domingo, 2 de noviembre de 2014

PRÓLOGO DE JEAN COCTEAU A "EL EXILIADO DE CAPRI", DE R. PEYREFITTE


Nota contextual
L. Rubio
Roger  Peyrefitte publica El Exiliado de Capri en 1959 por Ediciones Flammarion en su versión original francesa y en 1960 aparece por Editorial Sudamericana, en Buenos Aires, la edición en español. El libro viene a ser (y con seguridad no ha dejado de ser) el más completo compendio biográfico sobre la vida del enigmático escritor sueco-francés y miembro de prominente familia, Barón Jacques d' Adelsward-Fersen, nacido en 1880 y fallecido por sobredosis de consumo de opio el 6 de noviembre de 1923 en su mansión de Villa Lysis, Capri, Italia. Allí se recluyó luego de protagonizar un incidente judicial en París en 1903. El asunto fue sardónicamente bautizado por la prensa de la época como realización de "Misas Negras" en el departamento parisino del Barón d' Adelsward y habría consistido en representaciones teatrales privadas de carácter estético-erótico en lo que el anfitrión llamaba "tableux vivant" (cuadros vivos) con la intervención de adolescentes en edad escolar que visitaban voluntariamente su residencia. El juicio más que una sanción penal revistió el carácter de una sanción moral irreversible que decantó en el autoexilio del joven Barón d' Adelsward, quien adquiere una onerosa propiedad en la isla de Capri donde hace construir una mansión rutilante de diseño art noveau. Allí vivió desde 1904 hasta la fecha de su muerte junto a su compañero íntimo Nino Cesarini, al que conoció de 14 años, habiendo entre ambos una diferencia de 10.

Luego de instalarse en Villa Lysis el Barón d' Adelsward pasó a ser un decidido animador cultural de una extensa red de artistas (escritores, músicos, pintores e incluso políticos) que, ya sea por haber vivido situaciones de ostracismo similares a las suyas o que simplemente se veían atraídos por el carisma y la generosidad del excéntrico personaje, tomaban su residencia como punto de referencia para el intercambio estético y el emprendimiento de proyectos de diversidad cultural con incidencia tanto dentro de Italia como fuera de ella. En esas circunstancias es que Jacques d' Adelsward funda la revista Akadémos en 1909, la cual llevaba el subtítulo de "Revue Mensuelle d'Art Libre et de Critique" (Revista mensual de arte libre y crítico). Para su edición el temerario director eligió un departamento en el corazón de París, en su viejo barrio, lo que constituía una suerte de retorno provocativo. Akadémos fue la primera publicación en lengua francesa en la que se trataba abiertamente la homosexualidad como temática central de inspiración de las colaboraciones de autores consagrados bajo la forma de artículos de opinión u obras plásticas y literarias, sin obstáculo de otros contenidos de motivación estética o intervenciones de autores al margen de sus preferencias sexuales. En ella colaboraron escritores de la significación de Anatole France, Joseph Péladan, Sidonie-Gabrielle Colette, Achille Essebac y otros que tuvieron menos suerte en la historia, no obstante su incansable gestión literaria en la época.

El Barón d' Adelsward no tuvo especial suerte con la recepción de su propia obra poética y narrativa, ni la tuvo mucho mejor con sus proyectos de difusión. A cada plan que emprendió le siguió injustamente la impronta del escándalo. De esa suerte la revista Akadémos comenzó a tener dificultades de financiamiento por el estigma que implicaba aceptarla como suscriptor o colaborador editado en ella. Según cuenta Peyrefitte en El exiliado de Capri a Jacques d' Adelsward no se le hizo sencillo conseguir obras de autores en cuyo compromiso de tolerancia confiaba, y vio declinada la participación de André Gide o de Jean Lorrain, entre otros, por exceso de escrúpulos. Es aquí donde aparece su breve contacto con Jean Cocteau, a quien conoce como resultado de sus periplos por nutrir Akadémos. En su novela biográfica Roger Peyrefitte relata el proceso de este modo:

 "A pesar de las recepciones de la calle Eugene-Manuel, a pesar del pequeño escándalo de una conferencia en glorificación del opio, dada en el Gymnase bajo el patrocinio de la revista, con lecturas de Madeleine Roch y de Vera Sergine, Akadémos no atraía a las muchedumbres. Jacques comprendía que París no se conquista ni con una revista ni con un libro. Cualquiera fuese el valor de ciertas colaboraciones, se sentía demasiado perezoso y hasta demasiado indiferente hacia el éxito para triunfar. El fracaso financiero era total: unos avisos de los ferrocarriles del Oeste y de Norddeutscher Lloyd, para la loción Pinaud y la bicicleta Clément, no bastaban para compensarlo. Los carteles que anunciaban con gran estruendo "la novela de Capri" constituían a fin de cuentas una publicidad muy costosa. El número de mayo advertía que el director y el gerente volvían a irse hasta octubre. No agregaba que la revista terminaría en diciembre.

