martes, 29 de marzo de 2016

LA HORA DE LAS EVIDENCIAS


En "Índex", Ed. Etcétera, Concepción, 2015



















Mi corazón se ha vuelto un motel de carretera
lleno de rumores.

Sixto Rodríguez


1


Una fotografía vieja de un juglar de los años 70
es la evidencia justa de que alguien puede vivir por nada,
morir por nadie, sin remordimientos, sin sentir sobre su cuello
la soga de ser acepción ideal de palabras que no se confiesan
más que bajo tortura: la auto-infligida.
Su guitarra puede ser un arma destartalada
con la cual combatirá en una selva maloliente,
atestada de carroña de creaturas enfermas
contratadas como extras de un largometraje
sobre la extinción de las especies
donde el director es un sobreviviente del ruido acumulado
por los escombros del recuerdo
y los instintos que usará por cargas explosivas
para evitar con su vejez la vejez de otros.
En el retrato puede verse que los niños
son fáciles de hechizar con música, como los ratones de Hamelin
y las multitudes buscarán ansiosas el momento oportuno
de bañarse denudas a la hora de descanso,
para probar la inutilidad de la belleza, su obstinada persistencia
en crear las condiciones para ser arrasados por fuego enemigo
mientras están absortos en una inútil armonía.

2

Mi alma está mojada, tiene miedo de moverse
porque podría hacer contacto con su ropa, que es mi cuerpo
y producir algunas descargas que afectarían el suministro
causando interrupciones en las sillas eléctricas
o en las camillas de electroshock
de millares de nobles hogares chilenos.
Es una buena hora para tomar por asalto
a los ángeles vigías que bajan la guardia
creyendo haber cantado bien su canción de cuna
o a aquellos que llegan al lecho como refugiados de guerra
mientras el nuevo bombardeo de luz se anuncia en el horizonte
y las alarmas del alba cruzan su punto de no retorno
en los ojos vidriosos de los insomnes.

3

Las cosas que se cuentan las personas asustadas
siempre hablan de muertes violentas que recuerdan cópulas
o viceversa, siempre se cantan al principio, se ríen al final
y se niegan, delatan guerras que no fueron advertidas,
descubren trampas programadas con el consentimiento
de los sacrificados, refutan las sobremesas
porque nunca tuvimos la edad que señalan las libretas,
nunca fue ése nuestro nombre,
los padres no existieron
y ese viejo juego de escondites secretos
estaba destinado a confirmar las sospechas de todos.

Sixto R con niños

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