sábado, 26 de noviembre de 2016

LITERATURA CUBANA A PESAR DEL CASTRISMO (3)



Reinaldo Arenas:
ESA VOLUNTAD DE VIVIR MANIFESTÁNDOSE


Reinaldo Arenas nació en la provincia de Oriente, Cuba, en 1943 y se suicidó en Nueva York, EEUU, en 1990. Fue autor de una vasta obra narrativa en la que destacan los títulos "Celestino antes del alba" (1967), "El mundo alucinante" (1969) y su autobiografía póstuma "Antes que anochezca" (1992). Esta última fue llevada al cine el año 2000 por Julian Schnabel. 

Su obra poética está contenida en "El Central" (1981), "Voluntad de vivir manifestándose" ( 1989) y el volumen "Inferno" (2001), poesía completa reunida por Juan Abreu.

Fue prisionero político del régimen dictatorial de F. Castro entre 1974 y 1976, siendo destinado a la cárcel El Morro, donde se vive en condiciones infrahumanas y se practica la tortura en forma cotidiana. Salió de Cuba en 1980 a través del puerto Mariel durante un episodio histórico de migración masiva de disidentes autorizados por la tiranía castrista, como resultado de la presión popular y la solidaridad internacional. Poco antes de su determinación final, se le había diagnosticado VIH positivo. El año 2004 el director Manuel Zayas (Cuba, 1975) estrena el documental "Seres Extravagantes" basado en la biografía de Reinaldo Arenas, dedicado a la represión y la marginación de la homosexualidad durante las dos primeras décadas de la Revolución Cubana.


CARTA DE DESPEDIDA DE REINALDO ARENAS

(Al morir Reinaldo Arenas dejó varias copias de esta carta destinada a algunos de sus amigos:)

Queridos amigos: debido al estado precario de mi salud y a la terrible depresión sentimental que siento al no poder seguir escribiendo y luchando por la libertad de Cuba, pongo fin a mi vida. En los últimos años, aunque me sentía muy enfermo, he podido terminar mi obra literaria, en la cual he trabajado por casi treinta años. Les dejo pues como legado todos mis terrores, pero también la esperanza de que pronto Cuba será libre. Me siento satisfecho con haber podido contribuir aunque modestamente al triunfo de esa libertad. Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Ninguna de las personas que me rodean están comprometidas en esta decisión. Sólo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país.

Al pueblo cubano tanto en el exilio como en la Isla los exhorto a que sigan luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza.

Cuba será libre. Yo ya lo soy.


ESA VOLUNTAD DE VIVIR MANIFESTÁNDOSE

Ahora me comen.
Ahora siento cómo suben y me tiran de las uñas.
Oigo su roer llegarme hasta los testículos.
Tierra, me echan tierra.
Bailan, bailan sobre este montón de tierra
y piedra
que me cubre.
Me aplastan y vituperan
repitiendo no sé qué aberrante resolución que me atañe.
Me han sepultado.
Han danzado sobre mí.
Han apisonado bien el suelo.
Se han ido, se han ido dejándome bien muerto y enterrado.
Este es mi momento.


(Prisión del Morro. La Habana, 1975)


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Documentos para la memoria histórica contra el totalitarismo castro-comunista en Cuba.

El caso de Heberto Padilla (1932–2000)



DECLARACIÓN DE LA UNEAC
(La Habana, 15 de noviembre de 1968)



