lunes, 13 de abril de 2015

HISTORIAS DE NIÑOS TRISTES

de ACTAS DE (MALA) FE















No latigazos,
no flechas de centuriones para seducir santos,
no alarma de incendio o bombardeo.
Nada para lo que estuviéramos preparados.
Un deseo nuevo o como no visto, una pregunta
parecida a una polilla
con las alas pegadas al fondo de un vaso,
una maña eléctrica desde el cóccix a la nuca.
Era un rumor de concordancia, las nimias criaturas,
la euritmia del vicio,
los ojos ubicuos de un dios-mosca.

–Tengo un nudo ciego
y lo que importa no es cómo lo arreglo
sino cómo lo cuento.

–Necesito la pared del fondo para empezar mis curaciones.

–No dormí en tres días
y aún así no supe nada
como orina que simplemente amanece.

–Un parecido obligado a mis enemigos.

–En mi barrio me dicen Jesucristo
porque maldigo toda esperanza.

–Mientras más bello más perverso.

–La forma de rascarse era la forma
de hacerse una y otra vez la misma pregunta.

–Lo que hagas con tu lengua es asunto mío.

–Hay una inocencia
de la que deberé dar pruebas algún día.

–De pronto no hubo necesidad
ni órgano de desear ausencias.

–Por causa de la peste nos infligimos este amor.
Dispuestos a ajusticiar al padre
trajimos nuestra mala suerte a este mismo suelo.

–Tengo un enorme pasado que aún no termina.

–Descubierto en mi vicio solitario
por los míos más tus ojos
después hubo un accidente compartido.

–En la próxima canción está mi origen.

–Las ánimas cruzan a través de los humos de colores.
Huele profundo y ve por ti mismo.

–Todo grito se transforma en sacramento
y tengo la aureola hasta el cuello
de esperar mi minuto.

–Nudos ciegos a escala de sus deseos.

–Estar dentro de una melodía,
una belleza boba que dure sin comienzo,
el agua donde caen los angélicos
cuando se para el motor del aeroplano.
¿Recuerdas Calypso, de John Denver?
¿Sabías que los delfines tienen sexo por juego?

–No puede dañarnos si es lo único que entendemos.

–Sólo porque no es amor
puede durar hasta el fin del mundo.

–Voy a regalarte una palabra que no has oído nunca.


















































Todas las fotografías: Evgeny Mokhorev

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