lunes, 20 de junio de 2016

"CADAVRE EXQUIS"

Según dice la leyenda -o las bibliografías, que son lo mismo- la expresión "cadáver exquisito" se origina en una línea de producto espontáneo, cuando el ejercicio fue jugado por Robert Desnos, Tristán Tzará y el mafioso André Bretón. La línea legendaria habría surgido de 5 partículas: « Le cadavre - exquis - boira - le vin - nouveau ». Esto es: "El cadáver exquisito beberá el vino nuevo".

Aventurados en esa impunidad colectiva de lo lúdico-poético, el Taller PALABRA EXTENDIDA se dio a la confección de este nuevo capítulo en la historia del cadavre exquis, el día viernes 17 de junio de 2016, en un rollo de papel de 7 metros de largo, con escritura simultánea, usando plumones de color y lápiz de pasta.

Si las expresiones espontáneas de los 20 asistentes de esa sesión se leyeran en forma razonada y lineal, sonarían como se lee a continuación. A ello debe agregarse una pluma de pavo real, un cinturón-ataúd con puntos y comas exiliados del texto libre, un espiral, una especie de bisonte epiléptico, arabescos, zarcillos, una especie de muelle sometido a las marejadas, una pradera Seattle, una palmera con sentimientos de culpa y el insistente timbre de Calígula notificando el nombre del Taller.


Para la transcripción se han seguido las caligrafías continuas, sin consignar autor:


-Recupera la vida que desaparecía. De mi madre que moría nacían los niños muertos que jugaban en la noche

-Valle Dinosaurio Almena Descastado Alcázar Enorme

-Sube el pájaro verde por la rama donde la rama se comió la última semilla

-De un uroboros eyaculado

-Gatos en celo debatiéndose en las calaminas de sanidad sorpresiva

-Corona de espinas orinando valores rubios

-Putrefacto

-Buscando la felicidad esquiva

-Creo necesario recordar al jefe Seattle cuando les quisieron comprar la tierras sagradas para entregárselas a los blancos en EEUU nos dio la más bella reflexión filosófica y de respeto al universo

-Satán bailando en las camas tuyas mías

-Sobrah equilibrio

-Un río de cabezas (  )   (  )   (  )

-Tanta distancia mar adentro para buscarse en un tiempo circular sin relojes y brújulas

-Haki estuvo un ahnalfavetho

-La serpiente era la semilla

-Exigida su reproducción

-Escarnio extendido

-Quiero la hebra del silencio quiero el sol por la noche
-Mi árbol aire

-Un caballo en medio de un escenario vacío cuando la rosa cae

-Trágame tierra antes que te como yo a ti

-A veces el ʒ es una (a veces el silencio es una llave de sol)

-Aleja tus manos de mí acerca tus cabellos aparta tu mirada de todo

-La soledad penetra el ego

-Ese almohada ahora no lo es es una nube que envuelve a la niña ahora convertida en mujer

-Brincando en tu pupila con pies de aguja oxidada

-Un bosque de manos de cristo susurra en la luz ¿dónde se encuentra el pelícano " el mar

























viernes, 17 de junio de 2016

ACTA PERDIDA DEL CRONISTA



Actas de (mala) fe, 2014, Mosquito Ediciones

















Vine a Tánger a aliviarme de la sífilis,
a recorrer esta ciudad sucia como si fuera mi cuerpo
limpiando con música sus calles, con leche de amanecer,
con saliva de lúpulo, con opio de nacimiento,
con humo de hierbas proscritas
que huelen a deseos quemados sin filtro.

Vine a Tánger para escuchar de otras maneras,
tocar o paladear las palabras de un modo curativo,
enrabiarme con Paul Bowles por no haber sido yo
ni por un segundo y en cambio yo que he sido Paul Bowles
en tantos crecimientos de mis uñas
no he visto el mismo desierto dos veces
y el cicerone me devolvió siempre las valijas vacías.