        El día 28 de octubre de este año se reunieron en sesión conjunta el comité director de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y los jurados extranjeros y naciona­les designados por ella en el concurso literario que, como en años anteriores, tuvo lugar en éste. El fin de dicha reunión era el de examinar juntos los premios otorgados a dos obras: en poesía, la titulada «Fuera del Juego», de Heberto Padilla, y en teatro, «Los siete contra Tebas», de Antón Arrufat. Ambas ofrecían puntos conflictivos en un orden político, los cuales no habían sido tomados en consideración al dictarse el fallo, según el parecer del comité director de la Unión. Luego de un amplísimo debate, que duró varias horas, en el que cada asistente se expresó con entera independencia, se tomaron los siguientes acuerdos, por unanimidad:
1.       Publicar las obras premiadas de Heberto Padilla en poesía y Antón Arrufat en teatro.
2.      El comité director insertará una nota en ambos libros expresando su desacuerdo con los mismos por entender que son ideológicamente contrarios a nuestra Revo­lución.
3.      Se incluirán los votos de los jurados sobre las obras discutidas, así como la expresión de las discrepancias mantenidas por algunos de dichos jurados con el co­mité ejecutivo de la UNEAC.

        En cumplimiento, pues, de lo anterior, el comité director de la UNEAC hace constar por este medio su total desacuerdo con los premios concedidos a las obras de poesía y teatro que, con sus autores, han sido mencionados al comienzo de este escrito. La dirección de la UNEAC no renuncia al derecho ni al deber de velar por el mantenimiento de los principios que informan nuestra Revolución, uno de los cuales es sin duda la defensa de ésta, así de los enemigos declarados y abiertos como —y son los más peligrosos— de aquellos otros que utilizan medios más arteros y sutiles para actuar.

        El IV Concurso Literario de la Unión Nacional de Escrito­res y Artistas de Cuba, tuvo lugar en momentos en que al­canzaban en nuestro país singular intensidad ciertos fenó­menos típicos de la lucha ideológica, presentes en toda revo­lución social profunda. Corrientes de ideas, posiciones y acti­tudes cuya raíz se nutre siempre de la sociedad abolida por la Revolución, se desarrollaron y crecieron, plegándose sutil­mente a los cambios y variaciones que imponía un proceso re­volucionario sin acomodamientos ni transigencias.

        El respeto de la revolución cubana por la libertad de ex­presión, demostrable en los hechos, no puede ser puesto en duda. Y la Unión de Escritores y Artistas, considerando que aquellos fenómenos desaparecerían progresivamente, barri­dos por un desarrollo económico y social que se reflejaría en la superestructura, autorizó la publicación en sus ediciones de textos literarios cuya ideología, en la superficie o subya­cente, andaba a veces muy lejos o se enfrentaba a los fines de nuestra revolución.

        Esta tolerancia, que buscaba la unión de todos los crea­dores literarios y artísticos, fue al parecer interpretada como un signo de debilidad, favorable a la intensificación de una lucha cuyo objetivo último no podía ser otro que el intento de socavar la indestructible firmeza ideológica de los revo­lucionarios.

        En los últimos meses hemos publicado varios libros, en los que en dimensión mayor o menor y por caminos diversos, se perseguía idéntico fin. Era evidente que la decisión de res­petar la libertad de expresión hasta el mismo límite en que ésta comienza a ser libertad para la expresión contrarrevolu­cionaria, estaba siendo considerada como el surgimiento de un clima de liberalismo sin orillas, producto siempre del aban­dono de los principios. Y esta interpretación es inadmisible, ya que nadie ignora, en Cuba o fuera de ella, que la caracte­rística más profunda y más hermosa de la revolución cubana, es precisamente su respeto y su irrenunciable fidelidad a los principios que son la raíz profunda de su vida.

        Como dijimos en dos de los seis géneros literarios concur­santes, Poesía y Teatro, la Dirección de la Unión encontró que los premios habían recaído en obras construidas sobre ele­mentos ideológicos francamente opuestos al pensamiento de la Revolución.

        En el caso del libro de poesía, desde su título: «Fuera del Juego», juzgado dentro del contexto general de la obra, deja explícita la auto-exclusión de su autor de la vida cubana.

