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"BETONIYÖ", DISTOPÍA ADOLESCENTE Y EL FRACASO DE LA BELLEZA

    Título: BETONIYÖ Directora: Pirjo Honkasalo Guión:  Pirkko Helena Saisio;   Pirjo Honkasalo País: Finlandia Año: 2013 Actor ...

jueves, 6 de agosto de 2015

MEMORIAL DEL EPICENTRO


de "Zona Cero" 
en ACTAS DE (MALA) FE
Mosquito Ediciones, 2014






















Se consignan partículas de vidas y lugares. Se acopian cascajos de pasado.
Se relatan ecos y sucesos entre fiebre y razón, iras y asombros. Se conservan
rebotes de espejos trizados, mañas agrietadas, saqueos y fiestas de instinto.
Se colectan sustentos urgentes devueltos por las olas, raíces y nudos
regurgitados por grietas. Se dan nombres y edades por si alcanzaran, por si
quedara algo de sujeto en la multitud interna. Se inspiran de orgía las
visiones.


Informante: Olga Casilda, 76 años, pensionada.
Lugar: Iloca, comuna de Vichuquén, provincia de Curicó.

Yo me estaba dando vueltas en la cama porque no podía dormir cuando
sentí ese ruido de animales, pesado, ronco, parecido a toros desbocados
por el camino. Nosotros vivimos en la calle y estamos acostumbrados a que
a veces se arrancan bestias de los cerros, o pasan máquinas para el lado
de Infiernillo. Pero esa noche era más un trueno que envolvía. Yo lo sentía
de abajo y de arriba y de los lados. Toda la casa se quejaba y de a poco
iba creciendo como vacas acercándose al galope. Le dije a mi marido: «oye
viejo, parece que me voy a morir», porque creí que era un ahogo el ruido
seco y me empezaron a tiritar los ojos igual que si fueran a salirse. El viejo
se bajó del catre porque también escuchaba eso y ahí vino el sacudón como
si pescaran los muros y empezaran a batirlos. Yo veía los muros igual que
sábanas al viento y entendí que se iba a derrumbar todo pero no me pude
mover. Sentía los pies pegados al piso. Creo que yo era lo único firme en
toda la casa porque abrí las piernas para equilibrarme y empecé a rezar,
abrí bien duras las piernas igual que en el parto de mi primer hijo, que lo
tuve de pie ¿sabe? Ya hace 55 años de eso. En ese tiempo no había dónde
llegar y se me rompió la bolsa así que abrí lo más que pude las piernas y
lo recibí yo misma. Lo tomé al niño, pegué un grito y casi se me resbala por
el agua y la sangre pero lo agarré y recién ahí me tiré de rodillas y me
senté en el suelo y descansé. La noche del terremoto me acordé de eso pero
sin pensar. Fue un recuerdo tirado, un flechazo. Mi viejo y mi nieta me
gritaban de afuera desesperados pero yo no atiné más que a pararme con
las piernas duras y al medio de la pieza a oscuras sentí que se caía todo
alrededor y me envolvía el olor a tierra y a madera vieja y ahí pensé que
no iba a parar nunca de temblar pero me acordé del parto que había sido
igualito. Cuando paró me dejé caer hincada y pegué el grito. Recién ahí me
di cuenta del dolor en las piernas y sentí alivio. Afuera lloraban porque
creían que me había muerto. Se veían los puros ripios en la noche y al rato
salí yo. Igual que si la casa me hubiera parido tenía tierra y sangre no sé
de dónde. Salí como fantasma con la ropa rota. ¿Cuándo iba a pensar que
a esta edad iba a ver esto? Fue como que había parido las ruinas de mi
casa, que todo ese escombro había salido de adentro mío. Sentía
desgarradas las vísceras y tenía sangre en las piernas porque me había
herido al salir con clavos y astillas, pero no me di cuenta hasta después.
Entonces llegaron corriendo unos vecinos que decían: «a los cerros, a los
cerros». Y mi viejo dijo mirando al horizonte: «viene la ola» y ya había
agua en la calle, espuma. Y así subí con las piernas llenas de agua salada
y de sangre igual que en mi primer parto.


Informante: Berta Elena, 86 años, viuda, pensionada.
Lugar: Caleta Duao, comuna de Vichuquén, provincia de Curicó.

