lunes, 26 de enero de 2015

"RUIDO", de ÁLVARO BISAMA


El libro está flanqueado con dos epígrafes. El que abre es de Nicanor Parra: "El verdadero Cristo es lo que es, / en cambio yo qué soy: lo que no soy.". El que cierra es de Enrique Lhin: "La realidad es la única película / que nos quita el sueño.". Ambos resultan atinados, pero predecibles.

El comienzo es prologal, enmarcante, aforístico. Personalmente creo que es una de las mejores sentencias que he leído en lo referido a la metafísica del paisaje-paisanaje, en esa suerte de subgénero del relato nacionalista oscuro, con un ligero aire a Miguel Serrano, a Eduardo Anguita, cuando decían que el ambiente terrestre chileno, el peso de la noche, lo absorbe y lo aplasta todo. Bisama dice:

"Creemos en una ley óptica que jamás ha sido descrita: la luz de la provincia chilena se traga el tiempo y deforma el espacio, se come el sonido y lo vomita, destiñe los colores, derrite las formas de todas las cosas."

Precisamente recuerdo haber sabido hace años de un colectivo de seguidores neo-nazis de Serrano en Villa Alemana que hacían rayados de mal gusto y distorsionaban lecturas picoteadas del maestro. No es la única secta que prolifera en esa extraña aldea y "Ruido" de Bisama así lo confirma. Punkies, metaleros, nazis, grafiteros, gedeones, seguidores de los ovnis, satánicos, dark, buscadores de tesoros, clarividentes, espiritistas han fijado su centro de operaciones en Villa Alemana. Allí tuvo su residencia y su laboratorio durante años el "astrónomo" ex cátedra, Carlos Muños Ferrada (1909-2001), uno de los primeros chilenos en hablar sobre el pseudo planeta Nibiru o Hercólobus, no reconocido por la ciencia oficial pero observado desde miles de años por las culturas de la antigüedad. Talvez esa sola circunstancia ha hecho que Villa Alemana se haya vuelto un lugar predilecto para sensibilidades apocalípticas por varias generaciones. Muñoz Ferrada proclamó que los cielos de Villa Alemana eran los mejores del mundo para la observación astronómica y desde allí anunció terremotos, avistamientos de objetos voladores extraños y fines de mundo parciales o totales durante décadas. Podría eso tener también una conexión con el hecho de que el joven Miguel Ángel Poblete haya alucinado una aparición mariana y no cualquier otra cosa, durante un rapto psicodélico bajo el efecto de un solvente. Ese terreno fértil abonado por Muñoz Ferrada podría ser la razón de que prendiera con tanta eficacia el contagio de las alucinaciones marianas y la psicosis colectiva llegara tan lejos.

Recuerdo haber estado de paso en Villa Alemana en el año 1995. Fui a hacer un trámite y luego caminé un poco para conocer el centro de la ciudad. Vi rayados en los muros que parecían dialogar sobre algo que se me escapaba, una especie de lenguaje en clave. Varios tipos de gráfica, diversas pandillas y miradas hostiles en los bancos de la plaza. Una gorda con una cresta punkie roja y un aro como de toro en el puente de la nariz y en el hocico, me hizo tomar distancia. Dos cosas llamaron poderosamente mi atención: 1.- Ningún teléfono público funcionaba en ninguna parte. Todos estaban cortados o reventados o simplemente fuera de servicio. No era época de celular y la sensación de estar incomunicado me resultó intimidante. 2.- En lugares estratégicos pero nada discretos habían montoncitos de caca humana. Los perros vagos la respetaban y las tribus urbanas las consideraban como parte del mapa. Sin duda eran marcas de territorio. Cuando confirmé con repugnante certeza que se trataba de eso, me di cuenta de estar en un lugar particular, elegido por algo invisible para dejar señales. Algo potente que afecta la psiquis y configura el paisaje de un modo semi onírico, febril, cargado, con una atmósfera pesada. Posiblemente la caca de Bisama, abundante en embutidos y residuos de coca cola que ningún enzima puede deglutir, estaban por allí cerca en el aire ominoso de Villa Alemana en esa tarde en que yo fui como un roedor que se sale de su jaula y entra por error en una zona silenciosa de guerra latente.

Bastante de esto se habla en "Ruido", aunque con un decorado más refinado, como de comic gótico. Es un relato que hace juego a su concepto titular. Tiene ripios, secciones que no aportan nada, digresiones, líneas descontinuadas. Su autor nació en 1975 y por tanto tenía 8 años cuando comienza la prédica de Miguel Ángel Poblete. Desde esa locación espacio-temporal hilvana una trama de recuerdos en clave poética sobre el punto de emisión de ese inclasificable fenómeno de masas que fue la presunta aparición de la Virgen en Peñablanca. Entre esa fecha (1983) y la de la publicación de "Ruido" (2012) han pasado unos 30 años y Bisama se ha comido unas cuantas toneladas más de comida chatarra para devenir en una de las varias voces de la nueva generación de narradores de ruptura, sin género, sin esquema, redescubridores de la pólvora de la prosa intertextual y el hilo negro del ritmo libre sin plan de redacción convencional, sin fases de relato, a veces sin argumento. Funciona bien, aunque agobia a ratos por estar tamizado de cursilerías y tremendismos que de pronto cansan, que son como algunos gestos o tonos de voz de su autor, impostaciones tan elaboradas que ya no se sabe qué parte es auténtica y qué parte es argamasa. En definitiva todo es artificio, parece recordarnos, y le hace juego a la intrincada trama semántica del caso "vidente de Peñablanca".


Simultáneo a la construcción de un cronograma no sistemático pero sí correlativo y fiel a los hechos conocidos sobre el vidente de Peñablanca, el autor-narrador va llenando una agenda paralela en que visita y resignifica su niñez y adolescencia de la mano de las bicicletas, el hard rock, el ocio y el "personaje que todo lo domina" (Serrano dixit), cual es la mirada omnisciente del Gran Arquitecto de Villa Alemana como lugar de penitencia, de aprendizaje opresivo y extensión masiva del fracaso social y emocional de la familia. Llega al final del relato sobre el vidente con un relato medio balbuceante sobre su generación y su vida. Es un libro breve y sin embargo se hace largo. Los capítulos "Pogo" y "Ahora" son una tortura. Es muy evidente la intención de evitar la obviedad policial del caso "vidente" y es probablemente el resultado natural de cualquiera que quiera apartarse de las meras apariencias. El relato se ensucia a sí mismo para connotar ese "ruido" que pregona. En una página llega a enumerar 28 presuntos milagros del vidente. Es un buen punto de apoyo para una búsqueda en terreno, sí. No contamina un proceso creativo o de rastreo porque no responde a nada. Sólo abre más interrogantes. Hay que agradecerle este libro a Álvaro Bisama, pero no hay que inflarlo demasiado.





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