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viernes, 5 de agosto de 2016

"LA NATURALEZA DEL PRÍNCIPE", de ROGER PEYREFITTE


Reimpresión chilena hecha por Editorial Universitaria en 1965, con franquicia de Editorial Sudamericana fechada en Buenos Aires el mismo año, traducción de Ricardo Zelarayán, colección Horizonte (en la cual se han publicado 8 títulos de Roger Peyrefitte).


"La Naturaleza del príncipe" es un libro reportaje, con aspectos de novela histórica picante, frondosa en nombres, fechas, genealogías y cronologías que contextualizan al protagonista: Vicente Gonzaga, entre sus 19 y 21 años, heredero del ducado de Mantua, situándose hacia 1580 y años inmediatos, en el ambiente de las cortes europeas y el alto clero del período epónimo de Gregorio XIII, posterior al Concilio de Trento. Lo anterior, sin ser menos cierto, es en realidad el revestimiento narrativo del verdadero protagonista del libro que, a todas luces, y más allá del eufemismo del título, no es otro que la verga del joven príncipe. Título acertado entonces, eufemismo que es metonimia, sustantivo abstracto y concreto que es por momentos ícono explícito y por otros, nombre propio implícito: el falo de Vicente Gonzaga al centro del argumento y en el nudo de acción de los personajes.

La trama se desata a partir de la declaración de virginidad de la esposa del príncipe Vicente, la joven Margarita Farnesio, princesa de Parma, de 17 años. Después de 3 de matrimonio ella permanece "cerrada" y por tanto la unión se da por "no consumada". Los médicos determinan que la joven padece de una particular malformación que obstruye su vulva, haciendo imposible la desfloración. Pese a la resistencia de los jóvenes esposos, en especial de ella, se anula el matrimonio con el fin de asegurar la descendencia del ducado de Mantua. Si bien esta resolución se adopta trasladando la responsabilidad a la "poca capacidad receptiva" de la joven y declarando la frustración del príncipe por sus vanos intentos de "franquear una puerta que no se puede abrir", los rumores y las impugnaciones alentadas por el ducado de Parma (indignado por la devolución de la esposa) a través de sus embajadores y el cardenal Farnesio consiguen poner bajo sospecha la potencia viril del joven Vicente.

A cada página se pone a prueba el asombro del lector, no sólo por los entresijos de la frivolidad y doble moral de las cortes, familias reales y cenáculos pontificios, sino por los mecanismos de sexualización del poder civil y eclesiástico, sin límites entre lo secular, lo teológico, la corrupción o el más sutil tráfico de influencias. El estilo del cronista infalible que es Roger Peyrefitte (1907-2000) apenas necesita salpicarse de ironías o sarcasmos puesto que el relato mismo oscila entre la parodia de su propia significación sexual y el doble sentido de los procedimientos que van permitiendo el control político de la sexualidad explícita. Se desata la erotización metafórica del lenguaje a partir de los secretos de las grandes familias donde abundan los matrimonios endogámicos por conveniencia, los hijos bastardos de los cardenales, obispos y del mismo Papa instalados en puestos claves y se centraliza el ejercicio del poder a partir de dos aspectos sobre los cuales se cierne un aparatoso manto de encubrimientos y formulaciones oblicuas: el sexo y el dinero.

Con un tratamiento dinámico, que no economiza datos para la creación de suspenso, se llega al primer momento medular del relato: el cónclave encabezado por Gregorio XIII y su colegio cardenalicio en pleno, el día 1 de abril de 1583, a fin de determinar un proceso canónico para medir "la naturaleza del príncipe":

"Según algunos la naturaleza del príncipe era triste y apagada; según otros, de monstruosas dimensiones. De creerse a los defensores del príncipe, la princesa sufría de un exceso de arctitud [sic] o una malformación."




El tema central del debate por tanto debe pasar por una decisión previa: la nulidad del matrimonio entre Vicente y Margarita. Este paso se hace no sin controversias, puesto que el cardenal Farnesio en defensa de los intereses de su sobrina, se resiste a disolver el vínculo oneroso entre ambas casas y propone medidas alternativas dirigiendo la atención al tema de la descendencia y no de la posible impotencia, en particular negándose a que su sobrina sea palpada en la zona genital por "siete testigos de probada moralidad " a fin de comprobarse su virginidad persistente. Descartado este trámite "por pudor" el asunto se sella con la intervención de otro cardenal experto quien interroga a Farnesio:

"[La princesa] ¿se había prestado y exhibido para la cópula? ¿Había permitido a Vicente Gonzaga conocerla por todos o casi todos los medios posibles -omnibus aut quasi omnibus posibilibus modis-?

Hábilmente el asunto se traslada hacia el foco de atracción predominante en los códigos sexuales de todos los participantes. La cuestión medular es instalada por un cardenal de inequívoca experticia:

"Peretti de Montalto (futuro Papa Sixto V), Hermano menor conventual, ex inquisidor de la fe, que cuando era pastor en su infancia castraba los corderos con los dientes, resumió el debate enunciando las tres condiciones canónicas de la potencia viril: erectio, introductio, emissio. ¿Cuál era el caso de don Vicente?"

