jueves, 11 de agosto de 2016

EL ÁNGEL DE RILKE

Rilke es el poeta más perfecto de la poesía contemporánea universal, si pusiéramos como parámetro de perfección el equilibro total entre fondo y forma, entre lenguaje y ritmo, entre imagen e idea. Otra cosa es que no necesariamente la poesía debe aspirar a la perfección y mucho menos las vidas humanas. Sin embargo leer a Rilke es entrar en una especie de templo. Parte de ese espacio poético es frío: es la contemplación de museo. El mismo poeta lo sabía: hablaba de penetrar en las cosas hasta el sentido primigenio. La mirada es la entrada plástica; la verbalización es la entrada intelectual: "las cosas vienen a nosotros ansiosas de convertirse en símbolos". En Rilke todo cobra coherencia, pero su asombro es pasmoso, petrificante. Podría incluso ser anti-erótico o extremadamente erótico, pero sin término medio.

Rilke es el tipo que una madre imbécil vistió de niña durante toda la infancia; el tipo que fue secretario de Rodin y supuesto enamorado de la esnob diletante Lou Andreas Salomé; el tipo que fue pésimo padre y aristocrático a la fuerza, siempre invitado o cortejado por la realeza. Su máxima aspiración social era vivir de allegado en los castillos. Hipocondriaco y con tendencia a lo platónico, sus amores dejaron pocas huellas carnales en su biografía pero no poca en su poesía. En esa dimensión esteticista y metafísica, el arquetipo del ángel aparece como paradigma de la plenitud: omnisapiente, omnipotente, semihumano y semidivino, sin edad pero eternizado en un tiempo de inocencia salvaje y de súper-potencia. 

¿Es el ángel de Rilke un ser erótico? En Rilke todo erotismo es capsular, hermético, encriptado. Se trasluce por simbolismos a su pesar. Emerge en esa especie de respiración acezante que tiene su dicción poética: un ritmo entre el susurro y el ahogo. Es una especie de poesía asmática o de tos compulsiva. Las ideas encarnan y se dilatan con frases intercaladas, abuso de las comas y digresiones, los puntos seguidos, los énfasis, las rectificaciones, las ideas subsidiarias. En ese ritmo urgente asoma el ángel como figura de pánico y esplendor. Es un ser andrógino, cautivador y de crueldad involuntaria. El humano es precario en sus recursos para comprenderlo pero en cambio el ángel se exhibe a la distancia como tentación y revelación: "desdeña destruirnos". Es un juego pareado de narcisismo-voyeurismo ritual. El contacto físico parece imposible e incluso desaconsejado, pero la caracterización del ser admirado refleja una especie de estado de arrobamiento: la incapacidad por enamoramiento compulsivo-obsesivo. El erotismo en Rilke es un complejo tabú. La posteridad le ha seguido el juego convirtiéndolo en el poeta favorito de los intelectuales y de los malos aspirantes a romántico. No es su culpa. Rilke expresó sus deseos dotándolos de una sublimidad inalcanzable. Con esa estrategia elaboró un discurso sistemático, una codificación autónoma. Es una maniobra de ocultamiento al borde del sacrificio. Su ofrenda es la sumisión. Su dolor es la imposibilidad. Su amenaza es la incomunicación. En la Segunda Elegía intenta entrar en el misterio del amor correspondido con cierto resentimiento, lleno de heridas, dirigiendo interpelaciones capciosas hacia los enamorados e intercalando sujetos entre dos dimensiones que parecen inconciliables. ¿Quién es el "nosotros" y quién el "ustedes" de Rilke? ¿Quién es ese "él" y quién el "alguien"?

El ángel de Rilke es un ser que se realiza frente a la contemplación impotente de otro que apenas admite intuirlo. El género del ángel es el que corresponde a los deseos del vidente. Por sí mismo, el símbolo del ángel no tiene otra manifestación que el discurso de la libido de quien la expresa. 

