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sábado, 7 de enero de 2017

DOS POEMAS DE RENÉ DAUMAL (1908-1944)










Nota del blogger: El siguiente texto está incluido en "El monte Análogo", libro póstumo de Daumal cuya primera edición es de 1954. El sibtítulo de este libro es "Novela de aventuras alpinas no euclidianas y simbólicamente auténticas". Lo tomo de la edición en español de Editorial Océano, México, 2001, (Edición y traducción a cargo de Alberto Laurent) con algunas ligeras adaptaciones y una estructura en verso que sigue el ritmo interno del poema. La presente versión se publica por primera vez bajo esta forma.







Canción de los montañistas desdichados
(Endecha)





El té sabe a aluminio,
doce jergones para treinta hombres,
que por cierto mantenían al calor,
pero ellos partieron al alba,
el aire cortaba como filo de navaja,
entre el blanco y el negro.

Mi reloj se detuvo,
el tuyo está estropeado,
estamos todos pegajosos de miel
y hay grumos en el cielo;
partimos cuando amanece
y la nieve comienza a amarillear,
nos llueven guijarros,
hay petróleo en la cantimplora
y los dedos entumecidos
y la cuerda
tiene la rigidez de un erizo de deshollinador.

El refugio era una pocilga
y desgraciados los roncadores,
tengo las orejas congeladas
y tú tienes pinta de pato,
no tengo suficientes bolsillos,
encontrarás mi brújula en un cuesco de ciruela,
olvidé mi cuchillo
pero tú llevas cepillo de dientes.

Ya hace veinticinco mil horas que subimos
y siempre estamos abajo,
empastados de chocolate, tallamos el verglás,
nos aferramos al queso,
hay acritud en las nubes
y a dos pasos sólo se ve blanco.

Un alto para descansar,
mi mochila se cae alegremente
arrastrándome el corazón,
da grandes brincos hacia abajo,
donde hay abismos más negros que verdes,
gloglós, ferrocarriles, diez mil mochilas en la morrena,
falsas mochilas y abismos verdaderos,
y malditos quebrantahuesos;
al fin he aquí mi caos,
mete gachas sobre mi espalda,
armémonos de montones de prudencia
y de ciruelas.

La rimaya va a reventar de risa,
nos hundimos hasta el cuello,
he aquí el espacio lleno de granizo,
nos hemos equivocado de vía,
casteñetean nuestras rodillas y dientes,
el hocico se defiende,
tengo un bloque en la cabeza
y una plomada en el estómago,
ya no puedo más de sed
y los dedos se me han vuelto verde pálido.

Aún no hemos visto la cumbre,
solamente latas de sardinas,
embrollado todos los rappels
nos hemos pasado la vida desenmarañando la cuerda.
Finalmente caímos entre las vacas:
-¿Han tenido un buen ascenso?
-Asombroso, señora, un poco duro.
  



***
 
HECHOS MEMORABLES



Acuérdate de tu padre y de tu madre, y de tu primera mentira
cuyo indiscreto olor se arrastra por tu memoria.
Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron:
la semilla del orgullo quedó sembrada,
resplandeció la fisura quebrando la unidad de la noche.
Acuérdate de los anocheceres de terror
en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre,
y volvía sin cesar para picotearte como un buitre;
acuérdate también de las mañanas de sol en el cuarto.
Acuérdate de la noche de liberación
cuando cayó tu cuerpo suelto como un velamen
y respiraste un poco del aire incorruptible;
acuérdate también de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.
Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces
–querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.
Acuérdate de tus cómplices y de los fraudes en común
y el gran deseo de salir de la jaula.
Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo,
inmovilizado ahí mismo en la batahola de bataholas
de las ruedas que giran sin girar, contigo adentro,
cogido siempre por el mismo instante inmóvil, repetido, repetido,
y el tiempo no daba sino una vuelta,
todo giraba en tres sentidos innumerables, el tiempo se cerraba al revés
(y los ojos de carne sólo veían un sueño, sólo existía el silencio devorador,
las palabras eran pieles secas, y el ruido, el , el ruido, el no,
el alarido visible y negro de la máquina te negaba),
el grito silencioso "Yo soy" que el hueso oye, por el cual muere la piedra,
por el cual cree morir lo que nunca fue.
Y tú no renacías a cada instante sino para ser negado
por el gran círculo sin límites, todo pureza, todo centro,
todo pureza salvo tú mismo.
Y acuérdate de los días que siguieron, cuando marchabas
como un cadáver hechizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito,
de ser aniquilado por la existencia única de lo Absurdo.
Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo,
de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche,
vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne,
te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos.
Acuérdate de tu guardián.
Acuérdate del hermoso espejismo de los conceptos,
y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano.
Y acuérdate del hombre que vino y lo rompió todo,
te tomó con su tosca mano, te arrancó de tus sueños
y te obligó a sentarte sobre las espinas del pleno día.
Y acuérdate de que no sabes recordar.
Acuérdate de que todo se paga, acuérdate de tu felicidad,
pero cuando te trituraron el corazón,
era ya demasiado tarde para pagar por adelantado.
Acuérdate del amigo que te tendía su razón para recoger tus lágrimas
brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acuérdate de que el amor triunfó cuando ambos supieron someterse
a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.
Pero acuérdate de que el amor no es de nadie,
de que en tu corazón de carne no hay nadie, de que el sol no pertenece a nadie, 
ruborízate al contemplar el cenagal de tu corazón.
Acuérdate de las mañanas en que la gracia era como una vara amenazadora
que te conducía, sumiso, a través de tus jornadas
como el ganado bajo el yugo.
Y acuérdate de que entre sus dedos entumecidos
tu pobre memoria dejó escapar el pez de oro.
Acuérdate de los que te dicen: acuérdate.
Acuérdate de la voz que te decía: no caigas.
Y acuérdate del placer equívoco de la caída.
Acuérdate, pobre memoria mía, de las dos caras de la medalla.
Y de su metal único.
de “Poésie noire, poésie blanche”, 1945. 




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