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"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

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miércoles, 18 de marzo de 2015

POESÍA CHILENA ACTUAL DE MUJERES EX-CÁTEDRA (4)

Para ver nota introductoria y nota dedicada a Ana-Rosa Bustamante, seguir el enlace:

Para ver nota dedicada a Lila Calderón, seguir el enlace: 

Para ver nota dedicada a Mónica Montero F., seguir el enlace:


4.- Marcela Reyes Harris


Nació en Antofagasta en 1972. Es poeta y gestora cultural de amplia labor en la difusión y fomento de la creación poética, particularmente en la Región de Coquimbo. Es fundadora de la revista Musaraña y directora de la revista Albricias, editada por la Agrupación cultural del mismo nombre. Ha sido incluida en numerosas revistas y antologías regionales. Actualmente trabaja en el Departamento de Cultura de la Municipalidad de La Serena. Su único libro publicado hasta la fecha es "Teoría de las Flores" (2012).

"Teoría de las Flores" es un libro de 56 páginas que contiene 35 poemas, algunos de formato minimalista y otros de largo aliento. Son piezas unitarias de titulación individual, no obstante tienen un hilo conductor e imaginario comunes. La edición es de impecable factura en materia y diseño, pero es de lamentar la presencia de más de una errata en sus páginas.

En la portada puede verse una imagen elaborada por Santiago Gómez Loyola, imagen de alto simbolismo esotérico: un rostro femenino de aspecto orgánico, con cabello y extremidades vegetales, el tercer ojo de la sabiduría eyectando un surtidor de agua y un ofidio rodeando el cuello. Hacia el borde superior, la luna, estrellas, la noche. La imagen condensa mitos de iniciación, la pérdida de la inocencia edénica y la visión interior. La serpiente está allí para recordar también la rebeldía.

En la contraportada del libro hay unas líneas firmadas por Diego Maquieira que son casi insignificantes. El autor de "La Tirana" declara: "estos notables poemas me han conmovido al punto fijo de dejarme pensando". Ni por fijo es más o menos que obvio ese mínimo punto, si es que "pensar" no representa un enorme esfuerzo para el comentador. También habla de "desbordes de contención del amor humano". Debe ser el peor oxímoron jamás escrito. Pero como dijo el hereje: sin embargo se mueve.

En este libro se pueden encontrar textos de diversa intensidad, donde coexisten piezas de factura irreprochable junto a algunas, las menos, en que aún se aprecia una fase de búsqueda técnica en desarrollo. Es posible que algunas líneas, las menos, remitan la expresión a un lugar común, pero esta característica da al conjunto un sello de frescura que se potencia en el todo. Es un libro coherente, consistente y original, con una trama interna que intentaremos escudriñar.

El libro de Marcela Reyes se abre y se cierra con dos teorías: la primera "de las flores" propiamente tal (que sería el eje conceptual del conjunto) y la de "las flores sobre las despedidas" (que vendría a ser su epílogo). Entre una y otra hay un proceso gradual de oscurecimiento de un jardín corporal y químico que es analogía de la matriz femenina. Se avanza hacia el fondo de la tierra en una condición cataléptica, de muerto-vivo o vivo en estado latente. Para empezar sabemos que "las flores son mujeres sin miedo / (...) / desprenden sus pétalos hacia el infinito / acaparando la atención de las razas". El texto es programático y por lo tanto declarativo, retórico. Busca predisponer al lector con la función de una proclama que se va aligerando hacia el final para engarzar con el tono coloquial, reflexivo y metafórico que va a predominar en el desarrollo del libro. Si bien la primera estrofa está en tercera persona, la segunda estrofa ya recae en el yo de la autora enmascarado con una hablante en uso del plural épico que nos avisa que ella pertenece a ese contingente terrestre-alquímico-sideral: "Hemos adquirido el hábito / de encender cambios desde el útero / pintar la sonrisa de los muertos / dormir solas, desnudas / no usar trenzas y decir garabatos.". Se nos anticipa entonces que la muerte es parte de este oficio de transformaciones. A mi entender esta analogía está reclamando la primera fase de la alquimia: la nigredo, que en los textos arcaicos se simbolizaba con una pareja copulando debajo de la tierra. La opus nigrum simboliza el barro del que fue generada la especie humana. Y todo sujeto -hombre o mujer- es un ser en estado de piedra negra o en bruto o de barro. Desde allí remontará para convertirse en un metal noble, si acaso su conexión de conciencia con otros seres y estratos de la naturaleza se lo permite. Hasta aquí la alquimia tradicional. El poema "teórico" de las flores concluye diciendo que esta flor-mujer-sin miedo tiene la capacidad de llorar "lágrimas que caen encima de las estrellas / y en esa deliciosa alquimia / invadimos con semillas al mundo.". Es decir que estamos parados desde el otro lado del espejo.