En vísperas de su partida Jacques visitó a Rodin, que vivía en el hotel Biron. Quería comprarle un San Juan Bautista que había admirado en una galería. El escultor le interesó tanto como su escultura, pero su pretensión intelectual menos que su secretario, el poeta Rilke.

Jacques fue a visitar en la planta baja de ese mismo hotel a otro poeta: el joven Jean Cocteau, de quien le había hablado Robert d'Humieres. Ya habían hecho un intercambio de amabilidades: uno de ellos que acababa de fundar la revista Schéhérezade, se había abonado a Akadémos, y el otro a Schéhérezade. Cuando Jacques hubo pedido un poema para Akadémos y lo hubo recibido, le dolió no ser honrado con el mismo pedido por Schéhérezade y resolvió no publicarlo. No por eso admiraba menos a alguien que a la edad de Nino partía manifiestamente hacia la gloria. Se consoló de la breve carrera de Akadémos al enterarse de que Schéhérezade tampoco aspiraba a alcanzar más de doce números. Una frase de Cocteau le dejó perplejo: "Nada es más difícil de sostener que una mala reputación"."

En efecto, entre las edades de Cocteau y d'Adelsward median unos 9 años y el primero tiene en 1909 más menos la misma edad de Nino Cesarini, alrededor de 20. A esa fecha Cocteau sólo ha publicado el volumen de poesía La lampe d'Aladin y al año siguiente Le prince frivole. Jacques d' Adelsward el año 1909 en cambio ya es un experimentado aunque disparejo y definitivamente poco aceptado escritor que ha publicado los siguientes títulos en orden cronológico:

1898 - Conte d'amour.
1901 - Chansons Légères. Poèmes de l'enfance
1901 - Ébauches et Débauches
1902 - L'Hymnaire d'Adonis
1902 - Musique sur tes lèvres.
1902 - Notre-Dame des Mers Mortes
1903 - Les Cortèges qui sont passés
1904 - L'Amour enseveli. Poèmes
1905 - Lord Lyllian. Messes Noires
1906 - Le Danseur aux Caresses
1906 - Le Poison dans les fleurs
1907 - Ainsi chantait Marsyas…. Poèmes.
1907 - Une Jeunesse/Le Baiser de Narcisse.


Ese mismo año de 1909 el Barón publica su muy anunciada "novela de Capri" titulada Et le feu s'éteignit sur la mer (Y el fuego se extingue en el mar), la cual no hizo más que devolverle la "mala reputación" anunciada por la fatalidad de un joven Cocteau que siempre corrió los mismos riesgos con opuesta suerte, antes bien, convirtiendo esos riesgos en motivo de fortuna.

J. Cocteau en 1908
Sobre Jean Cocteau por otra parte cabe decir que, no obstante las evidencias, siempre logró mantener su homosexualidad en un halo de misterio, distrayendo la atención con su aclamada obra dramática, plástica, fílmica y literaria. Así mismo fue un hombre influyente y de poderosas redes sociales que le fueron siempre leales, sin que su vida íntima -ni siquiera su relación con el poeta Raymond Radiguet a los 15 años de éste y 30 de Cocteau- quedase expuesta. De hecho el único escándalo que enfrentó en su vida no provino de su orientación sexual ni desde sectores conservadores de la sociedad, sino al contrario, fue producto de la rivalidad y envidia que causaba su floreciente carrera artística en el líder del surrealismo, André Breton, quien intentó sabotear el estreno de Antígona (J. Cocteau,  1927) pero tuvo que abandonar la sala ante la rechifla del auditorio. Sólo en 1928 Cocteau publica una revelación explícita de su sexualidad a través de una narración autobiográfica en espléndida prosa titulada El Libro Blanco. Cometió el inútil ardid de publicarlo en forma anónima, no obstante el libro incluye 9 ilustraciones propias de las cuales 6 ya habían sido publicadas con firma en una edición de Querelle de Brest de Jean Genet en 1918. Es así que nunca nadie dudó de la autoría de El Libro Blanco y el propio Cocteau teatralizaba la inocente farsa de regalar ejemplares dedicados a numerosos hombres públicos. Es así como, según relata Milorand en su introducción a la primera edición en español de El Libro Blanco (México, 1981) que en un ejemplar obsequiado a Roger Peyrefitte, el encubierto autor escribió la dedicatoria: "Un saludo amistoso de mi juventud lejana". Además se da por cosa cierta que entre ambos -Cocteau y Peyrefitte- hubo una discreta amistad basada en la mutua admiración. La periodista María Moreno en su artículo "Por el amor de los muchachos" (Periódico Página 12, 6 de marzo de 2009) asegura que el autor de El Exiliado de Capri habría reprochado a su prologuista el que haya aceptado integrar la Academia Francesa, a lo que el autor de Los Niños Terribles le habría respondido: Como ellos no tienen lo que nosotros tenemos, para nosotros es agradable tener lo que ellos tienen”.