        Padilla mantiene en sus páginas una ambigüedad mediante la cual pretende situar, en ocasiones, su discurso en otra la­titud. A veces es una dedicatoria a un poeta griego, a veces una alusión a otro país. Gracias a este expediente demasiado burdo cualquier descripción que siga no es aplicable a Cuba, y las comparaciones sólo podrán establecerse en la «concien­cia sucia» del que haga los paralelos. Es un recurso utilizado en la lucha revolucionaria que el autor quiere aplicar ahora precisamente, contra las fuerzas revolucionarias. Exonerado de sospechas, Padilla puede lanzarse a atacar la revolución cubana amparado en una referencia geográfica.

        Aparte de la ambigüedad ya mencionada, el autor man­tiene (los actitudes básicas: una criticista y otra antihistórica. Su criticismo se ejerce desde un distanciamiento que no es el compromiso activo que caracteriza a los revolucionarios. Este criticismo se ejerce además prescindiendo de todo juicio de valor sobre los objetivos finales de la Revolución y efec­tuando transposiciones de problemas que no encajan dentro de nuestra realidad. Su antihistoricismo se expresa por me­dio de la exaltación del individualismo frente a las demandas colectivas del pueblo en desarrollo histórico y manifestando su idea del tiempo como un círculo que se repite y no como una línea ascendente. Ambas actitudes han sido siempre tí­picas del pensamiento de derecha, y han servido tradicional­mente de instrumento de la contrarrevolución.

        En estos textos se realiza una defensa del individualismo frente a las necesidades de una sociedad que construye el futuro y significan una resistencia del hombre a convertirse en combustible social. Cuando Padilla expresa que se le arran­can sus órganos vitales y se le demanda que eche a andar, es la Revolución, exigente en los deberes colectivos quien des­membra al individuo y le pide que funcione socialmente. En la realidad cubana de hoy, el despegue económico que nos extraerá del subdesarrollo exige sacrificios personales y una contribución cotidiana de tareas para la sociedad. Esta de­fensa del aislamiento equivale a una resistencia a entregarse en los objetivos comunes, además de ser una defensa de su­peradas concepciones de la ideología liberal burguesa.

        Sin embargo para el que permanece al margen de la so­ciedad, fuera de juego, Padilla reserva sus homenajes. Dentro de la concepción general de este libro el que acepta la socie­dad revolucionaria es el conformista, el obediente. El desobe­diente, el que se abstiene, es el visionario que asume una ac­titud digna. En la conciencia de Padilla, el revolucionario baila como le piden que sea el baile y asiente incesantemente a todo lo que le ordenan, es el acomodado, el conformista que habla de los milagros que ocurren. Padilla, por otra parte, resulta el viejo temor orteguiano de las «minorías selectas» a ser sobrepasadas por una masividad en creciente desarrollo. Esto tiene, llevado a sus naturales consecuencias, un nombre en la nomenclatura política: fascismo.

        El autor realiza un trasplante mecánico de la actitud tí­pica del intelectual liberal dentro del capitalismo, sea ésta de escepticismo o de rechazo crítico. Pero si al efectuar la trans­posición, aquel intelectual honesto y rebelde que se opone a la inhumanidad de la llamada cultura de masas y a la cosi­ficación de la sociedad de consumo, mantiene su misma ac­titud dentro de un impetuoso desarrollo revolucionario, se convierte objetivamente en un reaccionario. Y esto es difícil de entender para el escritor contemporáneo que se abraza de­sesperadamente a su papel anticonformista y de conciencia colectiva, pues es ése el que le otorga su función social y cree -erróneamente-, que al desaparecer ese papel también será barrido como intelectual. No es el caso del autor que por haber vivido en ambas sociedades conoce el valor de una y otra actitud y selecciona deliberadamente.

        La revolución cubana no propone eliminar la crítica ni exi­ge que se le hagan loas ni cantos apologéticos. No pretende que los intelectuales sean corifeos sin criterio. La obra de la Revolución es su mejor defensora ante la historia, pero el in­telectual que se sitúa críticamente frente a la sociedad, debe saber que, moralmente, está obligado a contribuir también a la edificación revolucionaria.

