ese orden, claro; en ningún orden. Y algún otro título ineludible por realismo en la completitud de la escena literaria, no por gusto mío: "Piedras rodantes" de Malú Urriola, algo más de no sé quién (anote el lector el que le plazca), etc.

La promoción inmediatamente anterior, las poetas de los 70 y 80, digamos Teresa Calderón ("Causas perdidas", 1984; "Género femenino", 1988), Heddy Navarro ("Palabra de mujer", 1984; "Óvulos", 1986; "Oda al macho", 1987), Rosa Betty Muñoz ("Canto de una oveja del rebaño", 1981; "En lugar de morir", 1986), Astrid Fugeille ("Una casa en la lluvia", 1975; "Las jornadas del silencio", 1984), Paz Molina ("Memorias de un pájaro asustado", 1982), Alejandra Basualto ("Los ecos del sol", 1980; "Ejercicio en sol", 1983) por nombrar algunas, plantearon un discurso signado por la escena predominante en el hacer literario del momento, como decíamos, entre la épica y la anti-poesía. Sin embargo es ya visible la incorporación de un hablante emotivo que se confunde con la autora, introduciendo temas que son tradicionalmente atribuidos a la condición femenina y que constituyen parte de una incipiente adquisición de identidad: los celos, la familia, el enamoramiento pasivo, la maternidad, etc. Se trata, pues, de poesía que ya aborda una fusión de lo emocional con lo contingente en una suerte de metafísica de lo cotidiano, si acaso no un modo de penetración sensible en la trama de los roles y las convenciones que estructuran la identidad femenina. Es todavía, en mi entender, una muy primaria toma de conciencia estética, que echa mano con frecuencia del habla coloquial o el tono declarativo, hasta llevarla al extremo de lo panfletario, en la aplicación feminista del término, en todo caso. Piezas emblemáticas de esta etapa podrían ser la de Teresa Calderón "Mujeres del mundo uníos" que comienza parodiando el himno de la Internacional Comunista ("Arriba mujeres del mundo...") y el texto "Óvulos" de Heddy Navarro que es el mismo concepto del anterior llevado a la primera persona: una enumeración paródica y atiborrada de prototipos de conducta femenina. Escritura con su mérito, pero todavía de superficie, de urgencia, de búsqueda de identidad y reafirmación demandante. No es que fuera sencillo abordar la creación desde otro ángulo, cuando los factores socio-políticos del momento no aconsejaban demasiadas abstracciones y estas eran vistas casi como un delito intelectual. Tal estado de empobrecimiento de la percepción poética alcanzó a afectar a una parte importante de mi propia generación, hasta muy entrados los años noventa. Se podría citar como ejemplo de ese cuadro la escasa recepción que tuvo entre nosotros y sigue teniendo un texto admirable aparecido el año 1990, "La ciudad un cuerpo de citas", de Jaime Lizama, que se arriesgó a sintetizar lo erótico, lo metalinguístico y la sensibilidad urbana con un tratamiento semi-prosaico, sin precedentes hasta ese momento y pasó desapercibido o visto de reojo como una propuesta alambicada. La escena predominante entre los poetas de los 90 se articulaba en los nombres de Lihn o Teillier, los que concentraban todo el interés y aún a nivel hispanoamericano la megalómana dicción épica de Ernesto Cardenal aún era notoria. El cuadro se alejó aún más del eje yo-hablante de la intimidad-cuerpo-emoción, si así cupiera cifrarlo en forma somera, cuando se pone literalmente de moda la reinserción idolátrica de Pablo De Rokha, que nos mantuvo distraídos al menos por 10 años, restituyendo con él los códigos del machismo más larvario e incluso de la homofobia campesina y chabacana elevada a conducta estética: todo eso era De Rokha. Estábamos habituados a la imitación y la pose hasta confundirla con nuestros propios deseos. ¿Cuándo y cómo fue mejorando este pobre panorama? ¿Mejoró realmente? Esa ya es materia de otro artículo tanto o más desordenado que éste.

 

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