Vine a Tánger por el volumen de los acúfenos
en la memoria media de mi oído
y en la pobre moraleja de mi gentilicio.
Vine para ver el margen del Magreb, el amplio pecho
de su historia en las heces del Corán
y lamer sus zonas veladas hasta empalagarme,
seguro de que sólo la lejía de amor explica a la ceniza,
el pan de amor y nada más define a las migajas
y a la flor de musgo entre los dedos
que conduce a las más dulces formas de contagio.


B. Bertolucci; "El cielo protector".

lunes, 6 de junio de 2016

SOBRE "EL DESDICHADO" DE NERVAL, VERSIONES COMPARADAS Y REFERENCIAS AL TÓPICO DE "LA MELANCOLÍA".




Reseña biográfica:

Gerard de Nerval: Lorraine-Alsacia, Francia, 1808-1855 (47 años). De nombre real Gerard Labrunie. Su madre muere en 1812. Por la línea paterna su familia posee una hacienda llamada el Cercado de Nerval en el pueblo de Montefortaine en la región fronteriza entre Francia y el Imperio austro-húngaro. Allí pasó su infancia hasta los 10 años para luego volver en edad adulta cuando hereda la propiedad (1834) y una cuantiosa renta que no tardará en dilapidar. Estudió en París bajo la tutela de unos tíos en cuya casa familiar cuenta con una biblioteca de más de 3000 títulos, especialmente tratados de alquimia y hermetismo, que pasarán a ser su principal fuente de instrucción. Inició estudios de medicina por influencia de su padre, pero los abandona tempranamente.

Producto de su ascendiente familiar y su origen regional, domina a la perfección el idioma alemán, con la particularidad de que en esa región es natural el bilingüismo con preferencia por el uso germánico clásico. Esto lo llevará a decir con posterioridad que "Alemania es nuestra madre común".

En 1827, con 19 años, comienza a traducir el Fausto de Goethe, libro cuya primera versión data de 1790 y la definitiva de 1808. Por lo tanto la obra y Nerval tienen la misma edad. El maestro germano llegará a decirle: “Nunca me había comprendido tan bien a mí mismo antes de leer su traducción". Invierte la mayor parte de su herencia en viajes, amantes, costosas colecciones, malas inversiones, defensas judiciales y ediciones no comerciales de sus libros y revistas. Publica su traducción de lo que más tarde será la primera parte del “Fausto” de Goethe en 1828 y la publicación de numerosos artículos en la revista “Le Monde Dramatique” en 1836. En 1841 es procesado por ofensas a la moral luego de salir corriendo desnudo a la calle en Paris. Su explicación es que "tenía prisa por perseguir una estrella antes de su desaparición". A partir de entonces las alucinaciones, crisis depresivas y los efectos del consumo de opio comienzan a afectar su salud notablemente. Pasa una temporada internado en una clínica psiquiátrica donde comienza la redacción de "Las Quimeras", su principal conjunto de poemas.

Su obra aparece durante los últimos 5 años de su vida:
-1851: “Escenas de la Vida Oriental” también conocido como “Viaje al Oriente”.
-1852: Los iluminados”
-1853: “Pequeños castillos de bohemia”
-1854: “Las hijas del fuego” (incluye la nouvelleSilvie”, además de “Pandora”,                      “Octavie” y el relato gótico “La Mano Encantada”);
            y “Las Hijas del Fuego” donde se incluye “Las quimeras” como anexo.
-1855: “Aurelia”.

Se suicida por ahorcamiento luego de dejar una carta de aviso a su tía, diciendo: "no me esperes, pues esta noche será negra y blanca".


II



El texto que abre la serie de "Las Quimeras" (Gerard de Nerval, 1854) es un “desdichado” envuelto por un signo legendario: la melancolía. Es el alter ego o la autodefinición desdoblada de Nerval. Se canta a sí mismo como a otro personaje bajo la forma del soneto, con cadencia de balada:

Je suis le Ténébreux, -le Veuf, -l'Inconsolé,
Le Prince d'Aquitaine à la Tour abolie:
Ma seule Étoile est morte -et mon luth constellé
Porte le Soleil noir de la Mélancolie.