El poeta de Praga fue capaz de imponer entre su obra y el lector la barrera de su propio canon. Tradicionalmente se rehúsa darle una interpretación erótica y cuánto más una homoerótica. En su lugar se ha optado por interpretaciones bajo tecnicismos filosofales, hermenéuticos y casi religiosos. El mismo Rilke dejó tapizado el camino para la negación de su erotismo sublimando hasta el colmo la imagen deseada y la experiencia sexual siempre presentada como insatisfactoria y no consumada: "Probablemente alguien nos diga: / "sí, penetras en mi sangre; este cuarto, la primavera se llena de ti..." / Pero ¿de qué sirve? Él no puede retenernos, / nos desvanecemos en él y en torno suyo." Es un recurso de autoafirmación que blinda la autonegación: como no puede poseer al sujeto del deseo, lo magnifica para distender su incapacidad. La ironía es el miedo. Sus traducciones se han transformado en parodias de la santificación, entresijos sintácticos destinados a probar el virtuosismo del traductor y sofisticar cada vez más al poeta.

En las dos primeras Elegías del Duino está todo el secreto. Eliminemos palabras, encabalgamientos inútiles y rebuscamientos gramaticales: no tardará en asomar el verdadero ángel de Rilke.


Ángel Caído: Alexander Cabanel


  
ELEGÍAS DEL DUINO
Versión personal: L. Rubio


Primera Elegía (fragmento)



Si yo gritase ¿quién me oiría en las jerarquías de los ángeles?
Y aun suponiendo que alguno de ellos
me apretara contra su pecho
yo desaparecería  ante el poder de su existencia.
Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible,
eso que todavía podemos soportar y admiramos tanto
porque, indiferente, desdeña destruirnos.
Todo ángel es terrible.
 
Y así me contengo, sofocando el llamado seductor
de oscuros sollozos.
¿A quién podemos recurrir entonces?
A los ángeles no, a los humanos tampoco
y los astutos animales advierten ya
que no estamos confiados,
no nos sentimos como en casa en el mundo interpretado.
Talvez nos queda todavía
algún árbol en la ladera que podamos contemplar de nuevo;
nos queda la calle de ayer
y la mimada fidelidad de una costumbre
que fue fiel a nosotros, permaneciendo.
 
Oh, y la noche, cuando el viento
saturado de espacio sideral nos muerde el rostro;
¿A quién no le queda al menos la noche, la anhelada,
que nos decepciona suavemente
y con esfuerzo aguarda al corazón de cada uno?
¿Es la noche más leve para los enamorados?
Ah, ellos sólo se ocultan uno al otro su destino.
¿Es que aún no lo sabes? Arroja con los brazos el vacío
hacia el espacio que respiramos;
quizá los pájaros sientan el aire ensanchado
con un vuelo más íntimo.




Segunda Elegía



Todo ángel es terrible. Y sin embargo, desdichado,
a pesar de saber cómo son ustedes, los invoco
casi mortíferos pájaros del alma.
Adónde quedaron los días de Tobías
cuando uno de los más espléndidos apareció
en el umbral sencillo de la casa
un poco disfrazado para el viaje, suavizado (un muchacho más
frente al otro muchacho que se asomó, curioso).
Si ahora avanzara ese arcángel peligroso
desde atrás de las estrellas, si diera un solo paso,
bajara y se acercara: el propio corazón,
tocando a rebato, nos fulminaría. ¿Quién es usted?

Los primeros agraciados, ustedes,
los mimados de la creación, cumbres,
amanecer de todo lo creado,
polen de la divinidad floreciente,
vértices de la luz, pasillos, escaleras, tronos,
espacios del ser, escudos deliciosos,
tumultos del sentimiento tormentosamente arrebatado
y de pronto, individualizados, ustedes,
espejos que devuelven en sus rostros
la propia belleza que han irradiado.