Roger Peyrefitte, nacido en 1907 era 18 años menor que Jean Cocteau y falleció el 5 de noviembre del año 2000. Al momento de publicar El Exiliado de Capri tiene 53 años de edad, mientras que Cocteau tiene 71 y está a 3 años de su muerte. Cuando Jacques d' Adelswar Fersen murió en 1923, Jean Cocteau contaba 34 años y es el mismo año en que muere su precoz amante Raymond Radiguet, precipitándose en el virtual viudo un proceso de narco-dependencia que lo conducirá al episodio de la clínica Saint Cloud y la publicación de Opio. Diario de una Desintoxicación, en 1930. Por su parte Roger Peyrefitte en 1923 tiene sólo 16 años y está casi a 20 de publicar su primer libro Les amitiés particulieres (Las amistades particulares). El Exiliado de Capri es su libro número 15.

Finalmente cabe mencionar que el juicio literario que deja caer Cocteau sobre d' Adelsward es repetitivo de una tendencia a minimizar la obra del Barón y parece atenerse a una falta de entusiasmo explicable por su avanzada edad y la cómoda distancia con que miró el episodio. ¿De qué otro modo explicarse las opacas recomendaciones sobre cierto "exorcismo de la belleza"? El título alternativo que Cocteau sugiere al libro parece responder al propósito de despojar de alas al liberto arquero más que de consignar las alturas de un vuelo peligroso que bien valdría entender en el reposo. Llama la atención que Peyrefitte haya solicitado este prólogo conociendo la falta de aprecio de Cocteau por el personaje -el que diluye entre frases herméticas y digresiones-, aunque de seguro habrá apostado a su interés por el desarrollo estilístico de la obra. También cabe sonreír ante el hecho de que el biógrafo haya cedido a su instinto de ex-diplomático y -pese a heroicos reproches- rubricara bajo el nombre de su flamante prologuista el no menos nobiliario cargo de "Perteneciente a la Academia Francesa".




Jean Cocteau

Prólogo a El Exiliado de Capri
edición en español
(R. Peyrefitte, Ed. Sudamericana, 
Buenos Aires, 1960.)
 

 

No tener genio, cuando uno sueña con él, debe de ser el peor de los suplicios.

Siempre me han gustado las criaturas incapaces de crear obras maestras y que tratan, a falta de algo mejor, de convertirse en una ellas mismas.

Víctimas de ese mal extraño vivieron y murieron Luis II de Baviera y la Emperatriz Elisabeth.

Frecuentar genios, alabarlos, protegerlos, nos les bastaba. Un sol negro calcinaba sus almas.

En mi pieza El Águila de dos cabezas muestro una de esas reinas que quieren dirigir el destino e imprimirle hasta la catástrofe un lirismo que su espíritu no puede producir.

Me parece que Roger Peyrefitte, inclinándose sobre Fersen de Adelsward, quiere someter a estudio ese fenómeno de la lírica.

Pero también aquí se yerguen obstáculos, pues "nada es tan difícil como sostener una mala reputación". La curiosidad malsana de la muchedumbre se gasta pronto y me parece indispensable una especie de genio negativo en el inmoralista. De lo contrario, el hotel de turismo, el dancing y la ruleta reemplazan pronto, aún en un lugar de mala fama, el templo de los amores prohibidos.
Por supuesto, como el genio es una desobediencia a las reglas de la norma, trasciende en el terreno del alma lo que se acostumbra a llamar vicio en el terreno del cuerpo, y que no es otra cosa que una desobediencia del organismo a las costumbres admitidas de una libre disposición de los sentidos, de una audacia que consiste en encarar como un fin de lujo el medio que la naturaleza emplea para perpetuarse a ciegas.

Pero si bien me inclino ante grandes condenados, si ocurre con Óscar Wilde, como con el capitán Alfred Dreyfus, por ejemplo, a que el drama aureola a la víctima, he sentido siempre una fuerte repulsión por una cierta florcita azul de los infiernos.

Fersen sigue siendo el ejemplo de ese cambalache greco-prerrafaelista-estilo moderno. El sacerdote y el acólito de las misas rosadas.  Por eso el libro de Peyrefitte no debe ser leído bajo el ángulo del escándalo. Quienes lo busquen entre líneas correrán el riesgo de experimentar una gran decepción. Pueda El Exiliado de Capri enseñar a la juventud que la belleza sólo existe si una belleza interna y el trabajo la exorcizan y luchan contra su altanería. Ojalá pueda comprender que la juventud es un privilegio frágil y no una raza robusta que se opone a la raza decrépita de los viejos.

EROS APTERO

Tal hubiera podido ser el título de una obra que el autor dedica magistralmente a uno de esos Ícaros cuyas alas se derriten al sol de la pequeña gloria.




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