En la segunda pieza, "Sobre los espíritus", ya entra en el terreno metafísico de los seres deletéreos, esto es, los que no están pero un sentido de intuición aguda y no racional puede percibir. En el siguiente texto, "El otoño de las brujas", hay un pacto estacional con la magia herética. Ya podemos agregar otra condición entonces a esta hablante: flor-mujer-tierra-bruja. Este poema al igual que el siguiente, "Elegía de pájaros", tiene por elemento el aire como zona de desplazamiento de sus habitantes. El quinto texto, "El cerebro del gato", es uno de los más notables del conjunto, donde el relato gótico y psico-mágico se grafica plásticamente, en una suerte de guión o plan de acción: "Voy a tomar mi cabeza entre las manos / y volar a ciegas en el suave espanto". Luego viene un ritual de traslación de energías entre la hablante y el gato en que se pasa de la autofagia a la fagocitosis del cerebro dado en ofrenda, el cual es comido por el gato que pasa a ser controlado por la identidad de la hablante y hasta "habla, llora, escupe como yo / entierra las pezuñas en su estómago / emborrachado de insensatez / grita versos de Baudelerie, Poe y Eluard...", para luego terminar siendo devorado por las hormigas (el gato con cerebro de bruja-flor-mujer), punto en el que la oficiante del ritual recupera el cerebro del gato y se lo instala en el cráneo abierto, para salir luego en condición felina a escalar los agostos "con siete vidas robadas / en celo / haciendo poesía en cuatro patas".


El poema anteriormente analizado es una buena síntesis del clima del conjunto poético de Marcela Reyes, donde los textos oscilan entre un surrealismo de cultura popular y la patafísica, en la estirpe de Alfred Jarry, quien definía su doctrina infusa como una "ciencia de las soluciones imaginarias que otorga simbólicamente a las delineaciones de los cuerpos las propiedades de los objetos descritas por su virtualidad". En esta línea la poesía de Marcela Reyes conecta con la de otras mujeres autoras de las recientes promociones, donde la preferencia por la metafísica y la atribución mágico-química a la condición de mujer es una corriente de inspiración en común, así en la poesía de Marina Arrate, Lila Calderón, Damsi Figueroa, Alejandra del Río, Silvia Osorio H., Alejandra Ziebrecht, entre otras, por cierto no todas ellas ex-cátedra y sin nexo generacional (ver nota introductoria de esta secuencia de reseñas). Me atrevo a afirmar también que este estilo de creación tiene por pioneras a nivel hispanoamericano a poetas no chilenas como Juana de Ibarbouru o Alfonsina Storni y en Chile recién se inicia en los años 50 con la irrupción de Stella Díaz Varín, referente imbatible de esta línea de autoría de poeta mujer-vate (en el sentido de vaticinadora), captadoras de una intuición-expresión metafísica a partir de la condición de género. Podríamos agregar que esta corriente tiene un sello marcadamente modernista, con su prevalencia de los motivos esotéricos, lo funerario, lo panteísta, lo noctámbulo y las visiones de mundo basada en el pensamiento analógico y en el proto-feminismo, de un carácter más simbolista que reivindicador en el sentido político contingente. En el caso del libro que comentamos cabe decir que lo onírico y lo erótico, sellos también distintivos del modernismo, tienen bajo perfil. Pero puesto que nos instalamos a leer este libro ahora, en el siglo XXI y no a principios del XX, debemos señalar que esta matriz modernista es más post que neo, donde en realidad se citan referentes expresivos de larga trayectoria mixturados por la tendencia ecléctica de la poesía contemporánea: lo neo-barroco, lo lírico, lo antipoético pueden convivir sin dificultad en un libro y hasta en un mismo texto. Este es el caso que comentamos. Esa es la línea de estilo que señalábamos entre sus afines.