        Al enfocar analíticamente la sociedad contemporánea, hay que tener en cuenta que los problemas de nuestra época no son abstractos, tienen apellido y están localizados muy con­cretamente. Debe definirse contra qué se lucha y en nombre de qué se combate. No es lo mismo el colonialismo que las luchas de liberación nacional; no es lo mismo el imperialismo que los países subyugados económicamente; no es lo mismo Cuba que Estados Unidos; no es lo mismo el fascismo que el comunismo, ni la dictadura del proletariado es similar en lo absoluto a las dictaduras castrenses latinoamericanas.

        Al hablar de la historia «como el golpe que debes apren­der a resistir», al afirmar que «ya tengo el horror / y hasta el remordimiento de pasado mañana» y en otro texto: «sabemos que en el día de hoy está el error / que alguien habrá de con­denar mañana» ve la historia como un enemigo, como un juez que va a castigar. Un revolucionario no teme a la historia, la ve, por el contrario, como la confirmación de su confianza en la transformación de la vida.

        Pero Padilla apuesta sobre el error presente —sin contri­buir a su enmienda—, y su escepticismo se abre paso ya sin límites, cerrando todos los caminos: el individuo se disuelve en un presente sin objetivos y no tiene absolución posible en la historia. Sólo queda para el que vive en la revolución ab­jurar de su personalidad y de sus opiniones para convertirse en una cifra dentro de la muchedumbre para disolverse en la masa despersonalizada. Es la vieja concepción burguesa de la sociedad comunista.

        En otros textos Padilla trata de justificar, en un ejercicio de ficción y de enmascaramiento, su notorio ausentismo de su patria en los momentos difíciles en que ésta se ha enfrentado al imperialismo; y su inexistente militancia personal; con­vierte la dialéctica de la lucha de clases en la lucha de sexos; sugiere persecuciones y climas represivos en una revolución como la nuestra que se ha caracterizado por su generosidad y su apertura, identifica lo revolucionario con la ineficiencia y la torpeza; se conmueve con los contrarrevolucionarios que se marchan del país y con los que son fusilados por sus crí­menes contra el pueblo y sugiere complejas emboscadas con­tra sí que no pueden ser índice más que de un arrogante de­lirio de grandeza o de un profundo resentimiento. Resulta igualmente hiriente para nuestra sensibilidad que la Revolu­ción de Octubre sea encasillada en acusaciones como «el pu­ñetazo en plena cara y el empujón a medianoche», el terror que no puede ocultarse en el viento de la torre Spaskaya, las fronteras llenas de cárceles, el poeta «culto en los más oscu­ros crímenes de Stalin», los cincuenta años que constituyen un «círculo vicioso de lucha y de terror», el millón de cabezas cada noche, el verdugo con tareas de poeta, los viejos maes­tros duchos en el terror de nuestra época, etcétera.

        Si en definitiva en el proceso de la revolución soviética se cometieron errores, no es menos cierto que los logros —no mencionados en «El abedul de hierro»—, son más numerosos, y que resulta francamente chocante que a los revolucionarios bolcheviques, hombres de pureza intachable, verdaderos poe­tas de la transformación social, se les sitúe con falta de ob­jetividad histórica, irrespetuosidad hacia sus actos y descon­sideración de sus sacrificios.

        Sobre los demás poemas y sobre estos mencionados, deje­mos el juicio definitivo a la conciencia revolucionaria del lec­tor que sabrá captar qué mensaje se oculta entre tantas suge­rencias, alusiones, rodeos, ambigüedades e insinuaciones.

        Igualmente entendemos nuestro deber señalar que estima­mos una falta ética matizada de oportunismo que el autor en un texto publicado hace algunos meses, acusara a la UNEAC con calificativos denigrantes, y que en un breve lapso y sin que mediara una rectificación se sometiera al fallo de un concurso que esta institución convoca.

