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viernes, 22 de abril de 2016

LEGADO CULTURAL DEL GOBIERNO DEL PRESIDENTE PATRICIO AYLWIN (1990-1994)


(3ª parte y final)




El año 1992, además de la creación de FONDART, el Presidente Patricio Aylwin toma la decisión de dotar de autonomía a Televisión Nacional de Chile (TVN), pasando a constituir un Directorio de personalidades representativas de un amplio arco de matices políticas y creando mecanismos de control independientes. Con ese paso el canal estatal dejó de ser portavoz de los gobiernos de turno y se abrió a una etapa de pluralismo que no había conocido hasta entonces.

Desde ese momento inaugural existió un debate entre dos corrientes de pensamiento en relación al desarrollo cultural. Una de ellas propone un énfasis en las instancias educativas de apreciación artística y enriquecimiento gradual de las audiencias potenciales del arte; la otra propone el fomento de las industrias creativas en un marco de mayor inserción dentro del mercado. Ésta última, más pragmática, parece haberse consolidado hacia la segunda mitad del gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle alcanzando su apogeo durante el gobierno de Ricardo Lagos con márgenes muy altos de populismo y proliferación de eventos, entendiendo una parte esencial de la cultura pública como un espectáculo. El resultado es que la alianza entre cultura y educación no ha sido posible y la comprensión lectora o la capacidad de apreciación de contenidos simbólicos complejos ha ido en franco retroceso. Este fracaso parcial del desarrollo cultural no es atribuible a errores de gestación, por así decirlo, ya que durante el gobierno de la transición estaban las condiciones dadas para un crecimiento equilibrado de la audiencia por un lado y la comunidad productora de arte por el otro. Este empobrecimiento de la recepción del arte tuvo su afianzamiento a fines de la década de los 90 con la aplicación de un modelo económico con excesivo énfasis en el mercado de bienes de consumo al que se ha sumado a partir del año 2000 el acceso masivo a servicios asociados a las redes informáticas y a los medios de comunicación competitivos con fines de lucro, sin espacios de contenido, con predominio de la idea de inmediatez, rapidez y por tanto recepción de contenidos sin mayor elaboración. Es difícil saber si este panorama es reversible. Tendrían que volver a crearse las condiciones de expectativa y participación que tuvo el gobierno de Patricio Aylwin para que puedan adoptarse estrategias de superación de la crisis cultural, partiendo por la toma de conciencia colectiva de que existe esa crisis, así como a principio de los años 90 se tuvo plena y mayoritaria conciencia del cambio socio-político que el país requería después del régimen militar.

Mi generación -y hablo de las personas nacidas entre 1968 y 1972- no tuvo oportunidad de ser "allendista" o "freísta". Somos personas que nacimos en la elección presidencial de 1970 y que contábamos escasos años de vida para cuando fue el golpe de Estado. Somos una generación que adquirió plena conciencia durante los años del régimen militar y que se encontraba en plena juventud hacia el final de ese período. A mi juicio el allendismo en mi generación es una especie de contagio histórico, una imitación o reacción frente a la idealización del pasado como forma de resistencia simbólica al panorama político y cultural indeseable del régimen militar. Ese pasado histórico también tuvo como protagonista a Patricio Aylwin, quien fue tenaz opositor al gobierno de la UP. Una fracción del temperamento (que no alcanza a ser "pensamiento") de ultraizquierda ha logrado proyectarse en el presente, volviendo a plantear que "Aylwin fue el principal instigador del golpe de Estado". Otras veces han dicho que el paro de camioneros de marzo de 1973 fue ese "principal instigador", o que lo fue el acuerdo del Congreso pleno que declaraba la ilegalidad del gobierno de Allende, o que lo fue la CIA o Eduardo Frei o la "burguesía" o cualquier otro. Ese discurso instala una manía supersticiosa que mantiene la izquierda (al menos un sector de ella) basada en el viejo dogma de la lucha de clases, el imperialismo y otras fórmulas repetitivas que eluden la real responsabilidad política de la propia izquierda y el mismo Allende en el quiebre institucional de septiembre de 1973. La muerte del ex Presidente Patricio Aylwin ha repuesto esa discusión polarizada e insoluble, contando incluso con la intervención del ideólogo de ultra-izquierda Gabriel Salazar que emplazó la imagen del ex Presidente Aylwin en una columna de opinión de bastante pobreza metodológica y lenguaje muy simplista, básicamente politizado, que dista mucho de lo que puede esperarse de un historiador.

Con todo, el líder político del sector mayoritario de mi generación en una etapa fundamental de nuestra historia reciente no fue otro que Aylwin. Las tareas pendientes de su intervención cultural en la historia son responsabilidad colectiva.


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