sábado, 2 de julio de 2016

LOS BELLOS Y LA BESTIA











































Salieron de las sillas, de los focos, de las cuatro estaciones
de Metro más cercanas: invierno, verano, norte, sur.
Salieron de la rosa de los vientos,
moscardones rubicundos, mediterráneos, oyentes y parlantes
de lengua que está naciendo y no tiene aún todos sus signos.
Forzosamente felices, bellacos, disimuladamente góticos
al modo de un personaje de Bram Stoker, ociosos e insatisfechos.
Crucé a dos de ellos en un pasillo de baño
porque mi destino era ver de cerca la irrupción
que llamará en vano a las paternidades del futuro
cada vez más dependiente de los juegos no reproductivos.
Rumoreaban libretas con trofeos de fama
y algún verso mal citado: todos éramos literatura mal situada.
Hormigueos musculares y sub-morales, las butacas
irradiando sus falsas promesas
como conviene a un cabildo del odio bien disimulado:
letrados trayendo oro, incienso y mirra
para celebrar la decrepitud de la Abeja Reina.
Demasiada luz desde la calle, desde adentro de los ojos
vaciados por falta de sueño, no pudimos ser sutiles,
nadie actúa bien su papel de minimalista, las arengas del horror
fueron la pauta del banquete y en los roles de testera
                                                                       los sarcófagos abiertos.
El Tribuno declamó sus veredictos
con su voz de buena noticia para rehabilitados:
ya es tanto plagio sobre plagio
que nadie puede recordar el punto de origen.
Y luego los seráficos lo rodearon como a un dios jorobado
a poca distancia de su halitosis
en una escena tomada de Chaucer, inversamente proporcionales
o como proyecciones de antimateria. En las manos del Tribuno
el vaso salpicado por el tic masturbatorio, el rebote del brillo
santificando la alopecia, pruebas al canto
de una tarea que la muerte no deja sin hacer, leyes ocultas
de un crimen que la obscenidad reviste
de falso azar surrealista al alcance de todos.


Y es imposible saber quién representa mejor los límites del otro.





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