domingo, 13 de noviembre de 2016

CUATRO POETAS FRANCESES FUNDAMENTALES

Versiones personales








JEAN ARTHUR RIMBAUD
(1854-1891)


Una Temporada en el Infierno
(Fragmento)










Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín
donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas.
Y la hallé amarga. Y la injurié.
Me armé contra la justicia.
Me escapé. ¡Ah brujas, ah miseria, ah odio!
¡En vosotros confío mi tesoro!
Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana.
Contra toda alegría, para estrangularla,
di el salto sin ruido del animal feroz.
Llamé a los verdugos para, mientras perecía,
morder las culatas de sus fusiles.
Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, la sangre.
La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo.
Me sequé al aire del crimen. Y le hice malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.
Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último ¡cuac!,
se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo,
donde había tal vez de recobrar el apetito.
La caridad es la clave. — ¡Esta inspiración demuestra que soñé!
«Seguirás siendo hiena, etc.», exclama el demonio
que me coronó de tan amables adormideras. «Gana la muerte con todos
tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.»
¡Ah! Ya aguanté demasiado — Pero, querido Satán, te lo
suplico, ¡menos irritación en las pupilas!
Y mientras llegan las pequeñas cobardías rezagadas,
tú que aprecias en el escritor
la carencia de facultades descriptivas o instructivas,
te arranco unos cuantos asquerosos pliegos
de mi cuaderno de condenado.



STEPHAN MALLARMÉ

(1896-1948)





Dos sonetos



I

El virgen, el vivaz, el hermoso presente,
¿desgarrará de un golpe de ala ebria este duro
lago, olvidado ya, que asedia bajo escarcha
el glaciar transparente de no emprendidos vuelos?
Un cisne de otro tiempo recuerda que magnífico
pero sin esperanza, es él quien se libera
por no haber celebrado la región de vivir
cuando del yermo invierno resplandeció el hastío.
Sacudirá su cuello esa blanca agonía
que el espacio ha infligido al ave que lo niega,
mas no el horror del suelo que apresa a su plumaje.
Fantasma que a este sitio su puro brillo asigna,
se pasma ya en el sueño helado del espacio
que el Cisne viste en medio de su inútil exilio.


II

Triunfalmente evadido el hermoso suicidio,
¡tizón de gloria, sangre por espuma, oro, rayo!
Oh risa si a lo lejos la púrpura se apresta,
regia, a no decorar sino mi tumba ausente.
¡Cómo!, de aquel incendio ni un jirón se demora
-es medianoche- aquí, en nuestra sombra en fiesta,
salvo este presuntuoso tesoro, esta cabeza
que vierte acariciada indolencia sin luces:
la tuya, la que siempre es delicia, la tuya,
única que del cielo desvanecido guarda
algo de la pueril victoria, coronada
de claridad ahora que en cojín la posas
como un casco guerrero de emperatriz niña
que para figurarte dejara caer rosas.



ANDRÉ BRETON

(1896-1966)



Nadja
(Fragmento)










¿Es posible que acabe aquí esta desatinada persecución? Persecución de qué, no sabría decirlo, mas persecución para poner así en obra todos los artificios de la seducción mental. Nada, ni el brillo, cuando son cortados, de los metales poco corrientes como el sodio, ni la fosforescencia, en ciertas regiones, de las canteras, ni el resplandor admirable que sube de los pozos, ni el crepitar de la madera de un reloj de pared que echo al fuego para que muera dando la hora, ni la atracción acrecentada que ejerce el cuadro "El embarco para Citera" cuando uno advierte que, con diversas actitudes, el artista sólo puso en escena una sola pareja, ni la majestad de los paisajes de depósitos de agua, ni el encanto de un lienzo de muro, con sus florecitas y sus sombras de chimeneas, de los inmuebles en demolición, riada de todo esto, nada de lo que constituye para mí mi luz propia ha sido olvidado. ¿Qué éramos nosotros ante la realidad, esta realidad que ahora está tendida a los pies de Nadja, como un perro taimado? ¿Bajo qué latitud podríamos estar entregados así al furor de los símbolos, presa del demonio de la analogía, blanco sabido de solicitaciones últimas, de atenciones singulares y especiales? ¿A qué se debe que, proyectados juntos, una vez por todas, tan lejos de la tierra, en los cortos intervalos que nos dejaba nuestro maravilloso estupor, hayamos podido cambiar algunos pareceres increíblemente concordantes por encima de los humeantes escombros del viejo pensamiento y de la sempiterna vida?




ANTONIN ARTAUD
(1896-1948)













El Ombligo de los Limbos
(Prefacio)


Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu. 
Vivir no es otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al margen de la vida. No amo en sí misma a la creación. Tampoco entiendo el espíritu en sí mismo. Cada una de mis obras, cada uno de los proyectos 
de mí mismo, cada uno de los brotes gélidos de mi vida interior expulsa sobre mí su baba. 

Estoy en una carta escrita para dar a entender el estrujamiento íntimo de mi ser, tanto como estoy en un ensayo exterior 
a mí mismo y que se me presenta como una indiferente incubación de mi espíritu. Sufro que el Espíritu no halle lugar en la vida y que la vida no se encuentre en el Espíritu, sufro del Espíritu-órgano, del Espíritu-traducción o del Espírítu-atemorizante-de-las-cosas para hacerlas ingresar en el Espíritu. Yo dejo este libro colgado de la vida, deseo que sea masticado por las cosas exteriores y en primer término por todos los estremecimientos acuciantes, todas las vacilaciones de mi yo por venir. 
Todas estas páginas se arrastran en el espíritu como témpanos. Perdón por mi total libertad. Me niego a hacer diferencias entre cada minuto de mí mismo. No acepto el espíritu planeado. 

Esto no es más que un témpano atragantado. Una gran pasión razonadora y superpoblada arrastraba a mi yo como un puro abismo. Resoplaba un viento carnal y sonoro, y el azufre también era denso. Y pequeñas raíces diminutas llenaban ese viento como un enjambre de venas y su entrelazamiento fulguraba. El espacio sin forma penetrable era calculable y crujiente. Y el centro era un mosaico de trozos como una especie de rígido martillo cósmico, de una pesadez deformada y que sin parar cae como un muro en el espacio con un estruendo destilado. Y la cubierta algodonosa del estruendo tenía la opción obtusa y una viva mirada que lo penetraba. Sí, el espacio entregaba su puro algodón mental donde ningún pensamiento era todavía claro ni devolvía su descarga de objetos. Pero paulatinamente la masa dio vueltas como una náusea potente y fangosa, una especie de fuerte flujo de sangre vegetal y detonante. Y las ínfimas raíces trémulas en el filo de mi ojo mental se arrancaban de la masa erizada del viento a una velocidad vertiginosa. Y todo el espacio como un sexo saqueado por el vacío ardiente del cielo, se estremeció. Y algo como un pico de paloma real socavó la masa turbada de los estados, todo el pensamiento más hondo se diversificaba, se disipaba, se volvía claro y reducido. 
Entonces era preciso que una mano se transformara en el órgano mismo de la aprehensión. Y aún dos o tres veces giró la masa artificial y cada vez, mi ojo se enfocaba sobre un sitio más exacto. La oscuridad misma se hacía más densa y sin objeto. Todo el hielo ganaba la claridad. 



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