Las pruebas testimoniales prosiguen:

"El cardenal de Este dijo que, no sin vacilación pero en conciencia, estaba obligado a revelar lo que sabía a través de su primo César de Este, hijo adoptivo del duque de Ferrara y amigo del príncipe de Mantua. Estos dos jóvenes habían concurrido juntos a lugares licenciosos y allí don César había visto a don Vicente cumplir con creces las tres condiciones canónicas".

Como una suerte de farsa en dos episodios perfectamente presumibles, el Papa Gregorio XIII clausura este cónclave determinando que la princesa Margarita sea destinada -contra su voluntad- a un claustro conventual y el príncipe sea autorizado a volver a casarse. No tarda en solicitarse de la Santa Sede un nuevo pronunciamiento específico para atender la conveniencia de un segundo matrimonio del príncipe, dado que los rumores sobre su impotencia persisten y ninguna casa real que se precie de respetable podrá aceptar un vínculo con alguien que no asegura cumplimiento de deberes carnales fértiles. Aprovechando la convocatoria de un nuevo cónclave en el que el Papa aumentó el número de designaciones cardenalicias, el 12 de diciembre de 1583, se dio lugar al segundo gran debate sobre "la naturaleza del príncipe":

"Significaba tratar de cubrir con el manto de la Santa Sede lo que en derecho laico y religioso era conocido como la prueba del congreso. (…) El cardenal de Joyeuse había citado un caso famoso en Francia, que databa de pocos años atrás. Esteban de Bray, tesorero de París, Acusado de impotencia por María de Corbie, su esposa, fue sometido a esta prueba e intentó realizarla tres veces, pero aunque cumplió las condiciones canónicas de erectio y de emissio, fracasó en la introductio, lo que dio la razón a su mujer. El cardenal de Este (…) aseguró que don Vicente cumplía las tres condiciones.

Para zanjar la incertidumbre el Papa Gregorio XIII determina que se aplique el procedimiento canónico de rigor: el príncipe de Mantua deberá probar los 3 dones de su virilidad ejerciéndolos en una virgen -ad virginem- con la concurrencia de un testigo de consumada honestidad y garante inobjetable de ambas partes. Se elige una huérfana de un convento y el hecho se produce con satisfacción de todos los involucrados.

El libro de Peyrefitte bien podría citarse como prueba irrefutable de la inconsistencia moral de la Iglesia. Sin embargo el relato desapasionado del episodio, casi no adjetivado y meramente expositivo, apenas mordaz, elude el juicio de valor y se impone ante el lector con la misma objetividad de una crónica y a la vez moviliza la perplejidad de una ficción. Es un libro que cuenta con un lector voyeurista y sardónico, amoral y políticamente incorrecto. El autor ha dejado como dintel de su libelo una advertencia exculpatoria y casi pícara:

"He reconstruido en base a documentos originales esta historia auténtica, cuyos detalles parecen todos inverosímiles. Es sin duda la más picante y escabrosa que se ha conservado en los archivos italianos del Renacimiento. No puede resultarnos chocante por el hecho de describir las costumbres de familias principescas que han desaparecido. Nos hace admirar el destino de la Iglesia, que viene de tan lejos."

No se puede esperar menos de  Peyrefitte, autor de culto para esteticistas erotómanos y fetichistas hipercultos. Autor que es cronista modélico, ex diplomático a medias entre el doble agente y el infiltrado anarco-hedonista, defensor dialéctico de la tradición greco-latina de la efebofiia, que puso en el chisme su mayor dedicación para elevarlo a la categoría de perfección narrativa. Un ejemplar de "El exiliado de Capri" (con el legendario prólogo de Jean Cocteau sobre Jacques d'Adelswärd-Fersen) puede costar hasta 10 veces su valor original de mercado si el interesado es un coleccionista y el vendedor es un oportunista bien informado, pero asimismo puede aparecer a precio risible en una feria de objetos usados, con las tradicionales hojas de cartulina todavía pareadas en el borde, casi sin tocar. Su mayor aporte -más allá de lo estilístico- es haber instalado una cronología queer antes de que se acuñara siquiera el término, focalizando su atención en las experiencias de la clase media arribista, la pequeña-burguesía de los países desarrollados y las élites del poder. Por su pluma se confirma que el sexo es siempre marginal y las prácticas eróticas anti-normativas son siempre subversivas. Su clásico "Las amistades particulares" puede contarse entre los sucesores más dignos de un Gide, una Yourcenar, un Wilde o un Proust. Sin embargo es un autor que seguirá bajo el estigma de pertenecer a una minoría dentro de la minoría: la de "los amores singulares". En ese cuarto cerrado se mueve a sus anchas, con majestad de decano.


Muestrario:









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