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lunes, 6 de junio de 2016

CONJETURAS SOBRE EL SUICIDIO DE NERVAL





De todos los preparativos posibles en la víspera de aquel amanecer del 26 de enero de 1855, hay uno que nos interpela fríamente. ¿Cómo arreglárselas para pender de una soga sin que se caiga el sombrero? Nunca el gesto habrá sido tan serio y a la vez tan alevoso, tragicómico, peripatético como el que nos confirma aquel rumor que la vulgaridad -inherente a la estabilidad de nuestras vidas- insiste en repetirnos: el cadáver que colgaba de un farol en una callejuela de Vielle Lanterne en el viejo París de arrabales, ese ahorcado hallado por un centinela a la hora en que sólo transitaban las últimas prostitutas y los obreros del primer turno, llevaba el sombrero puesto.

Ese hombre que nació como Gerald Labrunie se ponía fin de ese modo realizando una parodia, una postrera afrenta: los preparativos para convertirse en cadáver. Se propone, acaso, alimentar el ansia de conjeturas, la ocupación de tías y paisanos ávidos de repasar su pobre mitología urbana a la hora de la cena o al barrer las hojas de la acera. Pero además hay un imperativo que la dignidad opone a la frágil silueta del suicida que pende de una soga: se elige ir a la muerte como se va a una cita. Al mirarse al espejo habrá acicalado el sombrero con media frente dentro de la copa, habrá ensayado el movimiento para probar que no se desprenda, habrá sido tan decadentemente aristocrático, tan espléndido como le fuera posible, para hacer de su última presentación en sociedad una nueva acción de arte, a la vez un disparate y una broma desconcertante, la insospechada cabriola de una esgrima provocativa asestada en pleno corazón de la normalidad y la salud públicas: el que vivió a medias en la realidad de algún modo ha estado siempre preparándose para esa otra mitad, que es la muerte.

El ponerse el sombrero antes de ahorcarse es un gesto de capitulación honrosa, de majestad derrocada, como cuando un apuñalado Julio César al desangrarse en las gradas del Senado de Roma tenía por única preocupación mantener extendida su capa y sin permitir en ella una arruga; así también Hölderlin en su reclusión de Tubingem mantenía la distancia de los visitantes con arengas, prodigando títulos nobiliarios para romper la familiaridad invasora: “permítame usted la bacinica, Emperador; no entiendo su visita, Majestad”; así también la capacidad de Frederic Chopin de “toser tan seductor, con tanta gracia” según decía alguna compañera de sobremesa de George Sand, mientras en el viejo salón neoclásico de la Mansión Dudevant se oye el nocturno lied sobre un piano que se va salpicando de sangre con tuberculosis. La elegancia es siempre demodé, tan deliciosamente abolida como la torre del tenebroso de Nerval. Esa elegancia inútil que se restituye a sí misma en una negación de erotismo melancólico: un suicida en su soga con el sombrero puesto y el último priapismo que hará brotar la mandrágora del suelo. Un arcano teatralizado con demasiada alevosía o una suerte de instalación dadá anticipada a su siglo, producida por un ejecutante-mártir que no conocerá el resultado pero que cuenta con el público asegurado. Tal es Gerard de Nerval y su última broma en código de danza macabra.




















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