        También entendemos como una adhesión al enemigo, la de­fensa pública que el autor hizo del tránsfuga Guillermo Ca­brera Infante, quien se declaró públicamente traidor a la Re­volución.
        En última instancia concurren en el autor de este libro todo un conjunto de actitudes, opiniones, comentarios y pro­vocaciones que lo caracterizan y sitúan políticamente en tér­minos acordes a los criterios aquí expresados por la UNEAC, hechos que no eran del conocimiento de todos los jurados y que alargarían innecesariamente este prólogo de ser expuestos aquí.

        En cuanto a la obra de Antón Arrufat, «Los siete contra Tebas», no es preciso ser un lector extremadamente suspicaz, para establecer aproximaciones más o menos sutiles entre la realidad fingida que plantea la obra, y la realidad no menos fingida que la propaganda imperialista difunde por el mundo, proclamando que se trata de la realidad de Cuba revoluciona­ria. Es por esos caminos como se identifica a la «ciudad sitia­da» de esta versión de Esquilo con la «isla cautiva» de que hablara John F. Kennedy. Todos los elementos que el impe­rialismo yanqui quisiera que fuesen realidades cubanas, están en esta obra, desde el pueblo aterrado ante el invasor que se acerca (los mercenarios de Playa Girón estaban convenci­dos que iban a encontrar ese terror popular abriéndoles todos los caminos), hasta la angustia por la guerra que los habi­tantes de la ciudad (el Coro), describen como la suma del horror posible, dándonos implícito el pensamiento de que lo mejor sería evitar ese horror de una lucha fratricida, de una guerra entre hermanos. Aquí también hay una realidad fingida: los que abandonan su patria y van a guarecerse en la casa de los enemigos, a conspirar contra ella y prepararse para atacarla, dejan de ser hermanos para convertirse en trai­dores. Sobre el turbio fondo de un pueblo aterrado, Etéocles y Polinice dialogan a un mismo nivel de fraterna dignidad.

        Ahora bien: ¿a quién o a quiénes sirven estos libros? ¿Sir­ven a nuestra revolución, calumniada en esa forma, herida a traición por tales medios?
        Evidentemente, no. Nuestra convicción revolucionaria nos permite señalar que esa poesía y ese teatro sirven a nuestros enemigos, y sus autores son los artistas que ellos necesitan para alimentar su caballo de Troya a la hora en que el impe­rialismo se decida a poner en práctica su política de agresión bélica frontal contra Cuba. Prueba de ello son los comenta­rios que esta situación está mereciendo de cierta prensa yan­qui y europea occidental, y la defensa, abierta unas veces y «entreabierta» otras, que en esa prensa ha comenzado a suscitar. Está «en el juego», no fuera de él, ya lo sabemos, pero es útil repetirlo, es necesario no olvidarlo.

        En definitiva, se trata de una batalla ideológica, un enfren­tamiento político en medio de una revolución en marcha, a la que nadie podrá detener. En ella tomarán parte no sólo los creadores ya conocidos por su oficio, sino también los jóve­nes talentos que surgen en nuestra isla, y sin duda los que trabajan en otros campos de la producción y cuyo juicio es imprescindible, en una sociedad integral.

        En resumen: la dirección de la Unión de Escritores y Ar­tistas de Cuba rechaza el contenido ideológico del libro de poemas y de la obra teatral premiados.

        Es posible que tal medida pueda señalarse por nuestros enemigos declarados o encubiertos y por nuestros amigos confundidos, como un signo de endurecimiento. Por el con­trario, entendemos que ella será altamente saludable para la Revolución, porque significa su profundización y su fortale­cimiento al plantear abiertamente la lucha
ideológica.


Comité Director de la Unión
de Escritores y Artistas de Cuba

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