Dans la nuit du Tombeau, toi qui m'as consolé,
Rends-moi le Pausilippe et la mer d'Italie,
La fleur qui plaisait tant à mon coeur désolé,
Et la treille où le Pampre à la rose s'allie.

Suis-je Amour ou Phoebus?... Lusignan ou Biron?
Mon front est rouge encor du baiser de la Reine;
J'ai rêvé dans la grotte où nage la Syrène...

Et j'ai deux fois vainqueur traversé l'Achéron:
Modulant tour à tour sur la lyre d'Orphée
Les soupirs de la sainte et les cris de la Fée.


Según la traducción de Eduardo Azcuy, se lee así:

“Yo soy el tenebroso, el viudo, el desdichado,
príncipe de Aquitania de la torre abatida:
mi sola estrella ha muerto, y mi laúd constelado
mostrando va el sol negro de la melancolía”.

En la noche mortuoria, tú que has sido un consuelo,
vuélveme el Pausilipo y el viejo mar de italia,
la flor que tanto anhela mi corazón herido,
y el árbol donde se unen el pámpano y la rosa.

¿Soy Amor o soy Febo? ... ¿Byron o Lusignán?
Mi frente aún está roja del beso de reina.
He soñado en la gruta que alberga a la sirena...

Y dos veces triunfante navegué el Aqueronte,
modulando a intervalos en la lira de Orfeo,
las voces de la santa y los gritos del hada.”

En la voz de Antonio Pamies suena:

Yo soy el tenebroso - el viudo - el desolado,
Príncipe en mi abolida torre: tras la agonía
De mi única estrella, mi laúd constelado
Ostenta el negro sol de la Melancolía.

En la noche del túmulo, tú que me has consolado,
Devuélveme el Pausílipo, de Italia, la bravía
Mar y la flor que amaba mi corazón rasgado;
La parra en que la rosa al pámpano se alía.

¿Birón o Lusiñán? ¿Soy Febo, acaso Amor?
Mi frente roja aún por la reina besada,
En la gruta soñé en que la sirena nada...

Y crucé el Aqueronte, dos veces vencedor,
Modulando de Orfeo en la lira el dolor:
Suspiros de la santa y clamores del hada.

Por su parte Pedro Vizoso prefiere este arreglo:

Yo soy el tenebroso, el viudo, el desolado,
Señor de la aquitana torre que el rayo hendía:
muerta mi estrella está, mi laúd constelado
el negro sol ostenta de la Melancolía.

En la noche del túmulo, tú que me has consolado
devuélveme de Italia, Posilipo y bahía,
la flor que de mi espíritu doliente fue el agrado
y la parra en que el pámpano con la rosa se unía.

¿Quién soy? ¿Amor o Febo?... ¿Lusiñán o Birón?
El beso de la reina mi frente ha abrasado;
en la gruta en que nada la sirena he soñado...

Y dos veces las aguas crucé del Aquerón:
modulando a intervalos en la lira sagrada
el gemir de la santa y los gritos del hada.

Mi propia traducción, modestamente, diría de este modo, prescindiendo de la rima forzada, que es casi intransferible de su idioma:

Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable,
príncipe de Aquitania de la torre derruida.
Mi única estrella ha muerto y mi laúd constelado
lleva prendido el sol negro de la melancolía.

En la noche nubosa, tú que has sido mi consuelo,
devuélveme el Posílipo y el mar de Italia
y aquella flor que ama mi corazón rasgado
y la zarza donde rosas y racimos se unen.

¿Soy Byron o soy Lusiñán? ¿Soy Febo o Cupido?
Mi frente enrojecida por el beso de la reina
ha soñado en la gruta donde nadan las sirenas...

Y crucé el Aqueronte, doblemente vencedor,
entonando mi dolor en la lira de Orfeo
con suspiros de la santa y alaridos de la bruja.


