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"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

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domingo, 19 de abril de 2015

REINOS DE LA LLUVIA

en MURMULLO FRENTE A SILLAS VACÍAS (2001)
en PIEDRA NEGRA (2009) 




Tal y tanto adentro, tal y tanto afuera.


Dormía yo en espera de convenio
y vino a removerme la estentórea lluvia
de megalitos y lunas caedizas.
Me dio el don de la Imagen
con la numeración de cuerpos,
edades en racimo aconteciendo
en el aire, el toque a muerto del barro.





 

Sol, viejo ídolo que mueres en mis manos,
¿qué vienes a perder en estos laberintos?
Padre exánime, caes
entre tus propias alas, quebrándolas.
No te debo ni me debes,
no es por ti ni por mí que estamos reunidos
en torno a estas hojas que acaso también caen
por el peso de cada palabra.
La urna se partió por el embate
de entrantes y salientes bajo tierra,
con el rumor de dioses siniestros
a la diestra de célebres demonios.

En el centro de su noche se abre la carroña
y en el muro una pátina se ensancha
opacando al espejo.

Nuestros gestos son el círculo
que ata frutos inalcanzables
como años colgándose a las ramas más altas.

La penumbra a bruces llovida
transluce el rastro de una romería que avanza
con toda la memoria de otra que regresa,
se intercambian los deudos, los rostros
son arrastrados por el agua.



II 



El agua baja en el vaso,
irrumpe en los ojos hasta inundar la campiña.

La flor macho de calabaza
busca a la flor hembra
para hincharla con su primera sed del día
pero agosto es su vejez
y todo llamado es inútil en invierno.

Una bandada en busca de refugio
deja caer huevos de piedra
en los cántaros sin fondo de la noche.

Y el hongo gira
en una sola sílaba que lo repite todo,
en una gota de llanto, suficiente
para ahogar en un ojo estas regiones.



III 


La baraja enmudece.
La santa retira utensilios
donde ha puesto todas sus edades.
Se brinda por el muerto,
por el hijo,
se brinda por buen sexo,
por pan y poesía
pero no se sabe quién
perderá la cabeza
antes del amanecer,
o si alguno
conoce que aquí
se ha dictado una sentencia.



IV 


La sal no debe ir al suelo, ni a la ropa,
sino al fuego cuando pasa un ave mala.
El diapasón de gotas
da la señal al puño que apaga la candela
para no dejarse ver matando
en el reencuentro con los rostros 
rezagados de otro invierno
y los nimbos dejan en la cima
un jirón de su cansancio
convirtiendo en victoria su eléctrico destello
mientras en los galpones los huesos maduran
tal que ídolos agrupados
en torno a su tristeza.



V 


Regresan turbios hombres río abajo
y el discurso del gallo es su último contacto
con la luz en retirada. Nos levantamos
con nombres arrebatados al delirio,
nombres apenas murmurados
de aquellos que no son o están silentes
y van con su identidad a cuestas
surcando espejismos, sorteando el velo
de las aguas, con la memoria hecha un fardo
humedecido de ojo en ojo,
recuperando el aliento después de una plegaria
o desprendiéndose de a poco
antes de abandonarse a un vuelo
que otros atestiguarán
despavoridos.



VI 


La noche se extiende
hermanando a los objetos.
Vendaval sobre el rostro en el umbrío
donde ninguno es libre
                        sino instrumento de libertades ciegas,
ninguno es móvil
                        sino presa vidente del movimiento
y el cielo vuelve a verterse sobre fosas tremedales
mientras el niño finge dormir
oyendo en una sala contigua el tintineo de copas.

Alguien llegará más puntual
que la caída de un reino a los pies de su árbol
y se sabrá que la ventana
abarcó una lluvia ajena al mundo
antes de ser velada por un presentimiento negro.

Un manto de nubes me otorga la lengua madre
que se debate sólo para hundirse
con el poder y el ceño de aquél que ya no siente
y en vísperas de tormenta ensilla su caballo.



VII 


¿Seguirá lloviendo
                                   ayer?

Tan largo, niña, largo
ha sido
el día
que has vuelto a nacer
de la misma tierra, sin ella.
El tiempo se nos pega a la piel.
Es el barro dejado por la crecida de una calle
El alquimista; Remedios Varo
que arrastra en su cauce a la criatura
destinada a arrojarle sal al fuego.

Temo no atrapar
lo que depende únicamente de mis ojos
para poder definirse en la espesura.
Viviré en lo blanco de la muerte
pero a la hora del canto veré a otros
llovidos por la misma resina.

Te guardo, niña, en una palma abierta
y tras luna nos iguala el aguacero
por bosques deshojados,
                        villorrios de hojalata,
                                               libertad de ortigales,
hija,
            lamidos
por el pabilo que cubre los campos,
hilados por una soledad
                        anterior a la piedra.

Viene el viento
y el descenso de las hojas

nos atraviesa el dedo índice en los labios.


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