Continuando con "Teoría de las flores", podemos observar que a partir del sexto poema, "Encuentro", viene un predominio de la muerte como tema central y de la tierra como elemento ambiental que persiste. Así leemos títulos como "El ataúd musical de la cordura", "Catalepsia", "La muerte y yo", o textos donde la muerte es vencedora, como en "Sentencia" donde ocurre que "Dicen que tuvo esa desgracia desde su muerte / por eso pensó que debería volverse estrella / (...) Si la ves, notarás que sus puntas son de huesos / (y no de luz)" y más adelante en este mismo texto al producirse la incontenible reducción final, "Algunos creerán que es polvo de estrella / pero será polvo de esqueleto", haciendo una réplica anti-utópica del amor tal como fue pensado en Quevedo cuando dijo "polvo serán / mas polvo enamorado", resolución imposible en este caso, cuanto más si la autora ya ha dicho en "Imágenes" que "las flores no tienen compañeros".

Este devenir progresivo de degradación alquímica floral-corporal llega a un punto del vértigo, porque su estadio natural de situarse frente a su identidad mutante, híbrida, transformada y transformadora, reduce la carnalidad desde la experiencia de ascenso hacia las estrellas ubicuas y de descenso hacia la tierra contenedora, emisora y receptora de energías. La fecundidad y la maternidad, como el amor, en esta operación negra, es un ejercicio mortuorio, que da vida en otros planos negándola en la realización del amor material pleno. Llega un punto en que una hablante "Mareada" declara:
Perdí la fe
no las palabras
perdí las manos
no huellas digitales
perdí el miedo
no dolor
perdí la oscuridad
no el luto

en fin,
sigo sumando muertos.

La autora ejercita su duelo a través de esta hablante nictálope, que ve en lo negro no sólo de la noche sino del fondo de una tierra parecida al firmamento en la continuidad de brillos de cuerpos que se van purificando en la condensación mineral, química y vibratoria: los cuerpos volátiles arriba, los cristales milenarios abajo, y la sujeto hablante-flor oficiante ritual de esta intermediación, emplazada en el suelo como parada entre dos abismos. Este itinerario termina con un anti-pacto vital: las "flores" tienen su "teoría sobre las despedidas" porque el curso de la gestación está dado por la destrucción paralela: "Desde donde viene la muerte / y hacia donde va / se revela el nacimiento // el vientre es el primer sarcófago / de sangre y placenta florida / primer saludo mortuorio / silencio lleno de pétalos / atrapados en el cuerpo...". Así se consigna un proceso de construir su identidad en base a la amenaza latente de la pérdida, la separación, la disolución generatriz donde, como dice el viejo precepto hermético, nada muere sino todo se transforma. Pero de este lado del oficio de sentir y cantar ese proceso, la dimensión restringida de nuestras percepciones no nos deja ver más que la muerte. Sólo la vaticinadora puede deducir: "Quien conoce ese entierro más allá de las raíces y el tiempo / sabe que el hombre ha nacido eternamente / Esta es la teoría de las flores".

Marcela Reyes ha hecho en "Teoría de las flores" un regalo inusual: ha expuesto con espontaneidad un ciclo creativo doloroso, comprometido con su historia, generoso y lleno de los dones que le exigimos a la poesía: sentido del ritmo, severidad en la construcción del texto, conciencia del verso y de la articulación interna del poema en cuanto pieza o núcleo creativo. Lo repetitivo y lo evidente que pueda persistir entre estas páginas responde a una urgencia de decir, que no es transable.

Es de esperar que a este texto inicial e iniciático se sume, con toda la prontitud que su maduración le permita, un nuevo título.





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