Salta a la vista que los principales desacuerdos no se encuentran en la primera cuarteta, donde las discrepancias de lenguaje se basan más en el ritmo que en el sentido. Luego se desata una fuerte tensión entre el enunciado y sus interpretaciones, con el idioma por mediador, llevándonos a una literalidad imposible.

En el manuscrito de este poema, el autor lo tituló "Le destin", es decir "El destino". En la versión definitiva lo tituló "El desdichado" usando lengua española. En el manuscrito aparecen subrayados algunos sustantivos: melancolía, estrella, flor, sol negro.

No han sido pocos los que han visto en la primera y segunda cuarteta una enumeración de signos alquímicos e incluso de representaciones simbólicas del Tarot, lo que es del todo coherente con las preferencias ocultistas del autor. Hacia la última línea me inclino, en particular, por la dualidad "santa/bruja" que se corresponde mejor con la dualidad "suspiros/alaridos", puesto que el binomio santa y hada -que sería el significado más literal- aproxima demasiado los campos semánticos y no produce la ambigüedad que busca el autor en el texto original.

Se podrían escoger por separado los aciertos de cada versión. Aun así habrá que volver siempre a la palabra clave. Ella es Mélancolie: el mal que, según los antiguos procede de la mordida de una bestia “no viva ni muerta” (la bestia del interregno entre dos mundos) y conduce al sonambulismo, cuando no al vampirismo o la licantropía. A pocos pasos suyos aunque con mayor distancia semántica, la otra pesadilla que agita los jardines góticos: la catalepsia.


La melancolía es el atributo del desdichado nervaliano, el que lleva un sol negro, como si se dijera una perla negra o la bilis negra con que era asociado este estado desde la antigüedad. Para empezar, el tema es plástico. Nos remite al conocido grabado de Alfred Durer llamado precisamente La Melancolía, donde la imagen del laúd y la estrella muerta aparecen sintetizadas. Cabe agregar qye un "sol negro" es además un objeto práctico dentro del laúd. Es el escudo de acero que cubre la boca de bóveda del instrumento e incide también en su estética y en su acústica,

La melancolía como tópico se remonta a Grecia clásica donde ya Hipócrates la considera una lesión de la salud mental bajo la forma de un “miedo y tristeza que se prolonga más de lo aceptable”. ¿Cuál será la medida, entonces, hasta donde llega lo aceptable? Es preferible pensar, con el mismo Hipócrates, que el que no teme de vez en cuando padecer la locura, es un completo desquiciado. Desde el neohelenismo y el neoplatonismo florentino, en particular a partir de las traducciones de Marsilio Ficino que vinieron a sumarse al culto de Aristóteles instalado por la escolástica tomista, la melancolía pasó al repertorio temático de escritores y filósofos asociado al amor idealista o platónico, como paradigma de espiritualidad. Los rastros del tópico de la melancolía son aún anteriores y no precisamente italianos sino provenzales, si por tales entendemos el desarrollo del amor cortés como género, hasta su más alta fructificación lírica, cual es el Roman de la Rose, comenzado por Gillaume de Lorris (primeros 4000 versos) y concluido por Jean de Meung (siguientes 18.000 versos) hacia el 1240. Allí figura un segmento e ilustración llamado “Tristesse”, del cual serán recogidos no pocos aspectos en el diseño conceptual de la "Dame Merencolye", atribuible al cronista en versos Alain Chartier en su obra “Esperanza y consuelo de las tres virtudes”, conocida desde 1428 en el ámbito francés. Es posible que los tópicos y variaciones de la melancolía pasaran al mundo angloparlante a través de los makar escoceses, nombre asignado a los seguidores del amor cortés, que lo introducen en su lengua y llegarán a formar toda una corriente (una cofradía), cuyo primer gran hito es el “Poema del Rey”, de 1423, escrito en prisión por quien después sería Jaime I de Escocia, conocedor y admirador de la cultura francesa. Por la mano de Chaucer el amor cortés entra a plenitud en el inglés medieval y con él, de contrabando, la melancolía. Será en Inglaterra donde este hábito del alma pasará a elevarse a la categoría de visión de mundo. En efecto, es difícil saber que es primero, si el ave o el huevo, tratándose de este rasgo que hace la característica más asumida del ser inglés bajo la forma del spleen. Apatía, resentimiento, abulia, tedio vital que pasarán a ser a su vez parsimonia, elegancia, finura, ritualismo, sensibilidad, moderación; misma  melancolía nombrada de otro modo: ¡spleen! Esta convergencia no escapará a los simbolistas. Baudelerie dejará “El Spleen de París” publicado en forma póstuma en 1869, adicionalmente a su recurrencia a la oposición entre spleen e ideal como quien dice desaliento y voluntad, sombra y esplendor, la dualidad esencial del romanticismo, que hemos venido comentando; su bipolaridad intrínseca. No es el caso de la melancolía desde el punto de vista de la psiquiatría, para la cual aquélla representa una monomanía patológica. En poesía la melancolía es estilo, forma de vida. Tanto arraigo de ella habrá que en español, en lo que puede reputarse de expresión romántica, también se nombrará como “esplín” y en Chile el último romántico será el iniciador de la poesía contemporánea, Carlos Pezoa Veliz,  muerto a los 29 años, con un considerable pasaje de obra en prosa escrita bajo el pseudónimo de Lord Esplín.