Yo he vivido 4 terremotos. Para el de Chillán del 39 estaba en Talca y para
el del 60 yo andaba por Concepción. En el 85 ya estaba en Curicó que es
el pueblo más feo de la tierra. Y todas las veces me ha dado por reírme,
oiga. Cuando me toman los nervios me da ataque de risa y no puedo parar.
Es el balanceo que parece como mecedora o bailecito y parece que uno es
de pluma o de trapo. Cuando vino la ola recién había dejado de reírme. La
gente lloraba y se enojaba conmigo porque creían que yo me burlaba o que
estaba loca. Pero es que mientras me calmaba iba viendo las desgracias y
mi forma de preocuparme era la risa. Cuando vi venir la ola y me tomaron
entre dos hombres uno de cada brazo, no dejaba de reírme, estaba peor que
borracha y miraba de reojo la ola que brillaba con la espuma plateada en
la cresta. Esa noche había luna menguante y estaba estrellado pero se
perdió el horizonte y se veía un muro negro que bordeaba brillante y
avanzaba con una cinta de luz arriba como si hubiera subido. El sonido era
lejano y suavecito. Al acercarse la ola el ruido fue quedando atrás. Iba el
murmullo parecido a lluvia y aunque la gente hablaba había una especie de
silencio espeso como si todo el ruido se estuviera desaguando en un embudo
y las voces se oían en ecos unas de otras, los pasos silenciosos y los
ladridos ahogados. Todo estaba reblandecido, ahondado y nadie gritaba.
Se hablaban todos susurrando o afónicos. El ruido áspero de la ola se
tragaba las voces. Parecía paja seca y la gente estaba aturdida. Hablaban
como en misa de difunto con llantos apagados, con hipo, acezando mientras
subían el cerro y cuando la ola tocó tierra vimos desaparecer las casas y
yo me tapé la boca para no reírme de nuevo, me tape la boca igual que si
bostezara. Alguien se desmayó a mi lado y me empujó. Y yo tan vieja, fíjese,
tan flaca que me tomaban y me ponían en cualquier parte no tuve miedo
nunca fíjese. Porque miraba esa luz tan linda que rebotaba en la cresta de
las olas.


Informante: Juan Iván, 15 años, estudiante.
Lugar: Palquibudi, comuna de Rauco, provincia de Curicó.

Me costó despertar. Escuché que me retaban porque no bajaba de la cama
y parece que me perdí la mitad del terremoto pero cuando entendí salí
corriendo como pollo y era un ir corriendo en gelatina. Después me afirmé
de un árbol y miré la negrura de la noche parecida a un pájaro moviendo
las alas. Creí que no iba a terminar nunca. Que toda la vida ahora iba a
ser así. Que tendríamos que acostumbrarnos a hacer las cosas moviéndonos
siempre, a ver caer las cosas y ponerlas una y otra vez para verlas caer a
cada rato. Pensé que íbamos a estar más ocupados, que iba a faltar tiempo
para tantas cosas que había que afirmar y que íbamos a andar todo más
lento porque el suelo jamás se detendría y me preocupaba eso, lo difícil de
hacer todo de ahora en adelante. Ir al baño, o comer por ejemplo. Me
imaginaba en mi cumpleaños con todo moviéndose y yo tratando de soplar
las velitas y atinarle a la boca para besar por ejemplo. Me imaginaba que
cuando hiciera el amor iba a ser un enredo con el movimiento y todo
sacudiéndose. Tomar locomoción, escribir, todo tan difícil de ahora en
adelante pensaba yo. Y tuve ganas de llorar abrazado al árbol y me raspé
la frente con el tronco y me empezó a salir sangre que me llegaba con
lágrimas a la boca y con el sabor salado algo pasó en mi mente, porque
estaba más despierto y empecé a separar el ruido del temblor con el silencio
de las cosas. No sé cómo pero yo distinguía que debajo o adentro del ruido
ronco estaba el silencio, que todo callaba dejándose matar, dándose por
vencido pero con una especie de ternura, un abrazo muy fuerte que ahoga
y da gusto al mismo tiempo y me sentí sumamente chico en los brazos de
un gigante y me dieron ganas de orinar. Parece que empecé a mojarme un
poco porque sentí lo tibio y me toqué para estar seguro. Me tomé el olor
de la mano y con el movimiento me toqué la boca sin querer donde tenía
lágrimas y sangre de la cara y todo era saladito. Encontré que el sabor de
mis propios líquidos era rico. Entonces sentía todo más fino, más atento.
Escuchaba el silencio y distinguía mis propios sabores separado del resto
de mi cuerpo, dividido igual que las cosas adentro del ruido, tragado o
envuelto en la carne viva de la noche. En ese momento se me pasó el miedo
porque si la vida iba a ser así de ahora en adelante podía ser agradable
sentir todo más intensamente. Y en eso pasó el temblor y escuché llorar a
alguien, gritar. Y se rompió la magia. De nuevo todo era igual de aburrido.
Me empezó a molestar la cara sucia y lo mojado de las piernas y mi olor
a orina. Y me acordé de la vergüenza y lamenté que el terremoto hubiera
terminado.