Porque nosotros, siempre que sentimos, nos evaporamos;
ah, nos exhalamos a nosotros mismos,
nos disipamos; de brasa en brasa se esfuma nuestro olor.
Probablemente alguien nos diga: 
"sí, penetras en mi sangre; este cuarto, la primavera se llena de ti..."
Pero ¿de qué sirve? Él no puede retenernos,
nos desvanecemos en él y en torno suyo.
Y aquellos que son hermosos, oh, ¿quién los sujeta?
Incesantemente la apariencia llega y se va de sus rostros.
Como rocío de la hierba matinal
se esfuma de nosotros lo que nos pertenece
como el calor de un alimento.
Oh, sonrisa ¿hacia dónde? Oh, mirada a lo alto:
nueva, cálida, fugitiva ola del corazón; sin embargo, ay, eso somos.
¿Entonces el firmamento en el que nos disolvemos,
tiene sabor a nosotros? ¿De verdad los ángeles recuperan solamente
lo suyo, lo que han irradiado, o a veces,
como por descuido, hay algo nuestro en ellos?
¿Estamos tan entremezclados en sus facciones
como la vaga expresión en el rostro de las mujeres preñadas?
Ellos no lo advierten en el torbellino de su regreso a sí mismos.
(¿Cómo podrían notarlo?).

Los enamorados podrían hablar en el aire nocturno
si lo comprendieran. Pues parece que todo nos oculta.
Mira, los árboles son; las casas que habitamos permanecen todavía.
Sólo nosotros pasamos de largo sobre todas las cosas
como brisa. Y todo conspira para acallarnos,
mitad por vergüenza y mitad por secreta esperanza.

Amantes, a ustedes, satisfechos el uno en el otro,
les pregunto por nosotros. Ustedes que se aferran entre sí
¿Tienen pruebas? Verán, me ha ocurrido que
mis manos se reconozcan mutuamente
o que mi rostro gastado se refugie en ellas.
Eso me da cierta certeza.
¿Pero quién, sólo por eso, se atrevería a creer que de veras existe?
Sin embargo ustedes, los que crecen embelesados
el uno en el encanto del otro, hasta que él suplica, sometido:
“Basta”; ustedes, los que crecen, bajo sus recíprocas manos, 

más exuberantes, como uvas de grandes cosechas;
los que mueren a veces sólo porque el otro se ha expandido demasiado;
a ustedes les pregunto por nosotros.
Sé que se tocan tan dichosamente porque la caricia retiene,
porque no desaparece el sitio que ustedes, los tiernos, ocupan;
porque, debajo de todo ello, ustedes sienten la permanencia.
Ustedes, de sus abrazos se prometen casi la eternidad.
Sin embargo, después del sobresalto de la primera mirada
y cuando ya ocurrieron las ansias junto a la ventana
y luego del primer paseo juntos, una vez, por el jardín:
ustedes, amantes, ¿siguen después siendo los mismos?
Cuando el uno alza al otro hasta su boca
y se unen -bebida con bebida: ¡oh, de qué manera
tan extraña el bebedor se escapa de su tarea!

¿No se asombraron ustedes, en las estelas áticas,
de la prudencia de los gestos humanos?
El amor y la despedida, ¿no fueron puestos demasiado
ligeramente sobre los hombros, como si se tratara
de seres hechos de otra materia que nosotros?
Recuerden las manos, cómo se posan sin presión, aunque
hay vigor en los torsos. Estos dueños de sí mismos lo sabían:
hasta aquí, nosotros; esto es lo nuestro, tocarnos así;
que los dioses nos aprieten con mayor fuerza.
Pero eso es cosa de los dioses.
Si tan sólo encontráramos también una pura, contenida,
estrecha, humana franja de terreno nuestro, entre cauce y roquerío.
Pues nuestro propio corazón nos excede
y ya no podremos seguirlo a través de las imágenes
ni a través de cuerpo alguno que pueda sosegarlo.


Imagen perteneciente a Elena Giesel




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