Quede dicho que entre los ingleses se participa en tal grado de este fenómeno secular, que un autor de pesada influencia en el período isabelino, Robert Burton, el erudito más atendido después de Sir Bacon, elaboró un tratado filosófico sobre la materia, que pasa por ser la mayor joya de la retórica renacentista inglesa anterior a Milton (y acaso modelo llevado hasta la épica por el autor de "Paraíso Perdido"), sólo comparable al nivel tocado por Shakespeare en la lírica. Se trata de “Anatomía de la Melancolía”, editado por Burton en 1621 bajo el elocuente pseudónimo de Hijo de Demócrito. En ella Burton distingue los grados y sentidos de la melancolía, llegando a caracterizar 88 distintos tipos de ella, con sus motivos y señas de manifestación. Sin embargo cabe destacar que existe un referente artístico levemente anterior, de notable impacto en la sociedad inglesa, en torno al tópico de la melancolía. Él tiene, además de su valor específico como obra singular donde las haya, el de retirar la melancolía del mero ámbito literario en que se ha pesquisado su rastro hasta aquí, sin desmerecer que aquélla en su influjo cultural protorrenacentista asoma también en formas musicales atingentes al canto de trova provenzal y entre los minesanger germanos.

Podemos afirmar, entonces, que cuando Nerval plasma Las Quimeras, su majestad melancolía ya está provista de un caudal de contenidos provenientes del carácter barroco, al que fue moldeando y del que fue ganando a su vez significaciones y capacidad de evocación, en un juego de contrastes y construcciones simbólicas intensamente vividas y sentidas en la cultura colectiva de una época.

Es bien probable que estuviese pensando también en el humor negro (bilis) desprendido del mercurio, también llamado saturno, u otra sustancia putrefacta en la primera etapa de la operación alquímica, cual es la nigredo. De ello que Dom Pernety, conocido por Nerval, haya dicho que esa cualidad privativa de Saturno de dar comienzo al opus es connatural a su instinto depredador "ya que al ser el primer principio de los metales y su primer materia solo él tiene la propiedad de disolverlos radicalmente". Desde allí queda instalada la relación filial entre Saturno y el melancólico, pasando a ser éste el fagocitado para la transfiguración mágica de la piedra filosofal. Es el mismo Pernety en su Diccionario Mito-hermético el que define melancolía como “putrefacción” y “nombre dado por los adeptos a la materia que procede del negro”. Estas asociaciones conceptuales entre la alquimia y las expresiones de “El desdichado” son las que han llevado a Georges Le Breton a plantear en numerosos artículos vertidos en revistas especializadas que el primer poema de “Las Quimeras” sería un discurso alquímico simulado. Si bien es perfectamente discernible que las imágenes de las Quimeras han sido tomadas por Nerval del simbolismo alquímico y hermético, no es excluyente de que la construcción del imaginario de “El Desdichado” responda a un propósito lírico emocional propio de un poeta y diferenciado del didactismo inherente a los tratados herméticos. Afirmar lo contrario es reducir “El Desdichado” a un jeroglífico, a un abracadabra, a una frivolidad o un acertijo.