Informante: Domingo Hernán, 43 años, carpintero.
Lugar: Curanipe, comuna de Pelluhue, provincia de Cauquenes.

Cuando vino la ola yo quedé ciego, estuve unos segundos sin sentir, como
si me hubieran apagado la pantalla, ¿me entiende? Era estar encandilado
en la negrura, porque yo nunca había visto algo más negro que ese mar.
Tan negro que parecía azul, parecía cielo, como lengua con puntitos
blancos. Era un mar estrellado y la sombra me cegó. Luego atiné a pensar
que soy buen nadador y no me iba a pasar nada. Pensé que era menos
trabajo esperar la ola que subir el cerro así que me quedé quieto tratando
de distinguir algo en el horizonte que subía espolvoreado de puntitos
brillantes. Yo esperaba el portazo de la ola pesado como tronco encima
pero me di cuenta que antes de llegar ya tenía agua en las piernas y me
subió hasta la cintura. Empecé a bucear a ciegas y algo me arrastró a los
pies del cerro, justo en el camino donde me subieron enganchado de un
carrito y me di cuenta que mientras más objetos había era más la luz y yo
veía menos. Miré hacia la sombra espesa de la ola que me daba una
especie de fuerza. En cambio la gente con su desesperación me hacía sentir
más hundido. No sé si esto fue antes o después de aturdirme porque
recuerdo bien las voces tratando de adivinar lo que pasaba abajo pero yo
distinguía perfectamente los destrozos y no dejaba de mirar hacia la playa
donde me sentía animado para no concentrarme en los quejidos que eran
como si toda la gente se hubiese vuelto una sola persona y todos tuvieran
la misma voz. En el agua en cambio yo veía los objetos diferenciados y
apreciaba las formas como si nunca antes los hubiera visto bien, y las
casas y los muebles al entrar en el agua eran más hermosos todos y aunque
sentía que me arrastraban en la subida a la vez sentía que nadaba pero
después entendí que era un sueño porque desperté en la fogata. La gente se
abrazaba y lloraban hasta los más valientes. Y me enojé porque me habían
subido y pensaba decirle a uno que me ofreció pan y agua caliente que yo
habría podido salir nadando no más. Pero antes de poder hablarle el tipo
se rió y me mostró unos fierros doblados y unos maderos quebrados que se
distinguían a los pies del cerro. «Los empujó la ola» me dijo, «a usted lo
tomamos justo cuando se pegó en la cabeza». Y traté de decirle algo pero
eran tantos pensamientos que se me pasó el tiempo y me abracé a mis
rodillas que estaban mojadas y hediondas a mar. Me frotaba los ojos
porque la gente estaba borrosa y parecían argamasa y yo quería volver a
ver como cuando miraba el mar y distinguía clarito una sombra de otra,
cuál de todas más bonita.


Informante: Clara Andrea, 9 años, estudiante.
Lugar: comuna de Licantén, provincia de Curicó.

Entré y salí entré y salí del terremoto porque era como bailar con un
círculo al medio y en la orilla me caía y adentro me mareaba pero empecé
a saltar igual que la cuerdita y al saltar me afirmaba. ¿Sabe? Puedo saltar
50 veces la cuerda sin parar y les gano a todos. Antes me ganaba mi
hermana pero ahora ella no salta porque dice que se le mueven mucho y le
da vergüenza. Esa noche ella parecía loca llorando y eso que es mayor que
yo y yo le decía salta Mariana salta y me reía pero ella se tapaba la boca
para no gimotear tanto y parecía que se estaba ahogando. Yo soy media
mala ¿sabe? Porque me daba gusto ver el miedo que tenían todos y los
animales corriendo me daban ganas de salir detrás pero saltaba saltaba
saltaba. Quería ver cuánto podía y llegué como a 80 pero me mareaba en
el aire porque se encogía todo y se estiraba como elástico. Si no hubiera
sido por eso no me habría caído. Sentada en el suelo me tiré de espaldas y
abrí las patas y era como que me caminaran debajo. Más risa me daba!!
Y miraba el cielo que estaba quieto pero todo lo demás se derretía. Y en
realidad lo que más me gustaba era ver llorar a mi mamá y a mi papá que
es tan pesado y a mi hermana que se hace la santurrona. Cuando mi mamá
llora me da rabia y me dan ganas de pegarle o de retarla siempre pero ella
me grita, me dice insolente y que no la quiero pero ese rato del temblor
podía reírme sin que me retaran y mi papá que se cree tan bravo también
lloraba y rezaba y yo rezaba riéndome como si estuviera saltando la cuerda
y después de espalda en el suelo rodaba también enrollándome en la
alfombra o sea en la tierra, se supone, y decía «padrenuestro padrenuestro
1-2-3, ave maría ave maría 4-5-6». La pasé tan bien ese rato que después
no sentía el frío ni el miedo que había. La gente amontonada en el camino
o en la calle y yo iba de montón en montón y les decía «hola ¿se asustó?»
Pero me miraban con odio y con rabia. Así que me envolví en una frazada
y empecé a bailar con un oso que encontré entre las cosas revueltas y le
decía al oso «¿te asustaste te asustaste? 1–2–3, terremoto terremoto 4–5–
6!!» Pasé a llevar a una vieja que tenía un tarro con café hirviendo y me
persiguieron con un palo. Me decían «ya vas a ver si es gracioso lo que
pasa chiquilla de mierda» y yo arrancaba envuelta en la frazada gritando
«fin del mundo fin del mundo!!». Más risa me daba ver la gente urgida. Mi
mamá se agarraba la cabeza y decía «¡por qué esta cabra me salió tan
mala santo Señor!» Y mi hermana agarrada de ella llorando. Y empecé a
saltar en los adobes, los muebles, las cosas revueltas, los platos quebrados,
todo esparramado. Y no sé qué me dio por cantar «cabra mala cabra mala»
saltando en las cosas rotas. Si no me hubieran pegado me habría seguido
riendo todo la noche.