Como último tópico inevitable cabe detenerse en el concepto de sol negro que aparece hacia el cuarto verso de “El Desdichado”: “Porte le Soleil noir de la Mélancolie.” En todos los contextos en que es nombrado parece ser que los atributos del sol negro son similares a los que en física se refieren del púlsar, fenómeno parecido al de los agujeros negros o vórtices de energía dispersos en el universo, con diferencia que en el caso del púlsar se trata de una masa de neutrones con características de estrella compacta (hermética) que gira a velocidad sideral. Ambos son los cuerpos más densos existentes en el universo. Pero estos fenómenos sólo fueron descubiertos por la astronomía en 1960. Apenas pintoresco sería suponer poderes adivinatorios en Nerval como se ha hecho con Julio Verne, dada las anticipaciones científicas de sus obras. Antes bien digamos que el concepto de sol negro es afín a la idea de un punto de escape, un puente entre mundos o dimensiones paralela, para cuya comprensión hoy en día es necesario invocar la física cuántica. Es posible que este sea el sentido más cercano a lo que Nerval pudo querer expresar y es así también como se recoge posteriormente por Antonin Artaud, entre otros: un punto de quiebre en la percepción y una vía de escape hacia realidades paralelas. Es por tanto también el túnel de la muerte. Aditiva y complementariamente debe recordarse en Nerval este pasaje de Aurelia (Nerval, 1855):

“Un do­mingo me desperté con un dolor sombrío, fui a ver a mi padre y no lo hallé, vagué por calles, llegué a la iglesia de Notre Dame, fui a arrojarme a los pies del altar pidiendo perdón por mis culpas. Pero algo en mi decía: “La virgen ha muerto y tus rezos son inútiles, Dios también ha muerto”. Salí desconsolado, me dirigí a los Campos-Eliseos y luego a la plaza de la Concordia, mi pensamiento era destruirme. En va­rias ocasiones me dirigí al Sena con ese fin, pero algo me impedía cumplir ese designio. Las estrellas bri­llaban, pero de repente me pareció que se apagaban, como las velas que había visto en la iglesia. Creí que los tiempos estaban ya cumplidos y que tocábamos el fin del mundo anunciado en el Apocalipsis. Creía ver un Sol Negro en el cielo desierto y un globo rojo de sangre por encima del jardín de las Tullerías. Me dije: “La noche eterna comienza y va a ser terrible”. ¿Qué va a suceder cuando los hombres se den cuenta que no hay sol?”

Alucinación, desarreglo total de los sentidos como más tarde propondrá Rimbaud en su "Carta del vidente" (¿puede proponerse algo así sin que sobrevenga la inutilidad rotunda de toda propuesta?), presentimiento apocalípticos, crisis de pánico, inanición de espíritu. Por cierto, no podemos dejar de relacionarla además, con un poema de aire fonético menor (¿lo es?), llamado “La mancha negra” inserto en Aurelia (opus cit.):

Quienquiera haya mirado hacia el sol fijamente
sentirá ante sus ojos la constante danza
de una lívida mancha, en el aire..

 Así, joven aún y mucho más audaz,
en la gloria fijé mi vida un momento:
en mi mirada voraz se cruzó una mancha negra.

¡Después, mezclada en todo como marca de luto,
dondequiera que pose la mirada,
yo la veo posarse como un atributo!

 ¿Entre la dicha y yo se interpondrá siempre?
¡Es que sólo el águila -por nuestra maldición-
puede contemplar el Sol, impune!

Resentimiento retinal, entonces, por saturación lumínica de la visión razonada, podríamos decir por fin, y por emplazamiento focalizado de un punto ciego que será su punto de emisión verbal y espiritual desde aquí en adelante: el momentum en que se comete el acto rebelde de mirar, como Ícaro, cara a cara al sol, probablemente por primera vez en los bosques de Lorraine, en su infancia, para adquirir en el fogonazo de esa diafanidad cognitiva el eclipse permanente de su conciencia diurna y el pavor de saberse a tientas, fijado a la fuerza en el mundo objetivo por una estrella negra y separado de la realidad por una mancha.


Leonidas Rubio, 2016





CONJETURAS SOBRE EL SUICIDIO DE NERVAL





De todos los preparativos posibles en la víspera de aquel amanecer del 26 de enero de 1855, hay uno que nos interpela fríamente. ¿Cómo arreglárselas para pender de una soga sin que se caiga el sombrero? Nunca el gesto habrá sido tan serio y a la vez tan alevoso, tragicómico, peripatético como el que nos confirma aquel rumor que la vulgaridad -inherente a la estabilidad de nuestras vidas- insiste en repetirnos: el cadáver que colgaba de un farol en una callejuela de Vielle Lanterne en el viejo París de arrabales, ese ahorcado hallado por un centinela a la hora en que sólo transitaban las últimas prostitutas y los obreros del primer turno, llevaba el sombrero puesto.

Ese hombre que nació como Gerald Labrunie se ponía fin de ese modo realizando una parodia, una postrera afrenta: los preparativos para convertirse en cadáver. Se propone, acaso, alimentar el ansia de conjeturas, la ocupación de tías y paisanos ávidos de repasar su pobre mitología urbana a la hora de la cena o al barrer las hojas de la acera. Pero además hay un imperativo que la dignidad opone a la frágil silueta del suicida que pende de una soga: se elige ir a la muerte como se va a una cita. Al mirarse al espejo habrá acicalado el sombrero con media frente dentro de la copa, habrá ensayado el movimiento para probar que no se desprenda, habrá sido tan decadentemente aristocrático, tan espléndido como le fuera posible, para hacer de su última presentación en sociedad una nueva acción de arte, a la vez un disparate y una broma desconcertante, la insospechada cabriola de una esgrima provocativa asestada en pleno corazón de la normalidad y la salud públicas: el que vivió a medias en la realidad de algún modo ha estado siempre preparándose para esa otra mitad, que es la muerte.

El ponerse el sombrero antes de ahorcarse es un gesto de capitulación honrosa, de majestad derrocada, como cuando un apuñalado Julio César al desangrarse en las gradas del Senado de Roma tenía por única preocupación mantener extendida su capa y sin permitir en ella una arruga; así también Hölderlin en su reclusión de Tubingem mantenía la distancia de los visitantes con arengas, prodigando títulos nobiliarios para romper la familiaridad invasora: “permítame usted la bacinica, Emperador; no entiendo su visita, Majestad”; así también la capacidad de Frederic Chopin de “toser tan seductor, con tanta gracia” según decía alguna compañera de sobremesa de George Sand, mientras en el viejo salón neoclásico de la Mansión Dudevant se oye el nocturno lied sobre un piano que se va salpicando de sangre con tuberculosis. La elegancia es siempre demodé, tan deliciosamente abolida como la torre del tenebroso de Nerval. Esa elegancia inútil que se restituye a sí misma en una negación de erotismo melancólico: un suicida en su soga con el sombrero puesto y el último priapismo que hará brotar la mandrágora del suelo. Un arcano teatralizado con demasiada alevosía o una suerte de instalación dadá anticipada a su siglo, producida por un ejecutante-mártir que no conocerá el resultado pero que cuenta con el público asegurado. Tal es Gerard de Nerval y su última broma en código de danza macabra.