Informante: Jaime Américo, 49 años, poeta.
Lugar: Bombero Garrido, Buenavista, provincia de Curicó.

Dejé de beber a las 2 de la madrugada, esa hora que nunca se sabe si es
noche o amanecer. Caminé con Leonidas, un hombre que siempre habla
demasiado, porque habla como observa, escribe o espera. Habíamos
contemplado pequeños seres que migran entre lo falso y lo verdadero,
intercambiando formas. En ambos lados pueden llegar a ser bellos. El
brillo del cielo era parecido a un invierno de 2013 que aún no conocíamos,
pero tarde o temprano nos habría de llegar, convenciéndonos de que todos
quieren una larga vida, pero nadie quiere llegar a viejo. No sé en cuál de
los dos tiempos cantó un gallo: mi amigo lo escucharía 4 años después, yo
lo confundí con un ladrido de Tom, mi perro. Nos despedimos en la línea
férrea, cerca de las maestranzas, donde hay vagones abandonados que son
el lujo de linyeras y colegiales desertores, personajes de cuentos
pornográficos que nunca escribiremos. Ya de vuelta en casa, con el aliento
confundido entre ayer y hoy, porque no es mañana hasta después de
amodorrarse, apenas habré pestañeado cuando vino el cataclismo, que
aseguró la paz en lugares remotos. Vi caer los libros y los discos: noté que
hasta la destrucción sigue un orden, pero al igual que el orden de la
creación, es insignificante. Tuve excusas después para culpar de cualquier
cosa a alguien que no fuera yo mismo. No creí en Dios ni por un segundo.
De la distancia llegaban nubes de polvo con la decrepitud de esta ciudad,
que pese a todo es la única que me acepta. Entré y salí varias veces y
pareció que mi cansancio era mi fuerza, mi valor era mi miedo y mi mareo
era mi lucidez, porque cuando recordé que también tenía cuerpo ya estaba
cubierto como cada vez que se derrumba el paraíso. Cuando el suelo se
detuvo eran idénticas las voces, risas, llantos, ladridos, motores, vidrios y
muros batidos por sus particulares precipicios. Alguien habló de la
desaparición de Iloca, otro anunció el fin del templo San Francisco. Y
pensé en el absurdo de tales pregones, pues que toda sensación de más allá
era ilusoria y el mundo se reducía a este pasaje, a lo más aquella esquina
o al barrio como máxima conciencia de universo de la que fui capaz,
convencido de que nadie en otro sitio estaría dispuesto a pasar por esta
hora de mal gusto. Los odiados teléfonos fueron suplantados por las
odiadas radios y los satélites trajeron voces del futuro que sabían nuestros
nombres. Por los escombros pude ver mis secretos apareándose con los
secretos de desconocidos, pude ver quién soy y quién podría ser mi hermano
gemelo en más de un sentido. Visité a mi madre antes del amanecer pero
tardé en decirle una palabra. La ciudad me dio respuestas que no salí a
buscar y en las radios de todas las ventanas se escuchaban voces del
pasado que aun venían en camino. Fui olvidando aquella noche a medida
que se hizo cada vez menos extraña.





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